Principito Oscuro 19 Narciso el Reflejado
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19 Narciso el Reflejado

Narciso el Reflejado

El doctor Narciso Lema había construido una carrera hablando de la memoria en televisión.

Sus libros ocupaban aeropuertos y salas de espera.

Prometía cerrar heridas, reconciliarse con el niño interior y elegir el relato capaz de curarnos.

En las fotografías aparecía siempre de perfil, con una mano cerca de la barbilla.

Aceptó recibirme después de que mi abogada mencionara las cintas de Augusto.

Su consulta se encontraba en un edificio nuevo frente al mar. Las paredes estaban cubiertas por espejos ahumados. Narciso me saludó sin levantarse y ofreció grabar la conversación para evitar malentendidos. Coloqué mi propia grabadora junto a la suya.

—Conocí a tu padre —dijo—. Un clínico brillante destruido por una tragedia familiar.

—¿Cuál?

—La pérdida de su esposa.

—Durante años sostuvo que se había divorciado.

Narciso juntó las manos.

—El duelo adopta formas extrañas.

—También conoció a Augusto.

—Fue mi maestro.

—¿Participó en B-612?

—Nunca existió un programa con ese nombre.

Le mostré una copia de las cuarenta y cuatro fotografías. Se inclinó apenas. En el espejo de su espalda vi que cerraba los puños bajo la mesa.

—Contextualiza esto —dijo—. La psiquiatría de los noventa utilizaba técnicas que hoy juzgamos con otros criterios. Aislamiento breve, entrevistas confrontativas, medicación fuera de ficha. No puedes convertir cada error histórico en un crimen.

—¿Qué criterio justifica borrar identidades?

—La identidad también enferma. Algunos pacientes mejoran cuando dejan de aferrarse a una versión dañina de sí mismos.

—Esa frase figura en sus libros.

—Porque es cierta.

—También figura en las grabaciones de Augusto.

Su mirada saltó hacia el espejo. Hasta ese momento había controlado cada gesto para la cámara de su despacho. La semejanza con las entrevistas televisivas era perfecta.

—Augusto decía muchas cosas. Yo desarrollé una práctica distinta.

—La Fundación Vulpes financió sus primeros estudios.

—Las fundaciones financian proyectos. No comparten necesariamente sus métodos.

Saqué la tarjeta del diecisiete de noviembre. Narciso la leyó dos veces.

—Una orden escrita no demuestra que se ejecutara.

—Usted firmó el certificado de defunción de Elena Ochoa.

El dato procedía de una nota hallada detrás de la tarjeta, pero no tenía el certificado. Narciso levantó la cabeza demasiado deprisa.

—Yo no estaba de guardia esa noche.

—No he dicho que fuera esa noche.

La habitación quedó en silencio. Su cara siguió serena; el reflejo mostró una vena latiendo en la sien.

—Vino dos días después —continuó—. Samuel dijo que Elena había caído en una carretera del acantilado. Augusto me pidió que certificara una muerte accidental para evitar una autopsia innecesaria. Yo era residente.

—¿Vio el cuerpo?

—Estaba dentro de una bolsa.

—¿La abrió?

—Samuel confirmó la identidad.

—Entonces certificó la muerte de una mujer a la que no vio.

—Cometí un error.

—¿Dónde la enterraron?

Narciso apagó su grabadora.

—Augusto hablaba de un traslado al jardín experimental. El hospital cultivaba rosas para terapias sensoriales. Casimiro llevaba las cuentas y Erasmo los archivos. Yo firmé y me marché.

—Después utilizó la teoría de Augusto para hacerse famoso.

—La teoría no empujó a nadie por una escalera.

—Ayudó a convencerlos de que la caída podía convertirse en otra historia.

Se levantó. En cada espejo apareció un Narciso distinto, todos mirando hacia la puerta.

—Tu hermano no recuperará la salud revolviendo esto. Tú tampoco.

—Quizá la salud no consista en funcionar dentro de una mentira.

—Esa frase vendería muchos libros.

En el ascensor recibí una alerta en el teléfono. Narciso estaba emitiendo un comunicado en directo. Declaraba que un colega afectado por un conflicto familiar lo acosaba con acusaciones basadas en material manipulado. Pedía respeto para los profesionales que sostenían la salud mental de la ciudad.

Al fondo de la imagen, un espejo multiplicaba su figura hasta el borde de la pantalla.

* * *

El comunicado de Narciso convirtió mi historia en un debate televisivo.

Durante tres días, tertulianos que nunca habían entrado en San Julián discutieron si Adrián decía la verdad, si yo sufría culpa inducida y si los símbolos demostraban creatividad o psicosis.

Narciso apareció en cuatro programas. Hablaba de prudencia mientras mostraban detrás fotografías clínicas filtradas por alguien del hospital.

Julia solicitó medidas cautelares. La jueza prohibió difundir el expediente de Adrián, pero las imágenes ya circulaban.

En una de ellas tenía ocho años, las manos vendadas y la mirada fuera de foco.

Los medios la recortaron para eliminar las correas.

La misma técnica de 1998 seguía funcionando en alta definición.

Encontramos a quien había entregado las fotografías. Un productor de televisión recibió un sobre anónimo con copias y una nota: EL PACIENTE DEL ASTEROIDE MIENTE COMO SU MADRE. El papel conservaba una marca de agua de la editorial de Narciso.

La policía registró su consulta. Él entregó documentos, discos y contratos, seguro de que nada lo vinculaba a las filtraciones.

En un almacén aparecieron cajas de material audiovisual sin catalogar.

Narciso explicó que pertenecían a un archivo académico cedido por Augusto. La jueza ordenó revisarlas.

Pasé dos tardes con un técnico y dos agentes. Había entrevistas, conferencias y sesiones preparatorias de sus programas. Entre ellas encontramos una cinta sin fecha titulada EL PACIENTE DEL ESPEJO.

Narciso aparecía sentado frente a un cristal. Al otro lado estaba Adrián con unos veinte años. La grabación debía de haberse realizado después de que Samuel lo sacara de la unidad y antes de su desaparición adulta. Mi hermano llevaba el cabello corto y una cicatriz reciente en la sien.

—¿A quién ves? —preguntaba Narciso.

—A mí.

—Describe a esa persona.

—Está cansada de que le pregunten quién es.

Narciso sonreía hacia una cámara lateral. Pretendía utilizar la sesión en un documental sobre identidad. Pedía a Adrián que negara los planetas y aceptara que B-612 había sido una fantasía protectora. Mi hermano miraba su reflejo.

—La habitación existía aunque yo la llamara planeta.

—También existen los escenarios —respondía Narciso—. Eso no convierte en real una obra.

—Si cierras a un niño dentro, deja de ser un escenario.

La sesión duraba noventa minutos. Narciso cambiaba las preguntas, introducía fechas falsas y mostraba fotografías manipuladas.

Adrián corregía algunas y dudaba en otras.

Cada vacilación era presentada como prueba de fabulación.

Al final, el médico le ofrecía elegir entre dos declaraciones: reconocer el trastorno o regresar a San Julián para evaluación.

Adrián firmó la primera.

Narciso guardó el documento y apagó la cámara principal. La secundaria siguió grabando. Se acercó al espejo y habló con Augusto, que observaba desde la sala contigua.

—Ya tiene la versión —dijo.

—Tiene una firma —respondió el fundador—. La versión necesitará mantenimiento.

Vulpes entró en cuadro. Aconsejó derivar a Adrián a su fundación y trabajar el apego. Augusto se burló de sus métodos. Dijo que un vínculo era una puerta demasiado inestable. Vulpes contestó que las cerraduras también fallaban y que una persona agradecida vigilaba su propia celda.

La conversación continuó hasta revelar pagos, nombres y el uso de S-LNT. Narciso conservó la cinta durante veinticinco años. Nunca la entregó, pero tampoco la destruyó.

—Guardó un seguro —dijo Julia—. Todos archivaban algo contra los demás.

Narciso pidió declarar. Nos recibió en una sala del juzgado sin espejos y llegó acompañado por dos abogados. Admitió la autenticidad, aunque sostuvo que desconocía que la cámara secundaria permanecía activa. Ofreció identificar voces y documentos a cambio de reducir los cargos por falsedad.

—¿Por qué conservó la cinta? —pregunté.

—Porque Augusto podía destruirme.

—También podía salvar a Adrián.

—Adrián rechazaba cualquier tratamiento.

—Rechazaba negar lo ocurrido.

Narciso juntó las manos como hacía en televisión, pero esta vez no había un cristal que multiplicara el gesto.

—Tú necesitas que todos supiéramos exactamente lo que hacíamos. La realidad fue más mediocre. Queríamos carreras, estabilidad y reconocimiento. Augusto ofrecía las tres cosas. El daño llegaba en informes que sonaban razonables.

—¿Eso reduce su responsabilidad?

—La explica.

—La explicación también puede ser una forma de conservar el perfil bueno.

Apartó la mirada. Sus abogados intervinieron y pidieron ceñirse a hechos.

Narciso detalló cómo se falsificó el certificado de Elena, quién autorizó las fotografías y qué fondos financiaron la unidad.

Confirmó que Severino heredó el archivo de Augusto.

También admitió que Vulpes seguía utilizando sesiones grabadas para controlar a antiguos pacientes.

—Rosalía descubrió el archivo —dijo—. Mateo me llamó después del incendio y pidió crear un diagnóstico retrospectivo. Quería demostrar que ella desarrolló una identidad paranoide por influencia de Adrián.

—¿Lo hizo?

—Preparé un borrador. Nunca lo firmé.

El borrador apareció en su ordenador. Describía a Rosalía como mujer vulnerable, obsesionada con una conspiración hospitalaria y sometida a una pareja delirante. Vulpes había utilizado esas páginas para construir a Rosa Vale.

Narciso entregó además una lista de clínicas. Una permanecía activa bajo otro nombre cerca de la frontera. La policía portuguesa inició una búsqueda de pacientes sin identidad conocida. Había diecinueve.

Antes de terminar, le pregunté si creía que Adrián estaba enfermo.

—Sí —respondió—. El trauma, el aislamiento y las sustancias le causaron daños reales. Vosotros habláis como si reconocerlos lo entregara al enemigo.

—Reconocer una enfermedad no autoriza a borrar los hechos.

—Tampoco los hechos curan la enfermedad.

En eso tenía razón. La investigación podía liberar expedientes, pero no devolvía a mi hermano el sueño, el equilibrio ni los años. El problema de Narciso consistía en utilizar una verdad clínica para comprar silencio sobre otra.

Al salir, los periodistas esperaban. Narciso se detuvo ante las cámaras y aseguró que colaboraría para reparar errores del pasado. Su voz recuperó la cadencia televisiva. Durante unos minutos pareció el experto que ayudaría a comprender el caso, no uno de los hombres que lo habían construido.

En la sala de pruebas, el técnico dejó congelada la imagen de Adrián frente al espejo. Mi hermano miraba la cámara secundaria que supuestamente desconocía. En el último segundo levantaba una hoja. Había escrito una frase para quien encontrara la cinta:

YO SÉ QUE SIGUE GRABANDO.

Firmó sabiendo una parte de lo que hacía: cedió para salir y dejó una puerta dentro de la versión. Durante veinticinco años, Narciso creyó guardar un seguro contra Augusto. También guardaba la prueba de que el paciente había comprendido mejor el espejo que todos ellos.