Principito Oscuro Del cuaderno segundo
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Del cuaderno segundo

Los baobabs

Las semillas llegan por la noche. Algunas caen de los bolsillos de los médicos. Otras viajan bajo las uñas de los visitantes. Son negras y ligeras. Si soplo, se esconden entre las baldosas.

Al amanecer, asoma un tallo. Parece inofensivo. Augusto me pregunta por qué quiero arrancar una planta que todavía no ha hecho daño. Le respondo que conozco sus raíces. Él dice que el conocimiento anticipado también puede ser una enfermedad.

Dejo crecer una para demostrarle que me equivoco. El tallo atraviesa el colchón, rodea mi tobillo y se hunde en la pared. Al día siguiente hay una frase escrita con hojas: TU MADRE SE FUE. Intento arrancarla. Las letras se deshacen, pero la raíz continúa dentro.

Cada mentira necesita que alguien la riegue.

Tobías riega por obediencia. Papá riega por miedo.

Narciso escribe un artículo sobre las ventajas del agua.

Casimiro cuenta las hojas y presenta una factura.

Erasmo guarda una semilla en un sobre para demostrar algún día que el árbol existió.

Vulpes se sienta a mi lado y pregunta qué siento al verlo crecer.

Valentín vive en otro planeta. Le envié una raíz por debajo de la puerta. Tardó veintiocho años en llegar.

Cuando volvió, traía las manos limpias. Le enseñé a cavar. Encontramos debajo del suelo fotografías, ampollas, una campana y el hueso de una mujer. Mi hermano quiso saber cuál era la raíz principal.

Me resultó imposible mostrársela, pues había crecido alrededor de nuestros nombres y ya no sabía dónde terminaba uno.

Seguimos cavando.

* * *

El incendio del vivero destruyó casi todo lo que Rosalía y Adrián habían reunido durante tres años.

Los bomberos encontraron dos focos, uno junto a la caseta y otro en el depósito de abonos.

La policía habló de combustión acelerada y precintó el terreno.

A la mañana siguiente, alguien había entrado por la valla norte y removido las cenizas.

Inés y yo regresamos acompañados por Julia Ferrer.

El aire todavía olía a plástico derretido.

La mesa de la caseta se había convertido en una plancha negra y los archivadores asomaban como costillas entre los restos.

Un agente nos permitió observar desde el perímetro, aunque advirtió que cualquier documento recuperable pertenecía a la investigación.

—Anoche había cajas hasta el techo —dijo Inés—. Esta mañana faltan huecos.

En el suelo se distinguían marcas rectangulares libres de ceniza.

Alguien retiró recipientes antes de que llegaran los bomberos o durante la madrugada.

Julia fotografió las huellas de neumáticos que cruzaban la nave.

Coincidían con un vehículo de mantenimiento, estrecho y con ruedas gemelas en el eje trasero.

—San Julián utiliza carros eléctricos de ese tamaño —señalé.

El agente tomó nota sin entusiasmo. Su superior había recibido una llamada del hospital recordando que yo estaba suspendido y podía haber trasladado material clínico al vivero.

La investigación empezaba a girar hacia nosotros.

Julia nos pidió que no tocáramos nada y se marchó a solicitar una orden para registrar los vehículos.

Esperé hasta que los agentes se alejaron hacia la entrada.

Inés me mostró una maceta rota, medio enterrada bajo una viga.

En el fondo había un doble recipiente. Lo dejamos en su sitio, llamamos al policía y observamos cómo retiraba una bolsa protegida del fuego.

Contenía una libreta de Rosalía, dos carretes y una tarjeta de acceso con el nombre de Casimiro Vela.

La libreta estaba húmeda, pero la tinta sobrevivía en varias páginas.

Rosalía había registrado matrículas, turnos de vigilancia y llamadas.

Una anotación se repetía: LA CENIZA VIAJA.

Debajo figuraban direcciones de funerarias y crematorios contratados por San Julián.

El hospital utilizaba un servicio externo para eliminar material biológico. Casimiro autorizaba las recogidas.

El registro de la tarjeta reveló un acceso al vivero dos horas antes del incendio.

Casimiro alegó que la había perdido meses atrás.

Las cámaras del casino lo situaban en una cena, aunque salió durante cuarenta minutos.

Su coche no abandonó el aparcamiento. Otro vehículo, registrado a nombre de la Fundación Vulpes, pasó por la carretera del vivero.

La jueza ordenó localizarlo. Cuando los agentes llegaron a su casa, Casimiro había desaparecido.

Los carretes contenían fotografías tomadas por Rosalía en el archivo de San Julián.

Un laboratorio policial las reveló en presencia de Julia.

La mayoría mostraba libros contables, pulseras y expedientes.

En una serie aparecía un horno crematorio pequeño, instalado bajo el jardín.

Las paredes estaban cubiertas de hollín y, junto a la boca, había cajas con números.

—Si quemaban restos, el cementerio puede estar vacío —dijo Inés.

—O mezclado.

La última imagen mostraba una mano sobre el interruptor. Faltaban dos dedos.

Busqué a Pascual Rebollo, que faltó al trabajo y mantuvo el teléfono apagado hasta que la policía lo encontró esa tarde en una estación de servicio, dentro de su coche.

Llevaba una maleta, dinero y un pasaporte.

Se quedó allí y declaró que Severino le ordenó revisar el horno después de la entrada de Rosalía y Adrián.

Aseguró que nunca había quemado un cuerpo, solo documentos y muestras médicas.

—¿Estuvo en el vivero? —preguntó Julia durante la declaración.

—Mi tarjeta no abre esa puerta.

—La de Casimiro sí.

Pascual admitió que el administrador se la prestó.

Llegó para retirar tres cajas antes del fuego.

Rivas conducía el carro. Vulpes esperaba fuera.

Al descubrir que quedaban documentos, el terapeuta vertió gasolina.

Pascual trató de detenerlo y recibió un golpe.

La policía fotografió un hematoma reciente bajo el cabello.

—¿Qué contenían las cajas?

—Cintas y expedientes de la unidad infantil. Una llevaba el nombre de Elena Ochoa.

—¿Dónde están?

—Rivas se las llevó a San Julián.

La orden de registro llegó al anochecer.

Severino permitió el acceso a almacenes y despachos, acompañado por abogados y personal de protección de datos.

Las cajas no aparecieron. El carro eléctrico había sido lavado con lejía.

En las ranuras de las ruedas encontraron barro del vivero y una sustancia gris.

El laboratorio la identificó como ceniza humana.

La noticia permaneció bajo secreto, pero Severino pareció conocerla antes de que el informe saliera.

Convocó una rueda de prensa y anunció que antiguos materiales anatómicos del sanatorio podían haber sido almacenados sin catalogar.

Presentó el hallazgo como una irregularidad histórica y prometió una auditoría independiente.

—Está preparando la explicación de los restos —dijo Julia—. Cuando encontremos un nombre, dirá que pertenecía a una colección médica.

Clara Varda escuchó las novedades en la habitación 44.

Había colocado la fotografía de Rosalía sobre la mesa y la rodeaba con recortes.

Cuando mencionamos el horno, abrió la maleta cerrada con dos candados.

Dentro guardaba ropa de su hija, un mechón de cabello cortado durante la infancia y una bolsa sellada con un cepillo de dientes.

—Para la prueba genética —explicó—. Lo preparé el día que Severino me dijo que se había marchado.

La policía tomó las muestras. Clara preguntó cuánto tardaría una comparación si aparecían restos. Nadie quiso dar un plazo.

Adrián seguía en aislamiento. La orden judicial permitía que un médico independiente lo examinara, aunque San Julián retrasaba la visita por motivos de seguridad. Envié a través de Mara una hoja con tres preguntas: ¿Viste el horno? ¿Rosalía salió del jardín? ¿Dónde llevaron las cajas?

La respuesta llegó dentro de una venda usada.

VI EL FUEGO. NO VI LA MUERTE. LAS CAJAS RESPIRAN.

Debajo había dibujado un rectángulo con ruedas y doce pequeñas ventanas. Inés reconoció un antiguo vehículo de transporte psiquiátrico guardado en el garaje del hospital. Cuando la policía lo registró, estaba vacío. Las juntas interiores conservaban fibras de papel, hollín y pétalos de rosa.

El cuentakilómetros mostraba ciento treinta y ocho kilómetros más que la hoja de mantenimiento.

Revisamos carreteras situadas a sesenta o setenta kilómetros de Umbra.

Había dos almacenes de la fundación, una clínica cerrada y una cantera.

La última dirección no aparecía en los registros de propiedad.

Casimiro la había utilizado para facturar obras de contención después de la muerte de Elena.

La policía decidió esperar. Necesitaban vigilancia y una orden.

Yo observé cómo las horas administrativas se acumulaban sobre Adrián y comprendí la eficacia del método de San Julián.

Nadie tenía que impedir una investigación.

Bastaba con obligarla a llamar a todas las puertas correctas mientras las pruebas viajaban por caminos sin nombre.

La tarde anterior al registro de la cantera, el vehículo apareció ardiendo junto al acantilado. Las cajas estaban dentro. Los bomberos salvaron fragmentos de expedientes y varias cintas deformadas. En una cubierta todavía podía leerse ELENA OCHOA. En otra, ROSALÍA VARDA.

Encontré a Inés en el laboratorio forense, mirando las bolsas transparentes. Tenía ceniza bajo las uñas porque había ayudado a separar las hojas húmedas antes de que llegara el técnico. Le pedí que se lavara. Se quedó frente al lavabo sin abrir el grifo.

—Mi hermana puede estar aquí —dijo—. Cualquier persona que pasó por B-612 puede haber terminado en una bolsa que nosotros llamaremos evidencia.

—Julia murió años después.

—Eso dice su certificado. Narciso firmó muchos.

La duda se había convertido en una forma de contagio.

San Julián nos obligaba a revisar incluso las muertes que creíamos haber acompañado.

Inés llamó a su sobrina y pidió autorización para exhumar a Julia.

La familia se negó. Tenían pruebas suficientes de su enfermedad y no querían que el hospital regresara a la tumba.

Inés aceptó. Guardó la posibilidad sin transformarla en exigencia.

Entre los papeles quemados apareció una lista de pacientes trasladados a la Fundación Vulpes. Adrián figuraba dos veces: como niño en 1998 y como adulto en 2023. Rosalía aparecía sin fecha de alta.

Al margen, Casimiro había escrito una palabra: CONSERVADA.

Clara la leyó y cerró los ojos. Después pidió escuchar la cinta del vivero.

La voz de su hija llenó la habitación y, durante unos segundos, el fuego dejó de ser una imagen.

Rosalía respiraba, discutía y pronunciaba nombres.

La ceniza podía sostener todas las dudas del mundo, pero aquella voz había estado viva cuando decidió dejar una prueba fuera del alcance de Vulpes.