Principito Oscuro 4 La planta que no figuraba
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4 La planta que no figuraba

La planta que no figuraba

El plano de Inés Armayor mostraba una escalera detrás de lavandería, pero el hospital había aprendido a borrar mejor con ladrillo que con tinta.

A la mañana siguiente recorrí el sótano acompañado por el jefe de mantenimiento.

Se llamaba Pascual Rebollo y llevaba treinta y seis años trabajando en San Julián.

Su mano derecha carecía de dos falanges.

Cuando pregunté por el nivel seis, apoyó esa mano sobre un panel eléctrico y dijo que los planos antiguos confundían altura con profundidad.

—El sanatorio se construyó sobre una ladera —explicó—. Lo que desde el parque parece un sótano, desde el acantilado queda por encima de tierra. A algunos arquitectos les gustaba numerar desde abajo.

—El edificio solo tiene cuatro plantas en los registros.

—Los registros no cargan camillas.

Me enseñó cuartos de calderas, depósitos y conducciones.

Había puertas tapiadas, techos rebajados y pasillos que acababan contra muros recientes.

En uno de ellos, el enlucido conservaba la forma de un marco.

Doce baldosas antes del muro nacía una grieta fina, reparada varias veces.

Entre el cemento se distinguía un hilo de cobre.

—Aquí hubo un ascensor —dije.

Pascual encendió una linterna, aunque las lámparas funcionaban.

—Aquí hubo muchas cosas.

—¿Una unidad infantil?

Se volvió hacia la salida.

—Yo entré después de la reforma.

Mentía. En la fotografía de inauguración de 1997 aparecía un hombre joven con una caja de herramientas detrás de Samuel. Le mostré la ampliación en el teléfono. Pascual no necesitó acercarse para reconocerse.

—Entonces tenía dos dedos más —dijo.

—¿Los perdió aquí?

—En una puerta.

La respuesta abrió una pausa que ninguno quiso llenar demasiado deprisa.

Explicó que el sistema de cierre del bloque B utilizaba electroimanes industriales.

Durante una prueba, una hoja metálica se cerró sobre su mano.

Elena Ochoa había protestado porque el mecanismo carecía de desbloqueo interior.

Augusto ordenó continuar la instalación y Samuel firmó la conformidad médica.

—Su madre me llevó al puerto para que me cosieran —recordó—. No quería que quedara constancia en la enfermería del hospital. Mientras esperábamos, me pidió que declarase sobre las cerraduras. Le dije que tenía dos hijos y una hipoteca.

—¿Declaró después de que muriera?

—Tenía dos hijos y seguía teniendo la hipoteca.

Le pregunté quién conservaba los planos completos. Señaló el muro reparado.

—La pared sabe más que el archivo.

Con una espátula retiró parte del enlucido. Debajo apareció una placa de acero. Habían soldado la puerta del antiguo ascensor, pero el cableado seguía activo. Pascual conectó un comprobador. La corriente llegaba desde una línea independiente del hospital y mostraba consumo intermitente.

—¿Cuándo se utilizó por última vez?

—Anoche.

Consultamos el registro del cuadro. A las cuatro y cuarenta y tres, alguien había activado el circuito durante diecisiete minutos. La llamada que recibí se produjo un minuto después. Solicité las grabaciones de seguridad del sótano. Pascual se rio sin alegría.

—En ese pasillo las cámaras apuntan hacia donde estaba la puerta, pero llevan años grabando la pared.

En la sala de control encontré doce secuencias idénticas.

Una pared gris ocupaba el encuadre. A las cuatro y cuarenta y tres, la imagen temblaba con una vibración que podía proceder del ascensor oculto.

En el extremo inferior aparecía una sombra.

Amplié el fotograma. Una mano con una llave entraba durante menos de un segundo.

La llave llevaba una etiqueta clara. VOLCÁN I.

Mi padre guardaba llaves con nombres absurdos.

De niño creía que correspondían a cajones prohibidos o a los armarios donde escondía el alcohol.

Recordé tres etiquetas de metal colgadas en su despacho y el sonido que hacían al chocar cuando Samuel caminaba.

Volcán uno, dos y tres. El recuerdo apareció unido a otro: Adrián arrodillado junto a la mesa, intentando alcanzar el llavero; mi padre golpeándole los dedos con una regla.

Llamé a la residencia. La enfermera confirmó que Samuel todavía conservaba una caja de efectos personales, aunque solo podía entregarla con autorización del tutor. Yo era el tutor desde hacía seis meses y nunca había preguntado qué contenía.

Antes de marcharme, Pascual me condujo hasta un almacén de mobiliario.

Detrás de colchones y sillas rotas había una hilera de puertas retiradas durante la reforma.

La última llevaba pintada una B. Medía menos que las demás y conservaba arañazos en la cara interior.

Entre ellos se repetía un nombre: ELENA.

—La sacaron del nivel antiguo en 2004 —dijo—. Severino ordenó guardarla.

—¿Por qué?

—Augusto hacía conservar los objetos que conseguían una respuesta. Llamaba material docente a cualquier cosa capaz de asustar dos veces.

Los arañazos no pertenecían a una mano adulta. Estaban a la altura del pecho de un niño. Pasé los dedos por las letras, demasiado profundas para haberse hecho con una uña. En una ranura encontré la punta rota de un lápiz amarillo.

Adrián había llevado una bufanda de ese color en la última fotografía anterior a San Julián.

Durante años confundí el amarillo con una estación del calendario, una prenda cualquiera de septiembre.

Frente a aquella puerta recordé que la bufanda servía para localizarlo cuando se escondía.

Elena ataba un extremo al tirador del armario y seguía la lana hasta debajo de la cama, detrás de las cortinas o dentro del cobertizo. Adrián se reía al ser descubierto.

En B-612 nadie había seguido el hilo.

Pascual me dejó a solas. Fotografié la puerta, los arañazos y la punta del lápiz. Después llamé a Inés. Contestó desde la calle; se oían cajas y el motor de una furgoneta.

—Severino ha enviado a dos empleados a mi casa —dijo—. Quieren recoger los cuadernos.

—No se los entregues.

—Ya no están aquí.

—¿Dónde los has puesto?

—En un lugar que todavía respeta un sello.

Había depositado copias en una notaría y los originales en una taquilla de la estación. Recordé la ficha encontrada en la camisa de Adrián.

—¿Qué número?

—Cuarenta y cuatro.

La coincidencia la dejó callada. Fui a la estación y abrimos la taquilla con la llave de reserva del encargado. Dentro estaban los siete cuadernos, envueltos en la bufanda amarilla. Inés aseguró que ella no la había puesto allí.

En el tejido había una costura reciente. La descosimos con unas tijeras. Apareció una tira de papel fotográfico con cuatro imágenes diminutas. Mostraban a Adrián adulto y a Rosalía entrando en el hospital por una puerta de servicio. En la última fotografía, Severino los observaba desde una ventana.

La fecha impresa era dos días antes del incendio.

—Alguien sabía que iban a entrar —dije.

—Y alguien preparó su regreso.

Inés sostuvo el primer cuaderno. La cubierta parecía más gruesa en una esquina. Antes de que pudiéramos revisarla, sonó mi teléfono. Severino quería verme en el despacho.

La reunión duró ocho minutos. Me preguntó por mi relación con Inés, por las horas que había pasado en el sótano y por la fotografía de mi familia. Conocía cada movimiento, aunque no mencionó los cuadernos. Al final colocó sobre la mesa una solicitud de evaluación médica a mi nombre.

—Has trabajado demasiado —dijo—. El caso te ha afectado.

—El paciente escribió mi nombre antes de que yo supiera quién era.

—Eso demuestra que él te conocía, no que tú debas conocerlo.

—¿Qué hay detrás de la pared de lavandería?

Severino apoyó la pluma en el documento.

—Una planta que ya no figura.

—Anoche consumió electricidad.

—Los edificios conservan impulsos. A veces un circuito sigue intentando cumplir una orden mucho después de que la persona que la dio haya muerto.

Firmó la solicitud y me la entregó. La frase pretendía hablar de cables. Pensé en Augusto, en Samuel y en el paciente que esperaba cada noche ante una puerta. San Julián entero funcionaba como aquel circuito: la orden seguía viva porque demasiadas personas habían aprendido a llamarla trabajo.