Principito Oscuro 12 Los baobabs
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12 Los baobabs

Los baobabs

El resultado del laboratorio llegó cuarenta y ocho horas después.

La probabilidad de parentesco fraterno superaba el noventa y nueve por ciento.

Envié el informe a mi abogada, al juzgado de guardia y a la inspección sanitaria.

A las nueve de la mañana, San Julián respondió mediante un comunicado: el centro colaboraría con las autoridades y protegería la intimidad de un paciente vulnerable frente a la actuación imprudente de un facultativo suspendido.

El nombre de Adrián seguía ausente.

Inés consiguió que una jueza ordenara preservar su historia clínica, las grabaciones de seguridad y los registros de farmacia.

Cuando la comisión llegó al hospital, descubrió que una fuga de agua había dañado el servidor de imágenes y parte del archivo físico.

La avería se había producido la noche anterior.

Los baobabs crecían deprisa.

Mara nos llamó desde un número oculto. Rivas había ido a su casa. En vez de llamar al timbre, dejó bajo la puerta un dibujo de raíces rodeando a un niño. La policía lo consideró una amenaza ambigua. Ella se trasladó con su hijo a casa de una hermana.

En el cuaderno dos, las raíces ocupaban cada página con mayor densidad. Al principio nacían de semillas diminutas. Más adelante atravesaban camas, archivadores y bocas. Adrián las nombraba con verbos: obedecer, corregir, callar, agradecer. La última devoraba una palabra escrita en rojo: recordar.

Encontré una dirección oculta entre los trazos. Correspondía a un vivero abandonado en las afueras.

Inés insistió en acompañarme. Llegamos al anochecer.

Los invernaderos estaban cubiertos por plásticos desgarrados y la maleza invadía los caminos.

En lugar de baobabs, en la nave principal crecían fresnos, tejos y hayas que llevaban años sin trasplantar.

Sus raíces habían roto las grandes macetas negras y penetraban en el cemento.

Entre dos hileras encontramos una caseta de herramientas. La llave VOLCÁN II abrió el candado.

El interior olía a tierra húmeda y papel.

Había cajas de historias clínicas protegidas con bolsas, un escáner portátil y una mesa cubierta de notas.

Rosalía y Adrián habían utilizado el vivero como base durante meses.

En la pared colgaba un plano de San Julián lleno de chinchetas.

Los hilos unían nombres, fechas y pagos de la Fundación Vulpes.

Inés encendió una lámpara. En una de las cajas aparecía mi expediente infantil.

La carpeta contenía cuatro sesiones de evaluación fechadas entre noviembre y diciembre de 1998.

El médico responsable era Severino Umbral.

Yo constaba como testigo de los episodios delirantes de mi hermano.

En la última entrevista había declarado que Adrián inventaba B-612, que nuestra madre alimentaba sus fantasías y que la noche del accidente ella se encontraba sola.

La firma al pie imitaba la de un niño.

—No recuerdo haber dicho esto.

Inés leyó la pauta farmacológica. S-LNT, dos dosis.

—También te lo administraron.

Seguí pasando hojas. En una prueba proyectiva había dibujado la garganta. El evaluador anotó: Contenido corregido tras intervención. El menor acepta que la figura representa un jarrón.

—Me enseñaron a no verla.

—Te enseñaron a responder —dijo Inés—. Ver es otra cosa.

En la caja siguiente encontramos fotografías de la habitación 612. Una cama con correas, paredes acolchadas, un espejo de observación y una ventana cegada. En el suelo, doce baldosas de largo por seis de ancho. Adrián, con ocho años, estaba sentado bajo la ventana. Tenía las manos vendadas.

Al dorso de cada foto figuraba un número. Había cuarenta y cuatro.

La última mostraba a Elena arrodillada junto a su hijo. La imagen parecía tomada a través del espejo. Nuestra madre sostenía una campana de cristal rota y uno de sus bordes le había cortado la palma. En el pasillo, reflejado en el cristal, se distinguía a un niño. Era yo.

Fuera de la caseta crujió una rama. Apagamos la lámpara. Alguien caminaba entre las macetas.

Inés señaló una puerta trasera. Antes de llegar, un líquido salpicó el techo y el olor a gasolina nos detuvo.

La llama corrió por debajo de la entrada y trepó por las bolsas de plástico. Rompimos la ventana trasera con una pala. Inés salió primero. Cuando me disponía a seguirla, vi una grabadora en la mesa. La guardé bajo la camisa y salté.

El fuego alcanzó el techo en pocos minutos. Desde el campo observamos cómo las cajas se encogían hasta convertirse en placas negras. Un coche arrancó en el camino y desapareció sin luces.

La grabadora tenía la carcasa caliente y una cinta en su interior. En la etiqueta, con letra de Rosalía, se leía: Jardín. Si ardemos, escucha.