Del cuaderno segundo
Los tres volcanes
Limpio el primer volcán con agua. Es pequeño, impaciente y ruidoso. Cuando se enfada, promete romper cada objeto del planeta. Nunca cumple del todo. Deja vasos rajados, puertas que no encajan y palabras que tardan años en recogerse.
El segundo necesita alcohol. Mi padre decía que así se desinfectaban las heridas.
Vertía un poco sobre las manos y el resto dentro de sí.
Al principio el volcán se calmaba. Más tarde aprendió a arder con el mismo líquido que lo apagaba.
Desde lejos parecía una lámpara. Al acercarse, olía a pelo quemado.
El tercero se limpia con silencio. Nadie debe nombrarlo. Bajo su costra hay una habitación sin mañana, pero eso solo lo saben quienes han puesto la oreja sobre la piedra. Yo la pongo cada noche. Escucho una respiración que puede ser la mía.
Augusto dice que un volcán extinto es seguro. Papá responde que conviene barrerlo de todos modos. Tobías trae la escoba. Vulpes me pide que agradezca el cuidado. Cada adulto sostiene una herramienta y ninguno mira el fuego.
Un día dejé de limpiar. El primer volcán rompió la jarra. El segundo se bebió a mi padre. El tercero abrió un ojo.
Valentín llegó con una bata blanca y comenzó a explicar la presión de la lava. Le pedí que se sentara. Los volcanes no escuchan diagnósticos, pero a veces esperan cuando dos hermanos permanecen juntos.
* * *
La residencia celebraba las visitas familiares los domingos por la tarde.
Durante años acudí el primer domingo de cada mes, llevaba fruta que Samuel no podía comer y escuchaba versiones de su pasado que cambiaban según la luz.
Después de encontrar a Adrián, las visitas adquirieron otra medida.
Mi padre podía olvidar el desayuno, pero reconocía cada palabra relacionada con San Julián.
El domingo posterior a la grabación llevé tres objetos: la llave VOLCÁN II, la fotografía del invernadero y una ampolla vacía encontrada entre los efectos de 1998. Samuel estaba en la sala común, mirando un concurso sin sonido. Le propuse salir al jardín. Se negó al ver la llave.
—Esa abre donde guardan a los muertos.
—Dijiste que abría el archivo.
—Los archivos guardan muertos que todavía firman.
Se levantó y caminó hacia el ascensor. Lo seguí. Bajamos a la planta de rehabilitación, donde había una piscina vacía por obras. Samuel entró en el recinto y se sentó en el borde. Los azulejos azules le devolvían una claridad extraña.
—Augusto nos reunía los jueves —dijo—. Lo llamaba comité de casos difíciles. Bebíamos coñac y decidíamos qué familia soportaría la verdad.
Participaban Augusto, Casimiro, Narciso, Vulpes y, durante los últimos años, Severino.
Tobías esperaba fuera para ejecutar las órdenes de mantenimiento.
Erasmo nunca formó parte, aunque imprimía formularios y guardaba copias.
Samuel describió una cadena construida para que nadie realizara el acto completo.
El médico diagnosticaba, el administrador movía dinero, el terapeuta obtenía consentimiento, el celador trasladaba y el archivero cerraba la carpeta.
Cada hombre conocía un tramo y fingía ignorar el destino.
—¿Qué tramo conocías tú?
—El de Adrián.
—También conocías a los otros niños.
—Los veía pasar.
—Eso cuenta.
Mi padre metió los pies calzados en la piscina vacía. Parecía observar un agua que ya no estaba.
—Elena empezó con los planos. Encontró habitaciones que no coincidían con las obras aprobadas. Después vio a una niña atada. Augusto dijo que era contención terapéutica. Ella fotografió las marcas y buscó a la familia. La niña era Rosalía Varda.
La madre había autorizado un ingreso breve por crisis de ansiedad.
Recibió cartas que aseguraban que su hija participaba en actividades al aire libre.
En realidad la trasladaron a B-612 porque acusó a un médico de tocar a otra menor.
Augusto clasificó el relato como contagioso.
Seis meses después, la devolvieron con un expediente nuevo y sin recuerdos coherentes del hospital.
—¿Clara sabía algo?
—Elena intentó llamarla. Casimiro interceptó la carta. Vulpes conservó el nombre de la niña. Años más tarde la buscó para su fundación.
La reunión entre Adrián y Rosalía había sido diseñada mucho antes de que ellos se conocieran.
Vulpes reunió a dos antiguos pacientes cuyas memorias podían completar el archivo de Elena.
Les ofreció terapia, los animó a investigar y controló la velocidad con que encontraban cada prueba.
Si recuperaban el expediente, él dispondría de los documentos.
Si fracasaban, sus recaídas confirmarían la necesidad de su tutela.
—¿Por qué Adrián confió en él?
—Porque Mateo era amable cuando los demás hacíamos daño. Se sentaba junto a la cama, traía agua, recordaba los cumpleaños. Los niños confundían el alivio con la bondad. Los adultos también.
Le mostré la fotografía del invernadero. Samuel tocó la figura borrosa de Elena.
—Esta la hizo Erasmo. Tu madre estaba dentro buscando el carrete. Ya lo había sacado alguien.
—¿Quién?
—Severino. Augusto le prometió la dirección del hospital si aprendía a protegerlo.
—¿Y el carrete?
—Narciso utilizó algunas imágenes en una conferencia sobre fabulación infantil. Cortó las correas fuera del encuadre.
Las fotografías de niños sometidos a B-612 se convirtieron en material académico. El abuso sobrevivió transformado en prueba de que los menores mentían. Entendí por qué Narciso temía las cintas y por qué su carrera dependía de controlar el relato histórico.
Samuel pidió la ampolla. Se la entregué vacía. La sostuvo frente a la luz.
—Silente no era una fórmula estable. Cambiaban las dosis y mezclaban sedantes. Augusto no quería borrar. Quería que el recuerdo doliera lo suficiente para que el niño eligiera otra versión.
—¿Cuántas veces se lo diste a Adrián?
—No puedo contarlas.
—Inténtalo.
—Cuarenta y cuatro.
La cifra coincidía con las fotografías, las puestas de sol y la línea de Elena en el libro de Casimiro.
Samuel explicó que el tratamiento duró cuarenta y cuatro días.
Cada tarde, la luz entraba por una abertura del muro y marcaba el inicio de la sesión.
Si Adrián negaba la habitación, recibía comida y sueño.
Si nombraba a Elena, lo mantenían despierto y administraban otra dosis.
—¿Por qué cuarenta y cuatro?
—Casimiro calculó que era el máximo que podían facturar como observación sin notificar un internamiento prolongado.
Hasta los símbolos más persistentes tenían una explicación contable.
Una auxiliar entró para avisar de que comenzaba la merienda. Samuel escondió la ampolla en la manga. Le pedí que la devolviera.
—Si la encuentran dirán que estoy enfermo.
—Estás enfermo.
—Entonces dirán la verdad por el motivo equivocado.
Guardé el vidrio en el bolsillo. Mientras regresábamos a la sala común, se abrió una puerta y apareció un hombre con una caja de pastas.
Samuel se detuvo. Era Narciso Lema, más joven que mi padre y reconocible por su perfil televisivo.
Había ido a visitar a otro residente, aunque al vernos cambió de dirección.
—Valentín —saludó—. Lamento lo que estás viviendo.
—¿A quién visita?
—A un antiguo colega.
Samuel se aferró a mi brazo.
—Viene a comprobar si recordamos lo mismo.
Narciso conservó la sonrisa. Me sugirió hablar en otro momento y dejó una tarjeta. Antes de alejarse, miró la llave que sobresalía de mi bolsillo.
—Hay puertas que se cerraron por una razón —dijo.
—La razón está empezando a declarar.
En lugar de responder, entró en la habitación del antiguo administrador de farmacia. Julia Ferrer consiguió después el registro de visitas. Narciso había acudido a cuatro residencias durante el último mes. En todas vivían empleados relacionados con B-612.
La asociación de familiares aceptó ayudarnos a localizarlos.
Durante la semana siguiente entrevistamos a nueve.
Dos se negaron a hablar. Tres padecían demencia avanzada.
Una mujer conservaba copias de pedidos de S-LNT; otro hombre guardaba fotografías del jardín; el último recordaba haber trasladado cuarenta y cuatro ampollas a una clínica privada después del cierre de la unidad.
—La Fundación Vulpes —dijo al reconocer el logotipo.
El compuesto no desapareció en 1998. Mateo había continuado utilizándolo fuera de San Julián.
El domingo siguiente encontré la silla de Samuel vacía. Había pasado la mañana preguntando por Adrián y se negaba a comer hasta que lo llevaran a verlo. La dirección no autorizó el encuentro. Temían que alterara a ambos.
Me senté frente a él y abrí una videollamada. Adrián apareció desde la clínica, vigilado por una enfermera. Durante un minuto ninguno habló.
—Has crecido —dijo Samuel.
—Tú te has encogido.
Mi padre aceptó la observación con un movimiento de cabeza.
—Guardé tu nombre.
—Lo enterraste debajo de otro.
—Quería que salieras.
—Querías que saliera sin recordar.
Samuel miró la pantalla como si buscara al niño detrás del rostro adulto. Después apoyó una mano en el cristal.
—Tu madre abrió la puerta.
—Y tú la cerraste.
La llamada terminó cuando mi padre comenzó a llorar.
Adrián no pidió volver a verlo. Yo tampoco le prometí que habría otra ocasión.
Algunas familias convierten cada encuentro en una ceremonia de reparación y acaban exigiendo a la persona herida que oficie.
Mi hermano ya había esperado bastante detrás de nuestras puertas.