Principito Oscuro 13 Rosalía
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13 Rosalía

Rosalía

La cinta sobrevivió con una deformación en un borde. Un técnico del puerto aceptó copiarla y limpiar el sonido. Tardó un día. Durante esas horas leí el tercer cuaderno.

Adrián no describía a Rosalía como una flor al principio.

La llamaba por su nombre y contaba que la conoció en una reunión de supervivientes organizada por Vulpes.

Ella tenía treinta años, trabajaba para una radio independiente y llevaba una cicatriz en la clavícula.

De niña había pasado seis meses en San Julián bajo un diagnóstico que luego desapareció de su expediente.

Rosalía hacía preguntas como quien abre ventanas durante un incendio: se adelantaba al permiso y tampoco sabía cerrar después. Me gustó antes de confiar en ella. Confié mucho después de quererla.

La flor apareció meses más tarde, cuando él intentó escribir sobre el miedo a perderla.

La puse bajo una campana. La llamé protección para que no pareciera una jaula.

Cada vez que salía sola, imaginaba el teléfono de Severino en su bolsillo o las manos de Vulpes alrededor de su historia.

Le pedía que me avisara al llegar, que compartiera la ubicación, que no hablara con fuentes sin mí.

Ella obedeció durante un tiempo. Después rompió el cristal.

Aquellas páginas no contenían una víctima pura: Adrián narraba sus celos, sus vigilancias y el modo en que utilizó su fragilidad para retenerla.

Rosalía respondía con amenazas de abandono, desapariciones y silencios calculados.

Se amaron dentro de una habitación llena de salidas de emergencia y se acusaron mutuamente de acercarse a ellas.

Llamar tóxica a la relación y dar por resuelto el asunto habría sido demasiado fácil. Adrián no se concedía esa comodidad.

Hay amores que hieren porque alguien decide herir. El nuestro también se lastimó intentando no repetir un daño anterior. Saberlo no cura a nadie. Solo impide que la culpa elija un único cuerpo.

El técnico llamó a media tarde. Reprodujo la copia en unos auriculares grandes. La voz de Rosalía sonaba cercana, incluso cuando el ruido del vivero cubría algunas palabras.

Prueba de grabación. Veintidós de septiembre. Adrián está enfadado porque he venido sin él. Tiene motivos, y yo también.

Se oía una puerta, pasos y una voz masculina.

No deberías llamarme aquí, decía el hombre.

No debería tener que llamarte, Mateo.

Reconocí el nombre de Vulpes.

Rosalía le pedía la llave de la galería. Él exigía a cambio los cuadernos de Adrián y todas las grabaciones. Afirmaba que la verdad solo sería útil si la administraba alguien capaz de contener las consecuencias.

Llevas cuarenta años conteniendo consecuencias ajenas, respondió ella. Debajo están los cuerpos, Mateo.

Hubo un golpe. La grabación se volvió confusa. Entre el roce de la ropa, Vulpes dijo una frase con claridad:

Si abres B-612, Adrián regresará allí aunque tenga que arrastrarse.

La cinta continuaba después de su marcha. Rosalía respiraba deprisa.

La llave existe. Vulpes la tiene o sabe quién la guarda. Adrián cree que su madre murió en el invernadero. He encontrado pagos a Casimiro Vela durante los meses posteriores. Concepto: conservación biológica. Si alguien escucha esto, buscad debajo del jardín de rosas.

El resto se había perdido.

Clara identificó la voz por teléfono y, sin llorar, me preguntó cuántas copias había hecho. Me obligó a prometer que una quedaría fuera de Umbra.

—Mi hija cometió errores —dijo—. No permitas que los utilicen para borrar lo que encontró.

—Adrián escribió sobre esos errores.

—Entonces todavía la quería.

Aquella noche recibí una llamada desde San Julián. Al otro lado se oía una respiración débil y el zumbido de un fluorescente.

—Valentín —dijo Adrián.

—¿Dónde estás?

—En casa.

La llamada terminó. Marqué el número de la unidad y nadie respondió. Después llamé a seguridad. Un empleado me informó de que el Paciente 612 descansaba en su habitación.

Conduje hasta el hospital. Mi tarjeta estaba anulada, pero la llave B6-12 abrió una puerta de servicio junto a lavandería. Bajé un tramo de escaleras y encontré el ascensor con el panel incompleto. La llave VOLCÁN I encajó en una ranura bajo los botones.

Al girarla, se iluminó el número que el panel ocultaba durante el día: 6.

* * *

La emisora donde trabajaba Rosalía ocupaba el segundo piso de una antigua lonja.

Se llamaba Radio Umbra, aunque apenas alcanzaba la costa y tres concejos del interior.

Clara conservaba una llave. Entramos de noche para evitar a la prensa y encontramos el estudio cubierto con fundas.

Nadie había utilizado la mesa de mezclas desde la desaparición.

El director de la radio, Álvaro Roel, accedió a abrir el archivo.

Durante tres años pagó el almacenamiento de grabaciones y correos por si Rosalía regresaba.

La policía copió parte del material, pero nunca revisó las emisiones completas.

La investigación se centró en su vida sentimental y en la posibilidad de que hubiera abandonado a Adrián.

—Una mujer desaparece y enseguida buscan la puerta por la que decidió marcharse —dijo Álvaro—. Cuesta más aceptar que alguien pudo cerrársela.

Rosalía presentaba un programa semanal llamado Zona de sombra.

Investigaba residencias, centros de menores y clínicas privadas.

Su voz resultaba distinta de la que aparecía en las cintas domésticas.

En antena hablaba despacio, dejaba que los silencios pertenecieran a los entrevistados y evitaba las conclusiones que el oyente podía alcanzar sin ayuda.

El primer programa sobre San Julián nunca se emitió. Álvaro encontró una carpeta con seis montajes. Cada versión eliminaba un nombre diferente. En la última solo quedaban testimonios anónimos y una pregunta: ¿Cuántas veces puede desaparecer una persona dentro del mismo expediente?

Escuchamos cuatro horas. Una mujer describía la habitación 612. Un hombre recordaba el olor de las rosas y una lámpara que se apagaba si pronunciaba su apellido. Otro entrevistado hablaba desde un teléfono público y exigía que Rosalía no grabara. Reconocí a Narciso Lema.

—No puedes juzgar un tratamiento con las categorías del presente —decía.

—Puedo preguntar dónde están los niños —respondía ella.

—Crecieron.

—Algunos no tienen certificado de alta.

—Los archivos de aquella época son incompletos.

—Las facturas están completas.

La conversación terminaba cuando Narciso colgaba.

En otra pista, Rosalía analizaba pagos de la Fundación Vulpes a profesionales que después publicaban artículos favorables a las terapias de reescritura narrativa.

Entre los beneficiarios figuraba Severino.

Recibió dinero durante tres años, coincidiendo con su ascenso.

Álvaro abrió los correos. Rosalía había enviado copias cifradas a una dirección desconocida. El destinatario respondía con una sola letra: E. Pensamos en Erasmo, pero Adrián utilizaba esa inicial para Elena. El último mensaje incluía un audio que no estaba en el archivo local.

—¿Puede recuperarse? —pregunté.

—Si el servidor conserva la cuenta.

La contraseña era una pregunta de seguridad: nombre de tu primera flor. Clara probó varios. Ninguno funcionó. Recordé el rosal del invernadero.

—Rosalía.

La cuenta se abrió.

El destinatario resultó ser un buzón creado para almacenar material sin asociarlo al nombre de la periodista. E significaba emergencia. Contenía fotografías, entrevistas y un diario sonoro. La última grabación se realizó la noche del incendio.

Primero oímos el motor del coche. Adrián conducía. Rosalía comprobaba el equipo y discutían por la llave incompleta de Vulpes. Él quería aplazar la entrada. Ella temía que Severino moviera el archivo.

—Si algo sale mal, te marchas —dijo Adrián.

—No vuelvas a decidir mi parte.

—Conozco ese edificio.

—Y yo conozco lo que te hace.

—Por eso tienes que quedarte fuera.

—Precisamente por eso voy a entrar.

Después quedaron varios minutos de carretera. Adrián pidió disculpas sin construir una defensa. Rosalía aceptó la disculpa, aunque le advirtió que aceptar no significaba obedecer. La normalidad de la discusión hizo más doloroso el resto.

La grabadora siguió dentro de su bolso. Reconocimos una puerta metálica, pasos por el túnel y la voz de Tobías indicando el camino.

En la galería, Adrián empezó a respirar con dificultad.

Rosalía contó baldosas para mantenerlo en el presente.

Doce hacia la pared, seis de vuelta. Vulpes apareció cerca del jardín.

—Sabía que traerías la radio —dijo.

—Y yo sabía que escucharías —respondió Rosalía.

Él explicó que el archivo de Elena estaba en la cámara, pero exigió dejar los cuadernos en una caja. Adrián accedió. Rosalía fingió obedecer y conservó el tercero bajo la ropa. Continuaron hasta el invernadero. Se oyó una cerradura y luego la voz de Severino.

—Habéis convertido una oportunidad terapéutica en un allanamiento.

—Llevas tres años leyéndonos —dijo Rosalía—. Sabes lo que buscamos.

—Sé lo que Mateo os ha permitido buscar.

La frase desató una discusión entre Vulpes y Severino. Ninguno negaba el archivo. Disputaban quién debía controlarlo y cuánto podía publicarse. Adrián se alejó. Rosalía lo llamó. Una puerta se cerró y el sonido quedó amortiguado.

La lámpara cayó pocos minutos después. El fuego produjo un rugido bajo. Rosalía tosió, golpeó una puerta y gritó el nombre de Adrián. Otra voz se acercó. Casimiro le pedía que se tendiera en el suelo. Ella preguntó por su compañero.

—El zorro se ocupa —respondió él.

La grabadora chocó varias veces. Después oímos un vehículo, una inyección preparada y a Casimiro hablando por teléfono.

—Tengo a la periodista. Respira. ¿Adónde la llevo?

La respuesta no se grabó. Casimiro repitió una dirección: kilómetro diecinueve, carretera portuguesa, pabellón de la laguna.

Julia llamó a la jueza. En menos de una hora, la policía buscó propiedades de la fundación cerca de la frontera. Había una clínica llamada Laguna Clara, cerrada después de una inspección en 2021. El edificio llevaba dos años vacío.

—El incendio fue en 2023 —dijo Clara—. Entonces no estaba cerrada.

El registro mercantil mostraba otra sociedad con el mismo domicilio. Conservaba actividad como centro de descanso. Casimiro figuraba de apoderado.

Los agentes entraron al amanecer. Encontraron habitaciones limpias, farmacia sin inventario y un sótano lleno de historias clínicas trituradas.

Una cámara conservaba grabaciones de 2023.

En una de ellas, una mujer inconsciente era trasladada por dos empleados.

Llevaba el cabello de Rosalía y la pulsera que después apareció entre las cenizas.

La imagen demostraba que salió viva de San Julián.

Clara se sentó frente a la pantalla, mantuvo los ojos secos y preguntó por los nombres de los empleados y por la matrícula del vehículo que se veía al fondo. La policía amplió el fotograma. El coche pertenecía a una empresa portuguesa vinculada a la fundación.

La búsqueda cruzó la frontera.

En el estudio de radio, la grabación continuaba después del traslado. El bolso quedó dentro del vehículo. Casimiro hablaba con alguien llamado Rosa y pedía preparar una habitación sin espejos. La última frase procedía de una voz masculina que reconocí como Vulpes.

—Cuando despierte, su historia empezará después del incendio.

Álvaro apagó el equipo. La mañana entraba por los ventanales de la lonja y las gaviotas golpeaban el tejado. Clara apoyó ambas manos en la mesa de su hija.

—Está viva —dijo.

Julia respondió con cuidado. Sabíamos que Rosalía sobrevivió al fuego y llegó a la clínica. Aún faltaban tres años. Clara aceptó la precisión, pero no retiró las manos.

—Entonces buscaremos tres años.

Copiamos el archivo en cuatro discos. Uno quedó en el juzgado, otro con la policía portuguesa, el tercero en la radio y el último en una caja de seguridad fuera de Umbra. Rosalía había pedido que una copia abandonara la ciudad. Cumplimos la instrucción antes de saber si podría agradecérnoslo.

Cuando salí del edificio, San Julián llamó desde un número interno. Oí la voz de Adrián y comprendí que mientras nosotros seguíamos la pista de Rosalía, Severino había vuelto a bajarlo al lugar donde la historia siempre empezaba de nuevo.