11 Los volcanes
Los volcanes
Visité a mi padre con una grabadora en el bolsillo. La residencia ocupaba un hotel rehabilitado frente a la playa norte. Desde el comedor se veía el mar golpear el espigón y levantar espuma sobre las ventanas. Samuel estaba solo ante un plato de sopa. Había escondido el pan bajo la servilleta.
—La comida se acaba —me explicó—. Hay que guardar para mañana.
—Aquí te darán más.
—Eso dicen los reyes antes de cerrar el granero.
Me senté a su lado. En la muñeca llevaba una pulsera con su nombre y el número de habitación. La giraba para ocultar las letras.
—He encontrado a Adrián.
La cuchara quedó suspendida.
—Está ingresado en San Julián.
—Los niños no deben entrar allí.
—Ya no somos niños.
—Eso os dijeron.
El deterioro de mi padre no seguía una línea estable.
Había mañanas en que recordaba dosis, apellidos y conversaciones de hacía veinte años.
Otras, confundía a los cuidadores con compañeros muertos.
Aquella tarde alternaba claridad y miedo con una rapidez que me impedía decidir dónde terminaba la demencia y empezaba la defensa.
—¿Qué era S-LNT?
Se llevó la cuchara a la boca sin sopa.
—Una abreviatura.
—¿De qué?
—Sedación longitudinal nocturna terapéutica. Augusto inventaba nombres grandes para cosas pequeñas.
—¿Qué cosas?
—Una ampolla. Después otra. Una habitación oscura. El niño aprende que recordar duele y acaba entregando el recuerdo.
—¿Se lo administraste a Adrián?
Samuel buscó el vaso, aunque estaba junto a su mano.
—Tu hermano tenía tres volcanes. Lo escribí en la historia. Excitación, fabulación y contagio. El tercero eras tú.
—¿Yo?
—Te creía. Dos hermanos pueden sostener una mentira mejor que uno. Augusto decía que había que separaros para distinguir al enfermo.
—Nuestra madre descubrió lo que hacíais.
—Elena abría todas las puertas. Después se quejaba de las corrientes.
La rabia me subió desde el estómago. Aferré el borde de la mesa y esperé a que pasara. Mi padre miró mis manos.
—Ese es el primero —dijo—. El pequeño siempre echa humo.
—¿Y el segundo?
—Lo llevas en el aliento, aunque hoy no hayas bebido.
—¿Qué ocurrió el diecisiete de noviembre?
Samuel empezó a ordenar las migas en tres montones. Su respiración cambió.
—Llovía. Tobías encendía y apagaba las luces para avisarnos de que Elena había entrado por la galería. Adrián gritaba dentro de la campana. Yo tenía la llave, pero Augusto me ordenó esperar.
—¿La campana era el invernadero?
—La campana era todo. Cuando un lugar se cierra bien, el mundo deja de oírte.
—¿Mamá murió allí?
Me miró con una lucidez que llegó tarde y se marchó demasiado pronto.
—Tú cerraste la puerta.
Empujé la silla al levantarme. Varias personas se volvieron. La grabadora seguía encendida en mi bolsillo.
—Yo tenía doce años.
—Y obedecías muy bien.
Una cuidadora se acercó y me pidió que bajara la voz. Samuel volvió a la sopa. Preguntó quién era yo.
En la recepción solicité acceso a su historial de ingreso. La directora explicó que necesitaba autorización del tutor legal. El tutor era yo. Entre los efectos personales constaba una caja depositada en la caja fuerte. La abrieron ante mí.
Dentro había una petaca vacía, tres llaves y un sobre dirigido a Elena. Las llaves estaban etiquetadas: VOLCÁN I, VOLCÁN II, VOLCÁN III. Una abría el mueble de medicación de la antigua unidad; otra, el archivo; la tercera, según una nota, correspondía al cuadro eléctrico del invernadero.
La carta no tenía sello.
Elena: Augusto ha aceptado interrumpir el tratamiento cuando Adrián deje de nombrar B-612. Ayúdame a convencerlo. Si sigue diciendo que el cuarto existe, no podré sacarlo del cuarto.
La firma de mi padre ocupaba media línea.
Al salir de la residencia caminé hasta el paseo marítimo. El viento arrancaba arena de la playa y la arrojaba contra las barandillas. Compré una botella en un establecimiento junto al puerto. La llevé cerrada durante dos calles. Después la dejé en una papelera.
En el cuaderno dos, Adrián había escrito que los volcanes se limpiaban a diario porque nadie sabía cuál estaba dormido y cuál fingía dormir.
Yo acababa de despertar los tres.