20 Elías el Olvidadizo
Elías el Olvidadizo
Volví a la residencia con la carta y la grabación de Augusto. Samuel estaba en el jardín, sentado frente a una fuente vacía. Había escondido tres pastillas en el dobladillo de la chaqueta. Las sacó al verme y las sostuvo sobre la palma.
—Me dan cosas para dormir —dijo—. Si duermo, él entra.
—¿Quién?
—El hombre del trono.
Le mostré la foto de Augusto. La dejó caer.
—Está muerto.
—Desde 2002.
—Los muertos no respetan las fechas.
Reproduje la cinta. Samuel reconoció su propia voz y cerró los ojos. Cuando habló el niño, se cubrió los oídos. Detuve la grabación.
—Quiero que me cuentes lo ocurrido con mamá.
—Ya te lo contó Adrián.
—Necesito tu versión.
—Por eso fracasan los juicios. Todos quieren versiones y nadie soporta tener hechos.
Saqué la tarjeta con la orden. Mi padre la leyó acercándola mucho a la cara.
—Augusto escribía así cuando tenía miedo —dijo—. Cuantas más instrucciones, menos control.
—¿Empujó él a Elena?
Samuel dobló la tarjeta y yo se la quité.
—Ella llegó al rellano con Adrián. Quería sacar los expedientes y denunciar. Augusto bloqueó la salida del parque. Yo llevaba la ampolla. Tú estabas junto al cuadro porque te había dicho que encendieras si veías a tu madre.
La fuente vacía olía a hojas podridas. Samuel observó las pastillas escondidas.
—Cuando Elena subió, Augusto intentó arrebatarle la carpeta. Ella retrocedió. Yo la sujeté por la muñeca. Me pidió que la soltara.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
La palabra cayó sin defensa.
—La escalera estaba detrás —continuó—. Yo lo sabía. Ella también. Durante un segundo creí que recuperaría el equilibrio. Augusto recogió la carpeta antes de mirar abajo.
El ruido de la ciudad desapareció. Vi una mano soltando otra, una barandilla mojada y el cuerpo de mi madre cruzando el cono de luz. El recuerdo llegó acompañado por el sabor dulzón de una medicina.
—Después me ordenaste cerrar la puerta —dije.
—Adrián quería bajar. Tú lo impediste.
—Me dijiste que mamá se levantaría si obedecía.
—Yo también obedecía.
—Eras su padre.
—Y un cobarde.
Evitó pedir perdón, quizá porque sabía que una petición convertiría su culpa en un trabajo para nosotros.
—¿Dónde está el cuerpo?
—Casimiro preparó un traslado. El féretro salió vacío. Elena se quedó en San Julián porque Augusto temía la autopsia. Erasmo escondió el registro.
—¿Bajo las rosas?
Samuel asintió.
—Había más. Pacientes sin familia, fetos del antiguo sanatorio, dos mujeres a las que nadie reclamó. Casimiro los contaba. Augusto decía que un número ocupa menos que un nombre.
—¿Qué le ocurrió a Rosalía?
—No la conozco.
Le enseñé la fotografía. La acercó a la luz y tocó la cara de la joven.
—Vino a verme hace tres años. Preguntó por Elena. Le dije que buscara a Erasmo. Después llamó Severino y me recordó lo que podía ocurrirle a Adrián si volvíamos a abrir la puerta.
—¿Lo avisaste?
—No.
—¿A quién llamaste?
—A Severino.
La confesión se agotó. Samuel comenzó a preguntar por su habitación y por qué lo había llevado a aquel jardín. Avisé a una cuidadora. Antes de irme, me agarró de la manga.
—Yo no bebía para olvidar que bebía —dijo—. Bebía para recordar la versión correcta.
Esa noche sufrió una insuficiencia cardiaca.
Una cuidadora lo encontró inmóvil, con los ojos abiertos hacia la puerta y una mano cerrada alrededor de la sábana.
Consiguieron estabilizarlo, aunque el episodio agravó su deterioro.
En la mesilla quedó el vaso de agua intacto y, debajo, las tres pastillas que se había negado a tomar.
En vez de volver a la residencia, me quedé junto al mar hasta el amanecer, repitiendo la última frase de mi padre para comprobar cuánto tardaba en convertirse en una excusa.