Principito Oscuro 21 Casimiro el Contador
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21 Casimiro el Contador

Casimiro el Contador

El ayuntamiento conservaba ciento doce licencias relacionadas con San Julián. Ochenta y siete llevaban la firma de Anselmo Foz, secretario municipal durante cuatro décadas. Tenía noventa años y vivía frente al edificio consistorial, desde donde veía entrar a los investigadores.

Nos recibió rodeado de sellos antiguos. Aseguró que su firma certificaba trámites, no realidades. Si un técnico informaba que una obra cumplía la norma, él daba fe. Si el hospital comunicaba una demolición, no iba a contar las paredes.

Erasmo colocó ante él dos planos: en uno figuraba la sexta planta; en el otro, firmado una semana después, el espacio aparecía como cubierta no transitable.

—Ambos pasaron por su mesa.

—Entonces alguien presentó una corrección.

—La corrección tiene fecha anterior al primer plano.

Anselmo limpió sus gafas. Recordó que Augusto enviaba los documentos con Casimiro y una botella. Las obras del hospital se aprobaban con urgencia porque afectaban a pacientes vulnerables. Nadie quería ser responsable de retrasar una reforma sanitaria.

Adrián observó los sellos alineados. Preguntó cuántas veces había visitado B-612. El antiguo secretario afirmó desconocer ese nombre.

—Pregunto por la sexta planta.

—No existía.

—Entonces, ¿por qué cobró dietas por inspeccionarla?

La cuenta aparecía en los libros de Casimiro. Anselmo recibió pagos municipales por seis visitas. Tras un silencio largo, admitió que llegó hasta el ascensor y firmó en recepción. Un médico explicó que subir alteraría a los niños. Consideró suficiente verificar que había personal trabajando.

—Dio fe de una planta que dice que no existía sin poner un pie en ella —dije.

—Así funcionaba la confianza institucional.

La expresión resumía el método de Augusto. Cada persona comprobaba un fragmento y confiaba el resto a quien ocupaba el siguiente despacho. Al final, ciento treinta y cuatro niños desaparecían detrás de una cadena de firmas perfectamente legibles.

Anselmo entregó un libro que había conservado en casa. Contenía autorizaciones secretas para traslados bajo una figura de emergencia sanitaria. Reconoció que Casimiro le pidió esconderlo durante la reforma de 2004. Lo hizo para proteger al ayuntamiento de una demanda.

—Ahora quiere que sirva como prueba —dijo Adrián—. ¿Qué cambió?

El anciano miró la ventana. En la plaza, varias familias sostenían fotografías.

—Han venido a buscar los nombres.

—Ya existían cuando usted guardó el libro.

Anselmo aceptó la frase sin defenderse. Firmó la entrega ante la jueza y declaró sobre los pagos. Su testimonio permitió localizar transferencias, aunque la mayoría de los delitos administrativos había prescrito.

Antes de marcharnos, Adrián tomó un sello sin tinta y lo apoyó en una hoja. Dejó una marca apenas visible.

—Eso hizo usted —dijo—. La presión estaba aunque nadie quisiera leerla.

* * *

Casimiro Vela llevaba cuatro días desaparecido cuando su coche apareció en el aparcamiento del casino.

Las cámaras lo mostraban entrando con un maletín y saliendo por la puerta de servicio sin él.

La policía encontró el maletín en una taquilla.

Contenía fichas, ciento doce mil euros en efectivo y un libro de cuentas del hospital.

Mi abogada consiguió una copia antes de que la investigación quedara bajo secreto. Casimiro registraba cada pago con un símbolo. Las estrellas indicaban donaciones a la Fundación Vulpes; las rosas, mantenimiento del jardín; los círculos negros, expedientes sin identidad. Había sesenta y tres.

Elena ocupaba la línea cuarenta y cuatro.

Rosalía Varda, la sesenta y tres.

Clara recibió la noticia en la pensión. Leyó el nombre de su hija, cerró el libro y fue al baño.

La oí vomitar. Adrián estaba aún ingresado y no quisimos decírselo hasta disponer de una prueba que no fuera contable.

Inés llamó a todos los cementerios de la provincia.

Ninguno tenía enterramientos a nombre de Rosalía.

Dos noches después, Casimiro contactó conmigo.

—Quiero inmunidad —dijo desde un teléfono público.

—Yo no puedo ofrecérsela.

—Puedes convencer a la jueza.

—Primero diga dónde está.

—En el planeta más caro de la ciudad.

El casino ocupaba un palacete junto al acantilado. Lo encontré en una sala privada, solo ante una mesa de ruleta apagada. Tenía setenta y dos años, el pelo teñido y una piel demasiado bronceada para el invierno de Umbra. Había colocado montones de fichas en cada número.

—Sesenta y tres —dijo—. Eso es lo que van a utilizar contra mí.

—Son sesenta y tres personas.

—Son sesenta y tres registros. Algunas muertes fueron legales. Otras ocurrieron antes de que yo trabajara allí. Un administrador cuenta lo que recibe.

—También decidió dónde esconderlo.

—Yo protegí el hospital. San Julián empleaba a cuatrocientas familias. Si cerraba, la ciudad se hundía.

—¿Cuánto vale una familia en su libro?

Empujó una ficha hacia el cuarenta y cuatro.

—Tu madre costó una reforma, dos certificados, cuatro años de pagos a Narciso y la plaza de internado que recibió Valentín Sendero. Tú. Augusto pagó para darte un futuro.

La ficha rodó y cayó al suelo.

—¿Dónde está Rosalía?

—El jardín tiene una cámara de conservación bajo el invernadero. Augusto la usaba antes de decidir los traslados. Severino la reabrió después del incendio.

—¿Está allí?

—Estaba. Hace dos semanas ordenó vaciarla.

—¿Adónde llevaron los cuerpos?

—No lo sé. Yo había dejado las operaciones diarias.

—Sigue cobrando.

—La jubilación también cuesta.

Grabé la conversación. Casimiro lo sabía; hablaba para construir una responsabilidad limitada. Entregó un código de acceso y explicó que cada estrella del libro correspondía a un recipiente sellado en la cámara. Al preguntarle por el séptimo cuaderno, sonrió.

—Los papeles de tu hermano no interesan a Severino por lo que cuentan. Le preocupa lo que guardan.

—¿Qué guardan?

—Rosalía cosió una tarjeta de memoria en el lomo de uno. Copió el registro completo, fotografías y audio. Cuando murió, Adrián cambió las cubiertas. Nadie sabe cuál es el verdadero.

Los seis cuadernos estaban en la clínica con él. El séptimo falso permanecía en mi casa. Comprendí por qué Severino había tolerado que Armayor los conservara y por qué después quería reunirlos. Había buscado sin romperlos para que Adrián no supiera que conocía el secreto.

—¿Quién vació la cámara? —pregunté.

Casimiro recogió las fichas con una pequeña pala.

—Pregunta al hombre que enciende las luces. Los administradores contamos. Otros trabajan.

La policía entró diez minutos después. Casimiro no se resistió. Mientras le ponían las esposas, protestó porque una agente había mezclado las fichas de dos montones.

—Ahora la cuenta está mal —repitió.

Nadie se agachó para corregirla.