Principito Oscuro 3 Los siete cuadernos
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3 Los siete cuadernos

Los siete cuadernos

La doctora Inés Armayor vivía en la parte vieja de Umbra, sobre una relojería cerrada desde hacía años.

Me recibió con una chaqueta de lana encima del pijama y una taza entre las manos.

Había adelgazado desde la última junta clínica.

En el salón quedaban cajas por embalar, pero ningún cuadro en las paredes.

—Sabía que te lo daría a ti —dijo.

Sin preguntar de qué caso hablaba, apartó unos libros del sofá y se sentó frente a mí. Le mostré el dibujo.

—¿Lo has visto antes?

—En las paredes de su habitación, en las sábanas, en el reverso de los menús. Durante meses dibujó gargantas cerradas. La puerta apareció en junio.

—¿Y mi nombre?

Armayor evitó el papel.

—Lo escribió la semana pasada. Al día siguiente pidió que le entregáramos los cuadernos al médico de la garganta.

—¿Por qué dejaste el caso?

Fue hasta una estantería baja y sacó una caja de archivo. En el interior había siete cuadernos escolares, cada uno forrado con papel gris. Los lomos mostraban números escritos a mano. Los colocó sobre la mesa sin ordenarlos.

—Porque empezó a incluir cosas que yo había hecho —dijo—. Lugares en los que estuve. Conversaciones que mantuve sin testigos.

—¿Se lo contaste durante las sesiones?

—Eso pensé. Revisé las grabaciones y las notas. Nunca le hablé de mi hermana.

—¿Qué escribió?

—Que yo iba a visitarla los domingos y dejaba las flores en el coche porque no soportaba entrar en el cementerio. Incluso describió las flores. Fresias blancas.

Las ideas delirantes pueden alimentarse con detalles mínimos. Un olor en la ropa, una llamada oída desde el pasillo, una pregunta que el médico no recuerda haber respondido. Se lo dije. Armayor aceptó la explicación con una sonrisa cansada.

—Eso mismo escribí en su historia. Dos días más tarde encontré una fresia dentro de mi taquilla. No había flores en la unidad y él no podía salir.

—Alguien quiso asustarte.

—Claro. Alguien.

Empujó la caja hacia mí.

—Léelos en orden. El cuarto parece continuar al segundo, pero no intentes corregirlo. Las fechas están escondidas en los dibujos.

—Estos cuadernos forman parte del expediente.

—Umbral se negó a registrarlos. Dijo que aumentaban el delirio. Me ordenó destruirlos.

Miré los lomos. En el séptimo había una mancha marrón que podía ser óxido o sangre seca.

—¿Por qué no lo denunciaste?

—Lo hice. La comisión recibió un informe donde yo figuraba como médica exhausta, emocionalmente implicada y potencialmente inestable. Tres días después solicitaron mi evaluación laboral.

La taza tembló contra el plato. Armayor la dejó en el suelo.

—San Julián protege su silencio. Lleva haciéndolo desde antes de que tú y yo estudiáramos Medicina.

—¿Qué sabes del número?

—Que no procede de una cama.

Se levantó, rebuscó en una de las cajas y me entregó la fotocopia de un plano. Mostraba el sótano del hospital tal como era antes de la reforma de 2004. La mitad oriental aparecía ocupada por almacenes. En el ala oeste figuraban doce habitaciones y una escalera que conducía al viejo invernadero.

Sobre el pasillo se leía BLOQUE B.

El último cuarto estaba marcado con dos cifras: 12.

—B-612 —dije.

—El seis corresponde al nivel que usaban en los registros antiguos. En el edificio solo hay cuatro plantas visibles.

—¿Qué había allí?

—Una unidad infantil.

Nunca había oído hablar de una unidad pediátrica en San Julián. Armayor señaló el cuaderno que yo sostenía.

—Él sí.

Guardé la caja en el maletero. Durante el trayecto a casa, el golpeteo de los cuadernos en cada curva me hizo pensar en dedos llamando desde dentro. Aparqué dos veces antes de llegar al centro. En la segunda parada abrí el primer volumen bajo la luz amarilla de una gasolinera.

La primera página contenía una frase escrita con letra infantil:

Si has encontrado esto, no me preguntes quién soy. Pregunta quién necesitó que me olvidara.

Debajo había un nombre tachado. Pude distinguir la inicial y el final de la palabra.

A———n.

Guardé el cuaderno. Hasta entonces aún conservaba una explicación razonable para cada detalle, pero la letra del nombre la destruyó con nueve trazos.

Conocía esa forma de hacer la A. Yo se la había enseñado.