Principito Oscuro 18 El centenario
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18 El centenario

El centenario

Inés Armayor consiguió acreditaciones para la asociación de familiares. Julia Ferrer prefería solicitar la suspensión judicial del acto, pero Tobías insistió en que acudiéramos.

—Augusto escondía las órdenes en las ceremonias —explicó—. Le gustaba que los cómplices aplaudieran sin saber qué frase estaban celebrando.

El salón se llenó de médicos, políticos locales y antiguos trabajadores.

Narciso ocupaba la primera fila. Casimiro no había reaparecido.

Severino recibió a los invitados bajo el retrato del fundador, recuperado del escenario después de nuestra salida por la trampilla.

Nadie mencionó la cinta que llevábamos en una caja custodiada por la policía.

La jueza permitió reproducirla si Narciso y Severino mantenían sus intervenciones sobre la memoria institucional. Debíamos abstenernos de acusar desde el atril y de revelar datos de menores; Julia preparó una pregunta sencilla: ¿quiénes eran los niños cuyas voces aparecían en la grabación?

Severino abrió el acto con un discurso sobre la evolución de la psiquiatría.

Reconoció que cada época cometía errores, pero advirtió contra los juicios sin contexto.

Augusto, dijo, había dedicado su vida a devolver autonomía a personas excluidas.

En la pantalla aparecieron fotografías del fundador plantando árboles, inaugurando talleres y estrechando manos.

En una imagen reconocí el jardín de rosas. Detrás de Augusto había cuatro niños alineados. La fotografía estaba recortada a la altura de las muñecas. En el archivo de Rosalía existía la versión completa: llevaban correas unidas por una cinta.

Narciso habló después. Citó sus propios estudios y describió la memoria como una narración vulnerable a la sugestión. No nombró a Adrián, pero todos entendieron que se refería a él cuando mencionó testimonios construidos mediante símbolos literarios.

—Los pacientes merecen que protejamos su verdad emocional sin convertirla automáticamente en verdad judicial —concluyó.

Julia levantó la mano. Severino intentó pasar a la entrega de medallas, pero la prensa ya había reconocido a la abogada. Le concedió una pregunta.

—¿Podría identificar las voces de esta cinta?

La grabación comenzó antes de que respondiera. Augusto pedía a los niños describir lo que había fuera del planeta. El salón escuchó madres, profesores, puertas y jardines. Cuando sonó la voz de Adrián diciendo que Valentín esperaba con una llave, varias personas se volvieron hacia mí.

Después habló Vulpes:

—¿Y si Valentín prefiere quedarse fuera?

El silencio que seguía a la pregunta duraba trece segundos. En el salón pareció más largo. Adrián respondió que esperaría hasta que yo fuera mayor.

Narciso se inclinó hacia Severino. El director hizo una señal al técnico, pero Tobías había conectado la grabadora a la mesa con un cable independiente.

La segunda cinta empezó. Augusto explicaba que la verdad clínica podía sustituir un hecho cuando el hecho impedía funcionar.

Samuel preguntaba por las dosis. Severino, muy joven, consultaba si debían registrar las lesiones.

Augusto ordenaba fotografiarlas sin incluir las correas.

La imagen recortada seguía en la pantalla.

Un hombre de la tercera fila se levantó.

Era Pascual Rebollo. Mostró su mano mutilada y contó cómo el cierre magnético le arrancó dos dedos durante la reforma.

Una mujer recordó haber limpiado sangre de las paredes.

Otro antiguo empleado dijo que transportó comida al nivel seis.

Los testimonios aparecieron sin coordinación.

Llevaban años separados y, al escuchar la cinta, reconocieron el mismo lugar.

Severino subió al escenario.

—Este acto no puede transformarse en una vista pública sin garantías.

—Las garantías estuvieron veintiocho años en el almacén —respondió Tobías.

El anciano caminó hacia el cuadro eléctrico lateral. Encendió y apagó las lámparas tres veces. Varias personas se sobresaltaron. Para algunos era un gesto vacío. Los trabajadores antiguos lo reconocieron como la señal utilizada cuando un paciente abandonaba el bloque B.

—Así avisábamos de que una puerta estaba abierta —dijo—. La noche de Elena hice lo mismo y después obedecí la orden contraria.

Un periodista preguntó quién era Elena. Severino ordenó cortar el sonido. El técnico no actuó. Mara Sanz se había situado junto a la consola y sostenía su teléfono, transmitiendo el acto en directo.

Narciso abandonó la primera fila. Julia lo interceptó antes de la salida.

—¿Reconoce las voces?

—Reconozco prácticas históricas que exigen análisis profesional, no un espectáculo.

—Usted utilizó esas grabaciones en sus investigaciones.

—Utilicé material anonimizado.

—Las fotografías recortadas también.

Narciso miró la pantalla. La imagen completa había sustituido a la versión institucional. Los cuatro niños mostraban las muñecas sujetas. Rosalía guardó ambas copias en la tarjeta. El reflejo de Narciso apareció en el cristal protector del retrato de Augusto.

—Desconozco el origen de esa fotografía —dijo.

Una mujer del público pronunció su nombre.

Amalia avanzó desde el fondo con la corona de papel.

Se la colocó a la figura de Augusto en el retrato y contó que el fundador la obligaba a utilizarla durante las sesiones.

Si aceptaba que su recuerdo era un sueño, podía ejercer de reina y ordenar que encendieran la luz.

Si insistía en la acusación contra su profesor, regresaba a la habitación oscura.

—Yo tenía nueve años —dijo—. Él llamaba autonomía a permitirme escoger el castigo.

La seguridad se acercó. Severino comprendió que expulsarla multiplicaría la escena en las cámaras y ordenó detenerse. Amalia dejó la corona colgada en una esquina del marco.

—No he venido a derribar una estatua —continuó—. He venido a decir que debajo estaba yo.

La entrega de medallas se canceló. La jueza recibió esa misma tarde diecisiete solicitudes de declaración.

Algunos testimonios se contradecían. Dos empleados defendían a Augusto y atribuían las acusaciones al resentimiento.

Otro aseguró que los menores eran actores de un programa educativo.

La confusión no debilitó la investigación.

Demostró la cantidad de personas necesarias para mantener un secreto que todos conocían por fragmentos.

Severino convocó una reunión de urgencia.

El consejo del hospital le retiró temporalmente la representación pública, aunque lo mantuvo como director clínico.

Alegaron que cesarlo durante una crisis podía perjudicar a los pacientes.

San Julián utilizaba a quienes tenía bajo custodia como escudo para conservar a quienes lo gobernaban.

Al terminar el acto encontré el retrato de Augusto apoyado contra una pared. La corona seguía en el marco. Detrás del lienzo había una bolsa pegada con cinta. Contenía tarjetas de cartón iguales a la orden del diecisiete de noviembre y una lista de nombres.

El primero era Adrián Sendero. El segundo, Rosalía Varda. El último, Valentín Sendero.

Junto al mío, Augusto había escrito: INTEGRACIÓN CONSEGUIDA. FUTURO MÉDICO.

Mi llegada a San Julián no se debió al azar ni a una obediencia tardía a Samuel: el hospital siguió mi carrera, facilitó mis prácticas y financió una beca.

Severino me contrató porque yo era el resultado que Augusto necesitaba mostrar: el niño que aceptó la versión correcta y regresó convertido en profesional.

Durante el centenario comprendí qué esperaba Severino al entregarme el caso de 612. Si declaraba a Adrián incapaz, la historia cerraría con una firma familiar. El hermano integrado corregiría al hermano persistente. Augusto volvería a impartir la sesión desde el retrato.

Arranqué mi tarjeta de la bolsa y la entregué a la jueza. Amalia conservó la corona. Dijo que aún no había decidido si quemarla o utilizarla para hacer papel nuevo.