Principito Oscuro 2 El pabellón de los mudos
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2 El pabellón de los mudos

El pabellón de los mudos

Aquella noche regresé a San Julián con la excusa de revisar la medicación de otro paciente.

Mi suspensión todavía no existía y la tarjeta abría las puertas habituales.

El edificio parecía más antiguo después de medianoche.

Las ampliaciones modernas perdían sus cristales y sus paneles blancos bajo una iluminación amarillenta, y el sanatorio original recuperaba el aspecto de una construcción levantada para vigilar el mar y mantener a sus habitantes lejos de la ciudad.

La unidad de crónicos ocupaba el ala norte. En el control de enfermería, Mara Sanz revisaba un carro de curas. Entonces aún no conocía su apellido ni sabía que terminaría declarando contra el hospital. Me identificó por la bata y me preguntó si Severino había autorizado la visita.

—Quiero comprobar una reacción adversa —dije.

—El paciente 612 no tiene tratamiento a su nombre.

Había pronunciado la frase con naturalidad, como si la ausencia de una pauta pudiera separarse de la ausencia de identidad.

Le pedí la hoja de administración. En las últimas cuarenta y ocho horas figuraban dos sedantes, un antipsicótico y una solución registrada únicamente con un código de almacén.

La firma de validación pertenecía a Severino.

En la columna de observaciones, alguien había escrito que el paciente permanecía colaborador y mudo.

—¿Desde cuándo habla? —preguntó Mara.

—Esta tarde dijo una frase.

Dejó el bolígrafo. Dos auxiliares conversaban al otro extremo del pasillo, junto a la televisión encendida. Mara bajó la voz.

—Entonces lo trasladarán.

—¿Adónde?

—A un lugar donde vuelva a cumplir la historia.

Intenté que explicara la respuesta, pero ella cerró la carpeta y la guardó en un cajón.

En San Julián, el miedo se reconocía por las tareas.

Una persona asustada nunca permanecía quieta: ordenaba medicación, limpiaba una mesa, comprobaba una cerradura que ya sabía cerrada.

Mara pasó un paño por el carro mientras me decía que la habitación 24 estaba vacía.

El número de la puerta coincidía con el que figuraba en el expediente.

Dentro había una cama sin deshacer, un armario abierto y un vaso de plástico sobre la mesilla.

Ningún objeto pertenecía a Adrián. Pregunté por la ropa que llevaba al ingresar.

Mara señaló una bolsa transparente, colocada en el estante superior.

Contenía un pantalón quemado, una camisa con manchas de hollín y un cinturón sin hebilla.

La etiqueta indicaba que el conjunto había sido recogido tres años atrás en la carretera del acantilado.

En el bolsillo de la camisa encontré una ficha de guardarropa de la estación de autobuses.

El número casi se había borrado, aunque aún se distinguía el 44.

También había un fragmento de papel vegetal, doblado hasta formar un cuadrado diminuto.

Lo desplegué sobre la cama. Mostraba parte de un plano, una escalera y las letras JAR.

Mara vigilaba la puerta.

—Rivas registró esa ropa muchas veces.

—¿Qué buscaba?

—Lo mismo que el director. Un séptimo cuaderno que nadie ha visto.

—¿Quién es Rivas?

—El celador que lleva al paciente a las sesiones nocturnas.

Los turnos oficiales no incluían sesiones después de las diez.

Mara me contó que algunas madrugadas llegaba una orden firmada por Severino.

Debían preparar a 612, retirarle los cordones, cubrirlo con una manta y conducirlo hasta el ascensor de lavandería.

El celador regresaba dos o tres horas después.

En ocasiones el paciente dormía. Otras volvía despierto, con las uñas llenas de tierra y la garganta irritada de tanto intentar gritar sin voz.

—¿Lo anotasteis?

—Al principio. Las hojas desaparecieron. Después aprendimos a escribir que descansaba.

—Eso también es falsificar.

Mara sostuvo mi mirada. Tendría poco más de treinta años y unas ojeras que el turno de noche no explicaba por completo.

—Usted firma altas de pacientes que regresan a casas donde nadie los quiere. Yo escribo una palabra para que un celador no despierte a mi hijo cuando salga del colegio. En este lugar todos encontramos una forma clínica de llamar al miedo.

La respuesta me molestó porque incluía una verdad que yo prefería distribuir entre otros. Guardé el papel vegetal en la bolsa y devolví la ficha de la estación al bolsillo. Si alteraba la custodia antes de saber qué buscaba, podía facilitar que desapareciera el resto.

Desde la habitación vacía se oía un golpeteo regular.

Mara me condujo hasta el final del pasillo.

Una puerta sin número daba a un pabellón anterior a la reforma.

En las historias lo llamaban sala de actividades, pero dentro solo había seis camas separadas por cortinas.

Adrián ocupaba la última. Le habían vendado las manos y sujetado una muñeca a la barandilla con una correa de tela.

—¿Quién ordenó la contención?

—Rivas dijo que intentaba arrancarse las uñas.

—¿Lo viste?

—Lo vi rascar el suelo. Cuando entró Rivas ya sangraba.

Me acerqué. Adrián tenía los ojos abiertos. Observaba el techo y movía un dedo contra la sábana siguiendo el mismo ritmo del golpeteo. Le pregunté si me oía. El dedo se detuvo.

—Soy Valentín.

Giró la cabeza y miró la correa. La solté. Debajo de la venda había cortes superficiales y restos de una sustancia negra. Tomé una muestra con una gasa. Parecía tierra mezclada con grafito.

—¿Qué hay bajo el suelo? —pregunté.

Sus labios formaron una palabra que no llegó a pronunciar. Acerqué una hoja y un bolígrafo. Adrián trazó un círculo, añadió seis radios y dibujó una raíz atravesándolo. Después escribió una hora: 4:44.

Mara observó desde el pie de la cama.

—Siempre despierta a esa hora.

—¿Qué ocurre entonces?

—Las luces del pasillo parpadean. Mantenimiento dice que el sistema cambia al generador auxiliar.

Adrián negó y señaló la pared. El dedo vendado dejó una marca oscura.

El golpeteo cesó al apoyar yo la palma. La pared estaba fría y vibraba con una pulsación débil, más lenta que una tubería y demasiado regular para proceder del viento.

Retiré la mano. Tres golpes respondieron desde el otro lado y, tras una pausa, otros tres llegaron desde un punto más lejano del pabellón.

Mara miró hacia la puerta. Me explicó que detrás solo quedaba una antigua cámara de ropa blanca, clausurada durante la reforma.

El acceso se encontraba al final del corredor, oculto por un armario metálico que nadie movía desde hacía años.

Mientras hablaba, el ritmo avanzó por el muro, cama a cama.

Dos pacientes se incorporaron sin preguntar qué ocurría.

Uno se tapó los oídos y comenzó a recitar los días de la semana.

Apartamos el armario. La cerradura tenía arañazos recientes alrededor del bombín y una hebra de tela gris atrapada en la junta.

Mara abrió con la llave maestra. Dentro había estanterías vacías, un desagüe seco y seis tubos acústicos empotrados a la altura de la boca de un niño.

Cada tubo terminaba en una rejilla. Sobre la pared, alguien había escrito nombres con lápiz y los había cubierto después con pintura blanca. La humedad los devolvía poco a poco.

Me incliné ante una de las rejillas. Olía a metal y a saliva seca. Desde el conducto llegó una respiración, seguida por el roce de uñas sobre una superficie dura. Dije que había alguien allí. Mara cerró la puerta con tanta rapidez que la llave quedó girando en su mano.

—Los tubos se cortaron en 2004 —susurró—. Pascual los selló en ambos extremos.

Cuando Rivas apareció, el golpeteo había terminado. Observó el armario desplazado, tomó la llave de los dedos de Mara y aseguró que las ratas viajaban por las conducciones antiguas. Aquella noche no discutí con él. Las ratas no escriben nombres y ninguna llevaba vendadas las manos.

—¿Es una señal? —pregunté.

Escribió TOBÍAS. Debajo añadió FAROLERO.

El nombre me resultaba desconocido, aunque Mara lo reconoció.

Tobías Roldán había trabajado en mantenimiento durante más de cuarenta años.

Estaba jubilado, aunque aún aparecía algunos domingos para revisar el cuadro eléctrico del edificio antiguo.

Severino lo toleraba porque nadie conocía mejor las conducciones enterradas bajo el parque.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

—Si quiere que hable, no lo busque aquí.

La puerta del pabellón se abrió. Rivas entró acompañado por otro celador.

Era el hombre de la gabardina que días después me seguiría por la ciudad, aunque entonces solo vi un empleado corpulento, con una cicatriz en la ceja y el cuello demasiado ancho para la camisa.

Preguntó por qué había retirado la contención.

—Carecía de indicación médica —respondí.

—El director quiere que permanezca tranquilo.

—El director no está tratando a este paciente.

Rivas sonrió. Miró a Adrián y después a mí, como si comparara dos fotografías.

—Aquí todos tratamos a todos, doctor.

Ordené que no volvieran a sujetarlo sin avisarme. Rivas aceptó con una obediencia tan pulcra que sonó a burla. Cuando salí, Adrián golpeó dos veces la barandilla. Me volví. Había dibujado una puerta abierta en la esquina de la hoja y, al otro lado, una figura con bata.

Durante el trayecto a casa mantuve la radio apagada.

El nombre de Tobías ocupaba la pantalla del teléfono, junto a un número antiguo encontrado en el directorio interno.

Estuve a punto de llamar, pero eran más de las dos.

Guardé el móvil y pensé en el pabellón: seis camas, cinco vacías y un hombre al que el hospital había convertido en número antes de decidir dónde colocarlo.

Al llegar al apartamento examiné la gasa bajo la lámpara. La sustancia negra no era tierra. Entre el grafito brillaban partículas de vidrio verde.

Nuestra madre tenía una campana de ese color sobre la mesa del salón. Protegía una rosa seca que, según ella, perteneció a su abuela. Después de noviembre de 1998, la campana desapareció de casa.

Guardé la muestra en un sobre. A las cuatro y cuarenta y cuatro me despertó el teléfono. Nadie habló al otro lado. Se oían pasos, un interruptor y la respiración agitada de una persona que intentaba no ser descubierta.

Antes de que la llamada terminara, una voz anciana susurró:

—La luz sigue encendida, Valentín.