Principito Oscuro 22 La cuenta de los vivos
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22 La cuenta de los vivos

La cuenta de los vivos

El libro de Casimiro registraba sesenta y tres muertes, pero sus columnas incluían otros ciento doce nombres.

Eran pacientes trasladados, dados de alta o convertidos en identidades nuevas.

Julia llamó a ese grupo la cuenta de los vivos.

Encontrarlos resultó más difícil que localizar tumbas.

Muchos evitaban médicos, registros y cualquier institución que pudiera volver a numerarlos.

La jueza autorizó un equipo independiente. Inés Armayor participó como asesora, aunque renunció a entrevistar a quienes hubieran pasado por San Julián durante sus años de trabajo. Yo no podía intervenir por mi suspensión. Colaboré ordenando datos públicos, lejos de las historias clínicas.

Cada símbolo de Casimiro correspondía a un destino. Una flecha indicaba cambio de centro. Dos círculos, nueva documentación. Una estrella partida, paciente devuelto a la familia bajo acuerdo de silencio. El zorro marcaba a quienes quedaron bajo seguimiento de la fundación.

Adrián tenía los cuatro signos.

Encontramos al primero en una pensión de carretera.

Se llamaba oficialmente Daniel Portas, aunque el libro lo registraba como Julián D.

Había pasado por B-612 a los once años después de presenciar la muerte de su hermana.

Trabajaba reparando máquinas de café y cambiaba de ciudad cada pocos meses.

Aceptó hablar porque reconoció el nombre de Elena.

—Me dio una carta —recordó—. Tobías debía enviarla a mi abuela, pero Augusto la encontró. Erasmo hizo una copia.

Durante su alta, Vulpes le ofreció documentos nuevos para evitar que el expediente lo persiguiera. Julián aceptó. Años después descubrió que la identidad pertenecía a un niño muerto. Cada renovación del documento lo ataba a la fundación.

—Casimiro pagaba las tasas y Mateo elegía el trabajo —dijo—. Si querías marcharte, recordaban que tu nombre verdadero estaba asociado a violencia.

La red utilizaba empresas de limpieza, mantenimiento y transporte sanitario.

Antiguos pacientes trabajaban en edificios vinculados a Vulpes.

Algunos cobraban. Otros recibían alojamiento y medicación.

Rivas reclutaba a quienes podían ejecutar tareas sin hacer preguntas.

El sistema de Augusto había salido del hospital.

Julián identificó la cantera como lugar de reuniones. Allí se celebraban sesiones de exposición: los pacientes debían repetir su historia delante de Vulpes hasta aceptar la versión funcional. En un cobertizo guardaban expedientes y sustancias.

—¿Viste a Rosalía?

—Vi una mujer después del incendio. Estaba sedada. Casimiro discutía con Mateo porque no quería otro número muerto. La llamaron Rosa.

La declaración modificó la búsqueda. Rosa Vale no era solo una identidad portuguesa. Pudo permanecer varios días en Umbra y ser vista por otros miembros de la red. Julián dibujó el vehículo y recordó parte de la matrícula.

La segunda superviviente vivía en una granja del interior.

Su nombre elegido era Teresa. Rechazó que grabáramos y permitió únicamente tomar notas a mano.

De niña había acusado a su padre. San Julián la clasificó como relato persistente.

Cuando regresó a casa, el padre recibió un informe que desautorizaba la acusación. Los abusos continuaron cuatro años.

—La gente pregunta qué me hizo el hospital —dijo—. También deberían preguntar a quién entregó de nuevo mi cuerpo.

Teresa no quería participar en el proceso penal. Necesitaba acceder a su expediente y destruir algunas fotografías. Julia explicó que las pruebas podían quedar bajo custodia reservada. Ella aceptó con una condición: ningún fragmento se utilizaría en documentales ni exposiciones futuras.

—La memoria pública suele empezar robando una imagen privada —advirtió.

La tercera persona había muerto. Su viudo conservaba facturas de la Fundación Vulpes y cartas de Casimiro.

Pagaron durante años para que no reclamara contra el hospital.

Él creyó que se trataba de una ayuda benéfica.

Al conocer el libro de cuentas, comprendió que cada mensualidad aparecía bajo el concepto conservación.

—La seguían contando después de muerta —dijo.

Los hallazgos permitieron congelar las cuentas de la fundación.

Varias clínicas perdieron financiación de un día para otro.

Había pacientes que dependían de tratamientos reales y trabajadores ajenos a los delitos.

Julia tuvo que negociar una intervención temporal para que la investigación no dejara a decenas de personas sin atención.

Casimiro utilizó el problema desde prisión. Ofreció liberar fondos si la fiscalía reducía los cargos. Sabía que cada cuenta bloqueada podía convertirse en una emergencia y había distribuido el dinero para mantener rehenes administrativos.

—Un contador no necesita una pistola —dijo durante la declaración—. Basta con saber qué factura deja de pagarse primero.

La jueza autorizó pagos esenciales bajo supervisión.

Casimiro perdió el control de las cuentas y entregó un segundo libro, oculto en una caja bancaria, que contenía nombres reales, alias y destinos.

Allí constaba que una persona marcada como fallecida seguía recibiendo fondos en Portugal bajo el nombre de Rosa Vale.

La transferencia más reciente se realizó dos semanas antes. El dinero llegaba a un centro de rehabilitación llamado Casa da Névoa. La policía portuguesa confirmó que una mujer con ese nombre había vivido allí hasta hacía seis meses. Se marchó acompañada por un terapeuta de la Fundación Vulpes.

La descripción coincidía con Rosalía. Conservaba una cicatriz en la clavícula y otra en la palma. Hablaba español, aunque a veces utilizaba palabras portuguesas. Temía las grabadoras y evitaba ventanas cerradas. Nadie sabía adónde fue.

Clara recibió la noticia en la pensión. Adrián escuchó por teléfono.

Preguntó si Rosa Vale había dejado una dirección voluntariamente.

El centro respondió que no, pero una enfermera recordaba que la paciente enviaba postales a una mujer llamada Clara.

Vulpes las retiraba antes del correo porque, según él, formaban parte de una compulsión.

Revisaron los objetos almacenados. Encontraron nueve postales sin sello. En todas había dibujado el mismo banco frente al mar. Álvaro Roel lo reconoció: estaba junto a la emisora de Radio Umbra.

Rosalía intentaba reconstruir el camino de vuelta con una imagen repetida.

El equipo difundió el dibujo únicamente entre centros y autoridades.

Tres días después, una trabajadora social llamó desde una residencia de montaña.

Una mujer llamada Rosa dibujaba ese banco y escuchaba por internet un programa antiguo de Radio Umbra.

Había llegado con documentos correctos y una historia de violencia que le impedía contactar con su familia.

La policía se desplazó. Clara quiso acompañarlos, pero le recomendaron esperar. Adrián tampoco viajó. Dijo que si Rosalía creía que él era peligroso, su presencia podía convertir el rescate en otra forma de encierro.

Durante seis horas permanecimos en la habitación 44. Clara ordenó objetos, dobló ropa y desdobló la misma camisa. Adrián se sentó junto a la maceta vacía. Yo vigilaba el teléfono y trataba de no convertir cada minuto en un pronóstico.

La llamada llegó al anochecer.

La mujer era Rosalía.

Había aceptado hablar con Clara, pero no quería regresar a Umbra. Preguntó por Adrián y, al oír que estaba vivo, colgó. Minutos después llamó otra vez. Quiso saber si había provocado el incendio. Clara respondió que aún investigaban y que nadie le pediría recordar durante esa conversación.

—¿Él está ahí? —preguntó Rosalía.

Adrián señaló que dijera la verdad.

—Sí.

Al otro lado quedó una respiración irregular.

—No quiero hablar con él.

—No tienes que hacerlo.

Mi hermano salió de la habitación antes de que terminara la llamada. Bajó hasta el puerto y caminó durante horas. Lo encontré en el banco del dibujo.

—Está viva —dijo.

—Sí.

—Y me tiene miedo.

—También.

El libro de Casimiro había permitido recuperar un nombre, pero la cuenta de los vivos no terminaba al encontrar a una persona. Había que devolverle el derecho a decidir quién podía acercarse. Para Adrián, aquella distancia formaba parte de la prueba.

Nos quedamos frente al mar. En el teléfono, Julia envió una fotografía tomada con permiso: Rosalía sostenía una postal y miraba fuera del encuadre. Tenía el cabello más corto y una expresión que no pedía ser interpretada.

Adrián observó la imagen una sola vez. Después me devolvió el móvil.

—Que la guarde Clara —dijo—. Yo esperaré a que ella decida si quiere que la vea.

* * *

Casimiro aceptó hablar cuando la jueza bloqueó las cuentas de su hija.

Insistió en que ella desconocía el origen del dinero.

Julia Ferrer le recordó que dos pisos, una clínica dental y un velero figuraban a nombre de una sociedad administrada por ambos.

Casimiro pidió una calculadora antes de contestar.

La sala de interrogatorios tenía un espejo que devolvía su imagen con un ligero tono verdoso.

Él evitaba mirarlo. Extendió sobre la mesa una lista de transferencias y empezó a corregir los conceptos escritos por la fundación.

Donación significaba pago a una familia.

Mantenimiento cubría obras en celdas. Formación correspondía a las sesiones de Vulpes.

Jardinería era el traslado de cuerpos. Cada palabra limpia contenía una operación que él había reducido a cifras.

—¿Cuántos niños pasaron por B-612? —preguntó la jueza.

—Depende del periodo contable.

—Personas, señor Vela.

Casimiro escribió tres columnas. Ochenta y nueve ingresos registrados, treinta y uno sin historia clínica y catorce menores trasladados desde instituciones religiosas. La suma alcanzaba ciento treinta y cuatro. Después añadió un signo de interrogación.

—Augusto aceptaba casos particulares.

Los casos particulares llegaban de familias capaces de pagar o de instituciones que necesitaban hacer desaparecer una denuncia.

El hospital facturaba tratamiento, alojamiento y reparación reputacional.

Casimiro conservaba los importes porque Augusto consideraba la contabilidad una forma superior de memoria: una cifra podía ocultar el método y demostrar al mismo tiempo que el servicio se había prestado.

Adrián quiso asistir detrás del cristal, acompañado por Inés. Al escuchar la suma, abrió el cuaderno y dibujó ciento treinta y cuatro puntos. Los distribuyó sin formar constelaciones. Cuando terminó, faltaba espacio en la página.

—¿Dónde están los pagos de Samuel Sendero? —pregunté.

Casimiro localizó una cuenta de becas. Mi padre no entregó dinero. Recibió sueldo, vivienda y la cancelación de una deuda. Después de la muerte de Elena, Augusto creó un fondo educativo a mi nombre. El hospital pagó mis estudios completos mediante una asociación cuya existencia yo ignoraba.

El total aparecía al pie: ciento dieciocho mil cuatrocientos euros, convertidos desde pesetas y actualizados por Casimiro hasta el último céntimo.

—Devuélvalo —dije.

—El dinero salió de distintas partidas. No existe un destinatario único.

—Busque a las personas de esta lista.

La jueza intervino. Aquel dinero quedaría inmovilizado hasta que un tribunal decidiera su destino. Yo podía renunciar a cualquier derecho, pero no distribuirlo como reparación privada. La ley necesitaba separar patrimonio, responsabilidad y culpa. Casimiro parecía cómodo dentro de esa separación.

—¿Qué ocurrió con Elena Ochoa? —preguntó Ferrer.

La calculadora quedó inmóvil.

Casimiro explicó que Augusto ordenó una reunión en el invernadero.

Samuel debía convencerla de entregar los planos.

Vulpes preparó una declaración donde ella aceptaba padecer una crisis y retiraba las acusaciones.

Narciso llevaba medicación. Tobías cortó la luz del corredor.

Erasmo esperaba abajo para archivar el documento.

—Usted, ¿qué hizo?

—Calculé el coste de cerrar el ala si denunciaba.

La frase salió sin orgullo y sin vergüenza. Para Casimiro, calcular era una posición desde la que nadie empujaba, pinchaba ni mentía. La responsabilidad quedaba en manos de quienes ejecutaban el presupuesto.

Ferrer colocó ante él una factura emitida después de la muerte: sustitución de tres paneles de cristal, reparación de barandilla, limpieza biológica. Casimiro la había aprobado a las siete y doce de la mañana. El certificado situaba el accidente a las seis y cuarenta.

—Autorizó la reparación antes de que llegara la policía.

—Augusto quería evitar riesgos para otros pacientes.

—Mandó limpiar el lugar donde acababa de morir una mujer.

Casimiro corrigió la fecha con un bolígrafo. Aseguró que el sistema la había generado automáticamente. La jueza le mostró el original manuscrito. Su firma cruzaba la esquina.

Detrás del cristal, Adrián añadió un punto negro fuera de la página. Inés le preguntó a quién representaba.

—Al hombre que cuenta.

Casimiro terminó entregando la clave de un servidor externo.

Allí aparecieron los nombres, las facturas y los pagos a policías, jueces, periodistas y médicos.

También figuraba una transferencia mensual a la Fundación Vulpes por seguimiento de sujetos históricos.

El último pago se había realizado tres días antes de que Adrián entrara en mi consulta.

La jueza ordenó su detención. Mientras un agente le retiraba la calculadora, Casimiro pidió conservar una copia de la lista. Dijo que sin ella sería imposible reconstruir la cuenta. Ferrer respondió que la conservarían quienes habían pasado décadas convertidos en conceptos contables.

Al salir, Adrián dejó el cuaderno abierto sobre la mesa. Ciento treinta y cuatro puntos cubrían dos páginas y continuaban en el margen. Ninguno llevaba número.