Principito Oscuro 14 Cuarenta y cuatro atardeceres
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14 Cuarenta y cuatro atardeceres

Cuarenta y cuatro atardeceres

El ascensor descendió durante doce segundos. Al abrirse, apareció un corredor bajo, revestido de azulejos verdes. Algunas lámparas funcionaban y otras parpadeaban con un intervalo regular. El aire olía a polvo, lejía y humedad encerrada.

El agua nos llegaba por encima de los tobillos.

Cada puerta conservaba una mirilla cubierta con pintura verde, salvo la cuarenta y cuatro, donde el cristal había sido limpiado desde dentro.

Acerqué la linterna y vi una silla infantil orientada hacia el muro.

Las correas colgaban abiertas. En el asiento había una hendidura reciente y el vinilo todavía conservaba el brillo de haber sido frotado.

Adrián pidió que apagáramos las linternas.

Antes de que pudiera preguntarle el motivo, una lámpara se encendió al fondo.

Después otra, situada doce pasos más cerca.

El sistema avanzaba hacia nosotros siguiendo una secuencia programada.

Con cada luz llegaba una voz por los altavoces, siempre infantil, siempre distinta, que decía un nombre y esperaba una respuesta.

Las voces dijeron cuatro nombres: Mauro, Lidia, Vicente y Adrián.

Mi hermano apretó la mandíbula. Cuando la siguiente lámpara se encendió sobre nuestras cabezas, la voz pronunció Valentín con mi entonación de niño.

Recordé un micrófono frente a mi boca y a Vulpes pidiéndome que llamara a Adrián para tranquilizarlo.

La grabación continuó con una frase que yo había borrado de mi historia: abre la puerta y papá dejará de enfadarse.

Pascual cortó la corriente desde el cuadro. Las lámparas se apagaron, pero mi voz siguió saliendo del altavoz gracias a una batería auxiliar. Repitió la frase seis veces. En la última, otro niño respondió desde la grabación que ya no quedaban puertas.

Adrián entró en la habitación cuarenta y cuatro. Bajo la silla encontró un reproductor nuevo conectado a los cables antiguos. Alguien había preparado la secuencia aquella misma semana, sabiendo que terminaríamos allí.

Conté seis puertas a cada lado.

La última conservaba una placa: 12.

La puerta estaba entornada, así que no necesité la llave.

Adrián se encontraba en el suelo, vestido con un camisón hospitalario y descalzo. Habían fijado una vía en su brazo. El tubo subía hasta una bolsa colgada de un soporte. A su lado había una silla colocada frente a la ventana cegada.

—¿Qué te han dado?

—El tercer volcán.

Cerré la llave de paso y examiné la etiqueta. Solo mostraba un código interno. Guardé la bolsa y el equipo en una bolsa de residuos para analizarlos. Adrián siguió mis movimientos con dificultad.

—¿Puedes caminar?

—Cuando el sol se mueva.

La pared frente a él estaba cubierta de rayas agrupadas de once en once. Cuarenta y cuatro. Las tocó con la punta de los dedos.

—Una sesión cada tarde —dijo—. Me sentaban aquí y esperaban a que la luz desapareciera. Después preguntaban dónde estaba mamá. Si respondía el invernadero, encendían la lámpara. Si respondía que se había marchado, me dejaban dormir.

—¿Durante cuarenta y cuatro días?

—Durante todos. Los niños no cuentan el tiempo como los médicos.

Lo ayudé a levantarse. Pesaba menos de lo que sugería su altura. En el pasillo sonó el ascensor. Apagué la luz de la habitación y nos ocultamos detrás de la puerta.

Dos hombres salieron empujando una camilla vacía. Reconocí la voz de Rivas. El otro hablaba por teléfono y dijo que Sendero ya había bajado. Esperaron frente al ascensor. Si salíamos, nos verían.

Adrián señaló la ventana. La pared que la cegaba era un tabique de placas, no ladrillo. En la esquina inferior faltaba un fragmento. Retiramos dos paneles y accedimos a un hueco angosto lleno de tuberías. Él avanzó a gatas. Lo seguí mientras las voces entraban en la habitación.

El conducto terminaba detrás de una rejilla en el cuarto de calderas. Caímos sobre sacos de sal. Adrián se hizo daño en el tobillo, pero no gritó. Una escalera de servicio subía hasta el parque. El candado interior cedió con la llave del cuadro eléctrico.

La lluvia nos golpeó al salir. Cruzamos los árboles hasta mi coche. Nadie nos siguió. Cuando arranqué, las ventanas del sexto nivel se encendieron una tras otra en la fachada, aunque desde fuera el hospital solo tenía cuatro plantas.

Llevé a Adrián a la pensión de Clara. Ella abrió la puerta y lo abrazó sin decir su nombre. Mi hermano quedó rígido entre sus brazos. Después apoyó la frente en su hombro.

La habitación 44 conservaba los objetos de Rosalía. Clara había pagado tres años de alquiler para que nadie los retirara. Sobre la mesilla había un frasco de perfume, dos libros y una maceta con tierra seca. Adrián se sentó en el borde de la cama.

—Ella esperaba aquí —dijo.

—¿Cuarenta y cuatro días? —preguntó Clara.

Él asintió.

Tras el incendio, Rosalía había enviado cada tarde un mensaje desde esa habitación.

Durante cuarenta y cuatro días creyó que Adrián se escondía o que Vulpes lo protegía.

En realidad, Severino lo mantenía sedado en el ala subterránea mientras preparaba su ingreso como desconocido.

El último mensaje de ella decía: Hoy veré el atardecer una vez. Si no vienes, entraré sola.

—Entró —dijo Adrián—. Yo se lo pedí.

—Estabas encerrado —respondió Clara.

—Antes. Le pedí que encontrara el jardín. Creía que, si veía lo que había bajo las rosas, entendería por qué mi madre no regresó.

—¿Qué hay bajo el jardín?

Adrián miró la maceta vacía.

—Los nombres que Augusto convirtió en números.

Llamé a Inés y a la abogada. Mientras llegaban, limpié la herida de la vía y vendé el tobillo. Mi hermano observó mis manos.

—Te hiciste médico para volver —dijo.

—Me hice médico porque nuestro padre lo era.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—¿Por qué me llamaste ahora?

—Porque Severino empezó a preguntar por el séptimo cuaderno. Sabía que ya no quedaba tiempo.

—Ese cuaderno está conmigo.

—No. Te di una cubierta con páginas vacías.

Busqué la mancha oscura y abrí el volumen. Las hojas estaban pegadas por los bordes. Al separarlas solo encontré papel sin escribir.

—¿Dónde está el verdadero?

Adrián se tumbó en la cama de Rosalía y cerró los ojos.

—En el único lugar donde Severino nunca mira. Dentro de un paciente.