17 Augusto el Eterno
Augusto el Eterno
El expediente de adaptación narrativa incluía informes de mi colegio.
Volví al edificio una mañana de sábado acompañado por Julia Ferrer.
La escuela seguía abierta y conservaba los mismos azulejos marrones, aunque el patio era más pequeño de lo que recordaba.
En la puerta del aula de música distinguí cuatro marcas hechas con compás.
Adrián y yo las utilizábamos para contar los días que pasaba en el hospital.
—La dirección consideró que era una disputa matrimonial —explicó el antiguo jefe de estudios.
Había aceptado declarar después de ver las noticias.
Guardaba una copia porque la firma de Elena le pareció agresiva.
La palabra revelaba el criterio con que habían juzgado a mi madre: una mujer que exigía límites resultaba conflictiva; un médico sereno que invocaba el bienestar de sus hijos inspiraba confianza.
En los archivos apareció una redacción mía titulada Mi familia.
Describía a Samuel como un hombre que curaba recuerdos y a Elena como una arquitecta que abría paredes.
Sobre el texto, Vulpes anotó: fantasía materna de fuga; reforzar modelo paterno.
Mi maestra había añadido una calificación y ninguna pregunta.
—¿Recuerda haber hablado conmigo? —le pregunté.
La mujer estaba jubilada y se unió por videollamada. Recordaba que me dormía en clase y protegía la mochila de Adrián cuando él faltaba. Una vez le dije que mi hermano vivía debajo del colegio. Llamó a Samuel, que explicó el tratamiento. Ella creyó actuar con responsabilidad.
Julia pidió las comunicaciones con San Julián.
Durante años, el hospital ofreció formación gratuita, becas y evaluaciones psicológicas.
A cambio, la escuela derivaba alumnos y compartía información familiar.
El convenio carecía de supervisión pública.
Augusto había construido una entrada a B-612 en un lugar donde los niños debían aprender a nombrar el mundo.
En el sótano encontramos cajas de dibujos. Uno de Adrián mostraba el patio cubierto por raíces. En una ventana aparecía mi cara y en otra, Elena sostenía una llave. Detrás de la hoja, la maestra escribió: insistencia en el relato del encierro; informar al padre.
Le envié una fotografía a Adrián. Respondió con un mensaje: Ellos llamaban síntoma a cualquier puerta que dibujáramos.
La escuela suspendió el convenio y notificó a las familias cuyos expedientes habían sido compartidos. Algunas conocieron entonces que San Julián conservaba datos de sus hijos. La investigación dejó de limitarse a un hospital y alcanzó a orientadores, profesores y funcionarios.
Antes de irnos, borré con el pulgar el polvo de las cuatro marcas del aula. Permanecían hundidas en la madera. Ningún informe las había registrado y, sin embargo, eran la cuenta más exacta que poseíamos de aquellas ausencias.
* * *
Seguimos el ramal derecho.
Tobías caminaba con una seguridad que desmentía su cuerpo encorvado.
Se detenía antes de cada desnivel y levantaba la linterna hacia el techo, donde aún se conservaban números pintados.
El seis aparecía en todas las intersecciones, acompañado por una letra.
B no designaba un bloque, explicó, sino una categoría.
—A era agitación. B, relato persistente. C, conducta. Los niños de B repetían cosas que los adultos necesitaban corregir.
—¿Quién inventó la clasificación?
—Augusto. Inventaba palabras hasta que el dolor parecía una asignatura.
La galería desembocó en una sala circular.
El agua cubría el suelo hasta media pantorrilla.
En el centro había un escritorio de madera elevado sobre una tarima y, detrás, un sillón revestido de cuero agrietado.
Las paredes mostraban estanterías vacías.
Sobre el escritorio descansaba una grabadora de bobina protegida por una cubierta de plástico.
Tobías conectó un cable a una caja de baterías.
—La voz del rey —dijo.
La cinta giró con lentitud. Después del chasquido inicial oímos a Augusto Umbral impartiendo una sesión clínica.
Su voz era cálida, pedagógica. Hablaba de niños atrapados en narrativas familiares y de la obligación moral de liberarles del relato.
Cada recuerdo debía someterse a tres preguntas; cada respuesta divergente suponía una recaída.
Recomendaba aislamiento, repetición y una recompensa tan elemental que el niño pudiera asociarla con la versión correcta.
La verdad clínica es la que permite al paciente funcionar, decía. La verdad de los hechos suele ser un lujo cruel.
Una segunda voz preguntaba qué debía hacerse si el hecho era demostrable. Augusto respondió sin pausa:
Se demuestra otra cosa.
El resto de la cinta contenía nombres y evaluaciones. Identifiqué a Samuel. Hablaba de Adrián como si el niño no estuviera presente. Decía que su hijo fabulaba sobre habitaciones, inyecciones y una mujer encerrada bajo cristal. La voz de mi hermano apareció muy lejos del micrófono.
Mamá está aquí.
Augusto le pidió que señalara dónde. Adrián contestó:
Detrás de usted.
La grabación se interrumpió con un golpe.
—Esa sala tenía un espejo —dijo Tobías—. Elena observaba desde el otro lado. Augusto la dejó entrar porque creía que verla negar al niño completaría la corrección. Ella hizo lo contrario.
—Le creyó.
—Abrió la puerta y se lo llevó. Llegaron al invernadero antes de que los alcanzaran.
Revisé los cajones del escritorio. Todos estaban vacíos excepto uno, cerrado con una chapa oxidada.
La llave VOLCÁN II encajó. Dentro había un libro de órdenes, un sello y varias tarjetas de cartón.
Augusto redactaba sus instrucciones antes de las sesiones y las clasificaba por probabilidad de obediencia.
Ninguna exigía algo incierto. Cerrar el acceso cuando el menor cruce la puerta.
Administrar la dosis al inicio del episodio.
Notificar la muerte después de confirmar el traslado.
La última tarjeta llevaba la fecha del diecisiete de noviembre.
Esperar a que Elena suba al rellano. Cortar la corriente. Cerrar la puerta norte. Samuel administrará Silente a los dos menores. La caída debe constar como accidente fuera del recinto.
El documento omitía quién debía provocar la caída; Augusto reservaba para otros los actos que podían fracasar.
Guardé la tarjeta en una funda. Tobías apagó la grabadora.
—¿Por qué no entregó esto antes?
—Durante años pensé que obedecer me había convertido en testigo y no en cómplice. Luego mi mujer enfermó. Después murió. Siempre encontraba una tarea urgente.
—¿Y ahora?
—Ahora cada vez que cierro los ojos vuelvo a encender la luz.
Un ruido de motor recorrió las tuberías. El agua comenzó a subir.
—Han abierto el depósito —dijo Tobías—. Saben que estamos aquí.
Recogimos la cinta y las tarjetas. La salida por la que habíamos entrado ya recibía un torrente oscuro. El anciano señaló una escalera vertical. Subimos hacia una trampilla que cedió bajo su hombro.
Salimos al salón de actos de San Julián, detrás del telón. En el escenario, una pantalla proyectaba el retrato de Augusto. El hospital celebraba aquella semana el centenario del fundador. Las sillas esperaban al público y un atril llevaba grabada su frase sobre la disciplina.
Tobías miró la cara enorme.
—Los muertos mandan mejor —murmuró—. Nunca tienen que explicar sus órdenes.