Del cuaderno tercero
Rosalía bajo cristal
Rosalía llegó con una grabadora rota y tres preguntas. En vez de preguntarme si estaba enfermo, quiso saber qué puerta recordaba, quién tenía la llave y por qué todos los planos de San Julián terminaban antes del jardín.
Le hablé de una rosa para que no supiera cuánto me importaba. Ella aceptó el nombre durante una semana.
—Las rosas tienen espinas —dijo.
—Tú también.
—Las mías no te autorizan a ponerme bajo cristal.
Yo decía que la campana la protegía de Vulpes, de Severino y de las personas que la seguían al salir de la radio. En realidad también me protegía a mí. Si podía verla a través del vidrio, no tenía que imaginar dónde estaba.
Rosalía comenzó a dejar el teléfono en casa. Yo recorría el puerto buscándola. Cuando regresaba, discutíamos. Ella se marchaba otra vez para demostrar que podía. En cada ausencia se convertía un poco más en mi madre; en cada pregunta, yo me parecía un poco más a mi padre.
Una noche rompió la campana. El vidrio le cortó la palma.
—Mira lo que has hecho —dije.
—Mira lo que acabas de decir.
Guardó la grabadora y se fue. Volvió al día siguiente con una venda y un plano. Había encontrado el túnel de la cantera.
—Entraremos juntos —dijo.
—Es peligroso.
—Lo sé.
—Puedo ir solo.
—Eso también lo sé.
Comprendí que quererla no me daba derecho a escoger sus riesgos. La comprensión duró hasta la puerta de San Julián. Allí volví a caminar delante, a revisar cada sombra y a pedirle que esperara. Ella dejó que lo hiciera porque también tenía miedo.
Las relaciones no se rompen siempre con una gran crueldad. A veces ceden bajo cientos de protecciones pequeñas, colocadas con cuidado por dos personas que confunden el amor con evitar la pérdida.
Cuando el fuego empezó, la campana ya estaba rota.