Las cintas del puerto
Clara guardaba cuarenta y tres cintas grabadas por Rosalía antes del incendio. Nos permitió escucharlas en la pensión, con la condición de que ninguna saliera de la habitación. Adrián dormía en la cama donde ella había esperado. Inés y yo trabajábamos en el suelo, rodeados de cajas.
Las primeras grabaciones desmontaban la imagen de una pareja dedicada únicamente a investigar.
Rosalía registraba desayunos, trayectos en autobús y discusiones domésticas porque estaba preparando una pieza sonora sobre la memoria cotidiana.
Adrián cantaba mal mientras fregaba platos.
Se quejaba de la humedad. Quería adoptar un perro; ella se negaba porque viajaban demasiado.
En una cinta discutían por el nombre del animal que aún no tenían.
—Se llamará Baco —decía Adrián.
—Con tu historial familiar, es de mal gusto.
—Precisamente por eso.
Los dos reían. Escuché la escena varias veces. Mi hermano había tenido una vida fuera del hospital, y esa vida no podía reducirse a pruebas, síntomas y símbolos.
Las cintas posteriores cambiaban. Aparecían coches que los seguían, llamadas sin voz y sobres abiertos. Adrián revisaba cerraduras. Rosalía ocultaba fuentes. La investigación entraba en cada comida.
En la treinta y siete, grabada en el rompeolas, hablaban de mí.
—Podrías buscarlo —decía ella.
—Trabaja en San Julián.
—Quizá no sepa nada.
—Eligió no saber.
—Tenía doce años.
—Ahora tiene treinta y siete.
Rosalía le preguntaba qué esperaba de un reencuentro. Adrián tardaba en responder.
—Que recuerde la llave sin que yo tenga que convertirme otra vez en el niño encerrado.
Clara detuvo el reproductor.
—Él te escribió dos cartas —dijo—. Nunca las envió.
Las conservaba Rosalía. En la primera, Adrián me acusaba de abandonarlo. La segunda solo preguntaba si aún dibujaba. Ambas terminaban con la dirección del vivero.
—¿Por qué no las envió? —pregunté.
—Porque Vulpes le aconsejó que esperaras a estar preparado. Mi hija sospechaba que así mantenía el control del encuentro.
En la última cinta, Rosalía hablaba sola desde la habitación 44.
Decía que amar a alguien herido podía convertir cualquier límite en una crueldad y cualquier cuidado en una deuda.
Estaba cansada de que Vulpes utilizara sus errores para presentarse como la única persona capaz de comprender a Adrián.
Al día siguiente pensaba entrar en San Julián y, cuando salieran, marcharse un tiempo.
—¿Adrián lo sabía? —preguntó Inés.
Clara negó.
Apagamos el aparato. Desde la cama, mi hermano abrió los ojos.
—Ahora sí —dijo.
En lugar de preguntar cuánto tiempo pensaba marcharse, permaneció mirando el techo, aceptando una pérdida que había llegado tres años tarde.