Principito Oscuro 5 El cordero en la caja
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5 El cordero en la caja

El cordero en la caja

El segundo encuentro comenzó con una petición.

—Dibújame un cordero.

La voz era más grave de lo que esperaba y arrastraba las sílabas, como si llevara años sin usarlas. Cerré la puerta de la sala y pedí a los celadores que esperaran fuera.

—Ayer no quisiste hablar.

—Ayer necesitaba saber si recordabas la garganta.

—La recuerdo.

—Entonces dibuja.

Me senté. El paciente dejó un lápiz frente a mí y giró el bloc. Seguí el juego porque su primera frase tenía más valor clínico que cualquier disputa por el control de la sesión. Dibujé un animal con el cuerpo ovalado, cuatro patas y una cabeza pequeña.

Lo estudió.

—Está enfermo.

—Mis aptitudes artísticas son limitadas.

—Se le nota en los ojos.

Probé con otro. Alargué las patas, ensanché el lomo y corregí la cabeza.

—Es viejo —dijo.

—Podría ser joven y tener una mala noche.

—Los jóvenes también envejecen.

En el tercero dibujé un cordero pequeño. Añadí hierba y una nube, quizá para convencerlo de que aquel animal gozaba de una existencia aceptable.

Rozó el dibujo con el índice.

—Este ya ha muerto.

—Acabo de inventarlo.

—Por eso puedes matarlo sin sentirte culpable.

Dejé el lápiz. Quería preguntarle su nombre, hablar de los cuadernos y de la unidad infantil, pero comprendí que cada pregunta directa levantaría una pared. Arranqué la hoja y dibujé una caja con tres agujeros.

—Está dentro —dije.

Sostuvo el papel a contraluz. La dureza de su cara cedió durante unos segundos.

—Así no tengo que verlo morir.

—Tampoco puedes verlo vivir.

—Vivir ocurre aunque nadie mire.

Doblando el papel con cuidado, lo guardó en el bolsillo del uniforme. Observé las heridas de sus manos. Las más profundas rodeaban las uñas y se abrían al menor roce.

—¿Qué arrancas?

Escondió los dedos bajo la mesa.

—¿Te haces daño cuando estás solo?

—Arranco baobabs.

—¿Dónde crecen?

Señaló el suelo.

—Aquí debajo. Las raíces atraviesan todo el hospital.

—¿Qué ocurre si dejas de arrancarlos?

—Llegan a las habitaciones de los niños.

La auxiliar me había asegurado que no existían episodios de autolesión en la unidad.

Al terminar la sesión, solicité los registros de vigilancia.

Faltaban diecisiete noches del último trimestre.

Llamé al responsable y recibí una respuesta imprecisa sobre una avería del sistema.

Luego pedí que curaran las manos del paciente y que retiraran de su cuarto cualquier objeto punzante.

—No usa objetos —dijo la enfermera—. Rasca las juntas de las baldosas.

—¿Qué busca?

—Semillas negras.

Fui a verlo antes de marcharme. Dos auxiliares limpiaban la pared.

Bajo la pintura reciente aparecían raíces hechas con carboncillo, lápiz y, en algunos tramos, con el grafito arrancado de las minas.

Todas descendían hacia el rodapié. El paciente permanecía sentado en la cama y sostenía la caja del cordero.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

Apoyó la cabeza en la pared.

—En este sitio, los nombres son puertas.

—Necesito una para entrar.

—Tú ya entraste, Valentín. Tenías doce años.

Una auxiliar dejó de frotar. Miré las raíces y descubrí entre ellas unas letras minúsculas. Pertenecían a otra capa del dibujo y formaban una fecha: 17 de noviembre de 1998.

La noche en que nuestra madre desapareció.

Al volver a casa, abrí el armario de la cocina. La botella de whisky estaba detrás de un paquete de arroz, donde la había dejado tres meses antes. Seguía cerrada. La sostuve hasta que el cristal se calentó en mi mano y luego la vacié por el fregadero.

Mientras el alcohol desaparecía por el desagüe, recordé una frase de mi padre: tu madre se ha marchado y no quiere que la busquemos.

La había creído durante veintiocho años porque la alternativa exigía admitir que yo también había dejado de buscar.

* * *

Mi padre conservaba las fotografías familiares en una caja de zapatos verde. Tras su ingreso en la residencia, llevé la caja a mi apartamento sin abrirla. La encontré en el fondo de un armario, debajo de las mantas que reservaba para las visitas. Nadie dormía en mi casa desde hacía más de un año.

Extendí las fotos sobre el suelo del salón. Había cumpleaños, días de playa y excursiones a un pinar que no reconocí. En casi todas, mi madre miraba fuera del encuadre. Samuel aparecía con una mano apoyada en el hombro de alguno de nosotros, marcando la posición exacta en que debíamos quedarnos.

Encontré la imagen que buscaba cerca del fondo.

Dos niños junto a la verja de un colegio.

El mayor tenía doce años, el cabello oscuro y una expresión que confundía seriedad con obediencia.

El pequeño, de ocho, sonreía sin enseñar los dientes.

Llevaba una bufanda amarilla, aunque el día parecía cálido.

En el reverso, Elena había escrito: Valentín y Adrián. Septiembre de 1998. Antes de San Julián.

Me senté en el suelo con un solo nombre en la cabeza: Adrián.

La palabra tachada del cuaderno ocupó su lugar completo y recordé su manera de dormirse agarrado a la esquina de la sábana, el silbido que hacía al respirar, una cicatriz en la rodilla causada por una caída en bicicleta, el cedro, la bufanda y una caja de lápices guardada bajo la cama.

Los recuerdos llegaron sin orden, pero todos terminaban en noviembre.

Después de aquella fecha solo había huecos.

En mi historia familiar, mis padres se habían separado.

Mi madre se mudó al extranjero con Adrián, mi padre vendió la casa y yo ingresé en un colegio de León.

Recibí dos postales firmadas con la letra de Elena.

La segunda decía que el pequeño se estaba acostumbrando a su nueva vida.

Cuando cumplí dieciséis años dejaron de llegar.

Samuel afirmaba que ella no deseaba contacto.

A los dieciocho intenté localizarla, o eso me había contado siempre: dos llamadas, una carta devuelta, una consulta al padrón.

Una búsqueda lo bastante débil para fracasar.

Tomé el teléfono y llamé a la residencia. La enfermera de noche tardó en localizar a mi padre. Oí cómo acercaba el auricular y repetía mi nombre varias veces.

—¿Quién? —preguntó él.

—Valentín.

—Mi hijo está en el internado.

—Soy yo, papá. Quiero preguntarte por Adrián.

El silencio duró tanto que creí que la llamada se había cortado.

—Los niños no deben bajar al sexto —dijo al fin.

—¿Qué había en el sexto?

—Humedad. Malas tuberías.

—Adrián está vivo.

Una respiración áspera llenó el auricular.

—Eso decía Elena.

—¿Dónde está mamá?

—Se marchó.

—¿A qué lugar?

—Lejos.

—Dime dónde la enterrasteis.

La enfermera intervino. Mi padre había apartado el teléfono y comenzaba a gritar. Antes de que colgaran, distinguí dos palabras repetidas con la voz de un anciano aterrorizado: la campana.

Busqué entre las fotos hasta pasada la medianoche.

Bajo el cartón del fondo hallé un sobre pegado con cinta adhesiva.

Contenía una fotografía de San Julián tomada desde el parque.

La fecha impresa era de 1997. En el extremo izquierdo se veía un invernadero de hierro y vidrio unido al edificio por una galería cubierta.

En el cristal, ampliada por una mancha de luz, había una figura de mujer.

El sobre guardaba también una llave con una etiqueta de plástico: B6-12.

Al día siguiente llevé la fotografía a la sesión. El paciente la sostuvo sin pestañear. Su pulgar tapó el invernadero.

—Adrián —dije.

El nombre recorrió su cuerpo como una descarga. La foto cayó sobre la mesa. Se levantó tan deprisa que la silla golpeó el suelo. Cuando los celadores entraron, él ya estaba contra la pared, cubriéndose la cabeza con los brazos.

—¡Fuera! —ordené.

Los hombres vacilaron. Repetí la orden y cerré la puerta. Me agaché a varios pasos de distancia.

—No voy a tocarte.

Respiraba por la boca. Entre sus antebrazos aparecía un ojo azul.

—La puerta —murmuró.

—Está cerrada.

—Tiene que quedarse abierta.

Abrí la puerta y pedí a los celadores que se alejaran. Adrián bajó los brazos.

—Te he encontrado —dije.

—Me encontraste entonces.

—No lo recuerdo.

—Eso no significa que no estuvieras.

Recogió la fotografía y señaló la figura del invernadero.

—Ella también te encontró.

—¿Mamá?

Adrián negó con lentitud.

—Rosalía.