1 Paciente 612
El director entró en mi consulta con una carpeta tan delgada que parecía vacía.
La dejó entre los dos y permaneció de pie, mirando el ventanal.
A esa hora, el parque del hospital era una extensión de barro oscuro, hayas torcidas y bancos mojados.
Más allá empezaba la pendiente hacia el mar.
Desde allí arriba no se distinguían las casas de Ciudad Umbra, aunque algunas noches llegaba el bramido de las sirenas del puerto.
—Lleva tres años ingresado —dijo Severino Umbral—. Dos en la unidad de crónicos. Antes estuvo en observación.
Abrí la carpeta. La primera página mostraba un número, una fecha aproximada de nacimiento y media docena de casillas sin completar.
—No hay nombre.
—Tampoco documentación. Lo encontró una ambulancia privada en la carretera del acantilado. Deshidratado, con quemaduras y un traumatismo craneal. Cuando recuperó la conciencia, ya no hablaba.
—¿La policía no cotejó las huellas?
—En su momento. Sin resultados.
Había aprendido a desconfiar de su manera de encoger los hombros. Convertía cualquier irregularidad en una incomodidad administrativa, como si los hechos perdieran peso al quedar fuera de su despacho.
—¿Por qué me lo asignas ahora?
Umbral se volvió. Rondaba los sesenta, llevaba el cabello gris cortado con una precisión casi militar y elegía corbatas de colores discretos. Ni siquiera durante una guardia de treinta horas lo había visto desabrochado.
—La doctora Armayor ha pedido el traslado. El paciente le entregó siete cuadernos y, desde entonces, ella considera que no puede mantener la distancia clínica.
—¿Qué contienen?
—Un viaje por distintos planetas. Flores que hablan. Reyes de cartón. Ese tipo de material.
—¿Y eso la perturbó?
—Pregunta a Armayor si decides aceptar el caso.
La frase llevaba escondida una orden. Señalé el único dato escrito con tinta azul.
—¿Por qué seiscientos doce?
—Fue el número de la cama de observación.
—La unidad solo tiene cuarenta.
Umbral miró el reloj. Dio un golpecito a la carpeta y dijo que a las cuatro liberarían la sala tres para la entrevista. Ya estaba en la puerta cuando añadió:
—Evita hablarle de identidad. Se agita.
—¿Cómo se manifiesta la agitación?
—Dibuja.
La sala tres estaba en el extremo norte del edificio.
Tenía una mesa atornillada al suelo, tres sillas y una ventana que daba al parque.
Llegué unos minutos antes. Una auxiliar dejó sobre la mesa una caja de lápices de colores y un bloc con las hojas contadas.
Le pregunté si el paciente era peligroso.
—Nunca ha tocado a nadie —respondió—. Pero algunas noches se queda delante de la puerta. Puede pasar horas mirando el pomo.
—¿Intenta salir?
—Espera que entre alguien.
Dos celadores lo acompañaron a las cuatro y siete.
Era alto y muy delgado. El uniforme le quedaba ancho en los hombros.
Llevaba el cabello rubio hasta la nuca y una cicatriz pálida le cruzaba la sien derecha.
Se sentó junto a la ventana sin atender a mis indicaciones. Durante un rato observó la lluvia.
Tenía las manos llenas de pequeñas heridas cicatrizadas, algunas recientes, dispuestas alrededor de los dedos como anillos irregulares.
Me presenté. Expliqué que estaría a cargo de su seguimiento y que no necesitaba hablar si prefería escribir. Coloqué el bloc cerca de él. Siguió mirando el parque.
—¿Te molesta que te llamen Paciente 612?
Los músculos de su mandíbula se tensaron.
—Puedo utilizar otro nombre mientras averiguamos el tuyo.
Giró la cabeza. La cicatriz tiraba un poco de la ceja, dándole una expresión de cansancio. Sus ojos eran azules, de un tono que conocía y que mi memoria se negó a colocar.
—En las notas de enfermería aparece otro apodo —continué—. Algunos te llaman Principito.
Tomó el lápiz negro. Dibujó sin apoyar el antebrazo, con movimientos breves y seguros. Empezó por dos líneas verticales, las unió con una curva y añadió dientes en la parte superior. Dentro trazó un cuerpo acurrucado. La punta del lápiz atravesó el papel al ennegrecer la boca.
Cuando terminó, dibujó una puerta en el cuello.
Debajo escribió: VALENTÍN.
El lápiz cayó sobre la mesa. Me agarré al borde para que no se notara el temblor de mis manos.
—¿Quién te ha hablado de ese dibujo?
Acercó el bloc a su pecho.
—¿Nos conocíamos antes de que llegaras aquí?
Su mirada se desvió hacia la ventana. Yo sentí el impulso absurdo de pedirle que me observara otra vez. Había pasado casi toda mi vida estudiando los gestos de desconocidos y me bastaron unos ojos para dejar de confiar en la mía.
Los celadores volvieron a las cinco. El paciente se levantó y dejó el dibujo sobre la silla. Al pasar junto a mí, el olor del jabón del hospital se mezcló con otro aroma tenue, resinoso. Cedro. Nuestra madre guardaba la ropa de invierno en un arcón de cedro.
Esperé a que se cerrara la puerta, recogí el papel y lo doblé siguiendo las marcas que había hecho de niño en el mío. Las dobleces encajaron y esa tarde llamé a Armayor.