Principito Oscuro Del cuaderno cuarto
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Del cuaderno cuarto

Seis órbitas

El primer hombre se sentaba en un trono, aunque llevaba años muerto. Sus órdenes llegaban por tubos, reglamentos y voces prestadas. Mandaba cerrar puertas después de que otros las hubieran cerrado. Así nunca se equivocaba.

El segundo vivía delante de un espejo. Curaba su reflejo en televisión y lo enfermaba en privado. Cuando alguien le mostraba una herida, cambiaba el ángulo hasta que la cámara recogía su perfil bueno.

El tercero bebía para recordar la mentira correcta. Cada copa borraba una versión y fortalecía otra. Al final conservó demasiadas y empezó a llamarse con nombres distintos.

El cuarto contaba cuerpos. A cada uno le asignaba un coste, una maceta y una cifra. Creía que el dinero era una unidad de medida capaz de comparar una vida con la siguiente. Cuando las cuentas cuadraban, dormía.

El quinto encendía y apagaba una lámpara. Tenía la mano sobre el interruptor cuando una mujer cayó. Pasó décadas repitiendo el gesto, convencido de que alguna combinación de luz y oscuridad cambiaría el resultado.

El sexto archivaba pruebas. Las protegía del agua, del fuego y de las personas que podían utilizarlas. Llamaba prudencia a la cerradura. Cuando abrió, los papeles seguían intactos y casi todos los nombres pertenecían a muertos.

Visité sus planetas sin moverme de la habitación. Entraban por turnos, se sentaban frente a mí y explicaban que estaban solos por obligación. Cada uno había construido una órbita donde su culpa aparecía siempre en la cara oculta.

Les pregunté cómo se salía.

El rey ordenó que esperara. El reflejado recomendó un libro. El olvidadizo sirvió otra copa. El contador buscó la tarifa. El farolero apagó la luz. El archivista guardó la pregunta.

Solo entonces entendí que los adultos también podían estar encerrados. La diferencia estaba en que ellos llevaban las llaves y habían aprendido a llamarlas trabajo.