Del cuaderno primero
La garganta
Mi hermano dibujó un lugar del que nadie podía salir. Los mayores discutieron si era un jarrón o una chimenea. Yo vi los dientes. También vi al hombre encogido dentro, aunque Valentín había dibujado las piernas demasiado largas y una rodilla atravesaba la lengua.
Le añadí una puerta. Pensé que cualquier prisión se volvía menos prisión cuando uno sabía por dónde escapar. Mi padre arrancó el papel y dijo que habíamos estropeado la tarde. Mamá recogió los pedazos. A veces hacía eso: guardaba lo que los demás rompían y luego olvidaba dónde lo había puesto.
Aquella noche soñé que la garganta pertenecía a la casa. Las habitaciones estaban detrás de las muelas, la escalera bajaba por el cuello y el estómago era un sótano lleno de camas. Mi madre caminaba de una a otra cubriendo a los niños. Cuando llegó a mí, no tenía manta.
—Tú estás despierto —dijo.
—Tengo frío.
—Despertar da frío.
Le pregunté dónde estaba Valentín. Señaló hacia arriba. Mi hermano permanecía junto a la boca con una llave. Le grité que abriera, pero la casa tragó y el ruido se lo llevó.
A la mañana siguiente dibujé la puerta otra vez. Valentín dijo que ya no quería jugar. Guardé el lápiz bajo la cama. Durante meses esperé a que él terminara el dibujo.
Muchos años después comprendí que una puerta no sirve si la persona que tiene la llave cree que la pared es un jarrón.
* * *
El ascensor de carga se detenía cada noche en la sexta planta, aunque el panel solo mostraba cinco pisos.
Descubrí la anomalía al revisar los registros de mantenimiento que Inés había descargado antes de que Severino cancelara nuestras credenciales.
A las dos y trece, el motor consumía energía durante cuarenta y ocho segundos; luego descendía al sótano y permanecía inmóvil hasta las cuatro.
El informe atribuía el movimiento a una prueba automática.
El fabricante negó que aquel modelo tuviera esa función.
Inés conocía al hombre que lo revisaba. Se llamaba Pascual Rebollo y llevaba treinta y dos años entrando por la puerta de proveedores.
En el hospital lo confundían con un empleado, aunque facturaba desde un taller sin rótulo cerca del puerto.
Cuando fuimos a buscarlo, estaba desmontando el mecanismo de un montacargas antiguo.
Las paredes del local aparecían cubiertas por puertas de ascensor, números de latón y botoneras rescatadas de edificios demolidos.
Cada planta que ya no existía conservaba allí una cifra.
—San Julián tiene seis —dijo al ver la copia del registro—. Que la dirección haya quitado un botón no reduce la altura.
Explicó que el ascensor moderno se instaló en 2004, durante la reforma que supuestamente clausuró el bloque B.
El hueco original comunicaba el sótano con una galería situada entre las plantas quinta y sexta.
Los planos la llamaban cámara técnica. Allí terminaban las conducciones de oxígeno, los cables de observación y un tubo neumático que llegaba al despacho de Augusto Umbral.
Pascual había recibido la orden de anular la parada, pero Casimiro Vela le exigió conservar un acceso de servicio con una llave independiente.
—¿Quién lo utiliza ahora? —pregunté.
Pascual limpió una pieza con un paño ennegrecido. Desde la ventana del taller se veía el agua del puerto golpeando los pilotes.
—Yo cambio cables. No pregunto qué transportan.
Inés apoyó sobre el banco una fotografía de Adrián tomada en la sala de observación. Pascual siguió frotando la pieza hasta que el metal quedó limpio. Después señaló el borde inferior de la imagen, donde asomaba una franja amarilla y negra.
—Esa pintura estaba en el montacargas viejo. La cubrimos con paneles cuando llegó Inspección. Si la fotografía es reciente, alguien quitó el revestimiento.
Le pedí que declarase. Respondió que su mujer dependía de una plaza concertada en la residencia de la Fundación Umbral.
Dos hijos trabajaban para contratas del hospital.
Severino no necesitaba amenazarlo; le bastaba con enviarle cada Navidad una cesta que incluía una lista de todos los favores recibidos.
—Su madre vino aquí una vez —añadió—. Traía un abrigo verde y la mano vendada. Quería una copia de la llave de servicio. Le dije que no podía hacerla. Esa misma tarde fabriqué dos.
Abrió un cajón y apartó manuales, tornillos y recibos. Del fondo sacó una caja de cerillas del Hotel Penumbra. En su interior descansaba una llave estrecha, marcada con el número 6.
—Ella recogió la otra. Esta tenía que llegar a un periodista si le sucedía algo. El periodista murió antes de contestar. Guardé la llave porque tirarla me parecía participar y entregarla me obligaba a admitir que había participado.
La sostuve en la palma. Pesaba menos que la del cobertizo de nuestra infancia.
Aun así, mi mano recordó la presión del metal y la orden de mi padre: quédate aquí, no abras a tu hermano.
Durante años había considerado las llaves objetos neutrales, pequeñas herramientas a las que las personas imponían un uso.
Pascual llevaba tres décadas rodeado de ellas porque conocía una verdad más incómoda: una llave también registra quién pudo abrir y decidió esperar.
Accedió a llevarnos hasta el ascensor después del cambio de turno. Inés avisó a la jueza Ferrer y solicitó una orden urgente. La respuesta tardaría varias horas. Pascual se echó la chaqueta, cerró el taller y condujo detrás de nosotros sin encender la radio.
Entramos en San Julián por lavandería. En los pasillos olía a lejía y sopa recalentada.
El personal de noche empujaba carros sin mirarnos.
Pascual abrió el panel de llamadas con un destornillador y conectó dos cables.
La cabina descendió vacía. Dentro pulsó sótano y mantuvo la llave girada hacia la izquierda. El indicador apagó todos los números.
El ascensor subió con una lentitud que permitía contar las plantas por las vibraciones.
Al superar la quinta, se detuvo entre dos muros.
Las puertas se separaron unos centímetros y tropezaron con un tablero clavado desde fuera.
Pascual introdujo los dedos, buscó una palanca y forzó el mecanismo.
Detrás había un corredor de menos de un metro de ancho, iluminado por luces rojas.
Las paredes conservaban ventanas de observación.
Al otro lado no había habitaciones, sino cajas: historiales, cintas, juguetes en bolsas numeradas y decenas de prendas infantiles colgadas de una barra.
En el suelo vi una maleta azul con las iniciales A.
S. O. La cremallera estaba cerrada con un precinto fechado tres días antes.
Inés fotografió el lugar sin cruzar el umbral.
La orden judicial seguía pendiente y cualquier manipulación podía invalidar una prueba.
Yo permanecí en la cabina, incapaz de apartar la vista de la maleta.
Adrián había desaparecido veintiocho años atrás, pero alguien acababa de revisar sus pertenencias.
Un ruido llegó desde el extremo de la galería.
Primero una rueda contra el suelo; luego una tos.
Las luces rojas se apagaron. Pascual intentó mantener las puertas abiertas, aunque el ascensor empezó a descender por una orden externa.
Alcanzó a golpear el marco con la caja de herramientas.
Un destornillador quedó atrapado y dejó una rendija por la que vimos pasar un carro cubierto con una sábana.
El carro se detuvo frente a una de las ventanas.
Bajo la sábana se marcó un movimiento breve, parecido al giro de una cabeza sobre una almohada.
Inés acercó el teléfono a la rendija. Una mano apareció al otro lado del cristal y dejó cinco huellas en el polvo.
Era pequeña, aunque los dedos tenían uñas largas y oscuras.
Pascual golpeó el tablero y llamó a quien estuviera dentro. La mano se retiró.
La cabina descendió. Durante unos segundos escuchamos las ruedas seguirnos por el hueco, planta tras planta, aun cuando el mecanismo del ascensor ya nos separaba de la galería. Al llegar al sótano, el sonido se detuvo sobre nuestras cabezas.
Inés revisó la fotografía. La mano figuraba con claridad, apoyada desde un corredor que la dirección declaraba vacío desde hacía dos décadas. En el borde inferior de la imagen se distinguía otro detalle, una etiqueta atada a la muñeca. Llevaba impreso el número 612.
—¿Quién tiene otra llave? —preguntó Inés.
Pascual miró el indicador negro.
—Casimiro, Severino y Tobías. Si Augusto conservó copias, puede haber más.
En el sótano nos esperaba un celador que yo no conocía.
Dijo que había recibido aviso de una avería y pidió a Pascual su identificación.
Inés mostró la placa del colegio médico, habló de un paciente atrapado y nos condujo hacia la escalera antes de que el hombre comprobara nada.
Al volver la cabeza, vi que el ascensor subía de nuevo.
La jueza autorizó el registro a las cuatro y veinte. Cuando la policía abrió la galería, las cajas seguían allí, pero la maleta había desaparecido. El carro se encontraba vacío junto a una compuerta de ventilación. En una de las ventanas alguien había dibujado tres agujeros sobre el polvo.
Pascual declaró durante seis horas. Entregó facturas, planos y la relación de órdenes que había obedecido. Al salir de comisaría, llamó a la residencia y pidió trasladar a su mujer. Sus hijos perdieron el trabajo esa misma semana. Él cerró el taller y guardó las botoneras en un almacén municipal.
Antes de marcharse me dio la caja de cerillas.
—La llave pertenece a su madre —dijo—. Lo que abra ahora pertenece a ustedes.
La dejé en la mesa durante el segundo encuentro con Adrián. Él la observó, tocó el número con el pulgar y pidió un lápiz. Dibujó un rectángulo alrededor.
—¿Qué hay dentro? —pregunté.
—Depende de quién cierre la caja.
Después me pidió que dibujara un cordero.