Capítulo decimosexto — Mil tres #3
Le tembló la barbilla. Nos abrazamos en el túnel, delante de quien pasara, que era todo el mundo.
Los abrazos en mi familia siempre fueron de espaldas golpeadas: dos golpes secos, como sellando un porteo de leña.
Aquel fue de tres. Mi madre lloraba de nuevo, y Sebas, que pasaba con la manguera, dijo para sí, lo bastante alto: «Ya era hora. »
En el vestuario, la fiesta fue la que era: la de un equipo que no ganó nada y ganó todo.
No éramos campeones de nada: éramos novenos, a un puesto de la zona de playoff, un recién ascendido que se había quedado, que había llenado, que le había ganado al campeón su partido de honor.
Raúl lo dijo mejor, desde su taquilla, con la rodilla en alto y un vaso de plástico: «Hay equipos que ganan títulos y equipos que ganan pueblos.
Nosotros, de momento, vamos ganando esto. »
Vicho nos juntó una última vez, con el agua de las duchas sonando de fondo:
—Esto acaba aquí, pero no se cierra. —Nos miró uno a uno, con la cara de los partidos grandes—.
En septiembre éramos un recién ascendido que nadie conocía.
Hoy hemos salido en la tele nacional por jugar bien, no por ser monos de feria.
El año que viene la liga nos espera, y los que esperan son más peligrosos que los que atacan.
Descansad. Y el que engorde, le bajo al filial.
—Míster —dijo Eugenia desde la puerta, con el móvil en la mano—, sigue sin haber filial.
—¡Pues el parque! —rugió Vicho, y el vestuario se vino abajo por última vez aquella temporada.
Hubo un momento, en medio del jaleo, en que me escapé al pasillo con el móvil.
Tenía setenta y tantos mensajes. Leí solo uno, el que esperaba: mi madre.
«Tu padre no ha hablado en todo el viaje.
Ha ido mirando por la ventana. Pero al llegar a casa me ha dicho: 'El chico gana los face-offs como yo.
' Llámame mañana.» Me reí solo en el pasillo, con la mano en la pared, y acepté la victoria completa: el face-off, el partido, la temporada y el piropo más raro del mundo, cuarenta años en llegar.
Feijóo escribió al día siguiente, en su columna nacional, el artículo que no quería escribir.
Me lo mandó Eugenia con la leyenda «jefa, mira lo que ha tenido que tragar»: «El Árticos se confirma como la historia del año del deporte modesto español.
Mil personas en un polígono para ver al equipo de la ferretería, del portero niño y del capitán de la montaña.
El que escribió en diciembre que esto se derretía se equivocó de estación: lo que se derrite en diciembre se congela en marzo, y esto está sólido.
» Firmaba con su nombre de siempre, y yo leí la rendición entre las líneas como se leen las cartas ajenas: los Feijóos no piden perdón, cambian de titular.
Ella lo guardó en la carpeta, sin comentarios.
Las victorias sobre columnistas no se celebran: se archivan.
Cuando todo el mundo se fue quedando en silencio, me escapé a la banda. Sebas estaba en su banquito, con la libreta de tela abierta, escribiendo el parte del último partido en casa de la temporada. Me acerqué despacio, como se acerca uno a un gato.
—¿Qué pone hoy, Sebas?
El viejo cerró la libreta, despacio, con el cuidado de un archivo que se cierra.
—Esa la lees al final de temporada —dijo—. Como todo lo bueno.
Asentí. Me quedé a su lado, mirando el hielo vacío, oliendo el gasoil dulzón de la máquina apagada. Afuera, mil tres personas se iban a sus casas cantando bajito, con las bufandas y los bocadillos y la certeza nueva de que esto —esta nave, este equipo, esta grada— también era suyo.
—Cuarenta años —dijo Sebas, de repente, mirando la fila seis—. Tu padre ha vuelto cuarenta años después y le ha tocado este partido. Tiene suerte el viejo. El primero que ve, y es el mejor de tu vida.
—El primero que ve es el mejor de mi vida —dije—. Que quede así.
—Quedará. Los partidos de verdad no se repiten: se heredan.
Luego, en el polígono ya oscuro, ella me esperaba junto a mi coche con el disco del partido en las manos, haciéndolo girar entre los dedos, sopesándolo.
—Es el disco más feo que me han regalado nunca —dijo.
—Es el más caro.
—Eso también.
Nos quedamos allí, apoyados en el capó, sin prisa, hasta que Sebas apagó las luces de la nave desde dentro y el polígono se quedó con la luz de las farolas.
Ella me contó que había visto a mi padre llorar en el gol.
Yo le conté que Ferrer se frotaba el hombro, un gesto raro.
Hablamos de tonterías y de cosas grandes con la misma voz baja, que es como se habla cuando ya no hacen falta las normas.
—¿Sabes qué es lo mejor de hoy? —dijo ella, mirando la nave apagada—.
Que no está en internet. Lo del micrófono, sí, eso corre por ahí.
Pero esto —señaló el pabellón, el polígono, nosotros— esto no lo ha visto nadie.
Mil tres personas lo vieron dentro y se lo llevan a casa, y tú y yo nos lo quedamos aquí.
Hay partes de la historia que no se publican nunca.
Son las que aguantan la editorial entera.
—Ahora me hablas con normas.
—Te hablo con la norma doce —dijo—. La que se escribió mañana.
A medianoche, en la pista vacía —ella tenía llave desde hacía meses; el departamento de comunicación necesita llaves, dijo, y yo no pregunté—, nos quedamos en la grada, en la fila once, hasta que el frío nos echó.
Las luces de la pista se apagaron solas, con ese zumbido de relés viejos, y nosotros seguimos hablando a oscuras, despacio, de la temporada que venía y de la gente que queríamos que viniera a verla.
Y después, cuando se acabaron las palabras, no pasó nada que necesitara crónica: solo dos personas, una grada vacía y un disco, y el frío haciendo su trabajo de septiembre a marzo, que es juntar a la gente que se quiere.
El hielo no sabe de categorías. Ya lo dijo el viejo. Tampoco sabe de prórrogas ajenas ni de silencios de cuarenta años: solo sabe de hielo. Lo demás —las butacas, las normas, los padres, las mujeres que cuentan butacas y los capitanes que aprenden a dejar de contar— lo ponemos nosotros.
Aquella noche, todo estaba puesto.