Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo decimosexto — Mil tres #2
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Capítulo decimosexto — Mil tres #2

Mientras hablaba, vi pasar por el pasillo, detrás de él, a Eugenia con una torre de bufandas nuevas y a Sara dirigiendo la colocación de no sé qué pancarta con dos operarios y un walkie.

El departamento de comunicación también jugaba su partido: en los descansos, los vídeos de la temporada en la pantalla; en la grada, la zona de nueva afición llena; en la banda, un atril con «Hielo en las venas» impreso para los recién llegados, porque nadie canta lo que no puede leer.

Me lo contó después: había repartido dos mil letras impresas.

Dos mil. De un cántico que en septiembre cantaban sesenta.

Hay días en que el trabajo de una temporada entera se ve de una vez, como cuando se limpia un puerto y aparece la carretera.

El segundo periodo fue el mejor hockey que he jugado en mi vida.

No exagero: lo digo con la libreta delante, donde están todos los partidos.

Salimos a morder como habíamos mordido todo el invierno, pero con una cosa nueva: con la grada empujando en cada turno.

Mil tres personas hacen un viento distinto.

El uno a dos llegó de Tata —el Ferretero, el de siempre, segundo palo, manos sucias— y la nave se vino abajo.

El dos a dos fue de Brett, en carrera, con dos defensas colgados como bultos de la estación.

Y el tres a dos, a cuatro minutos del segundo descanso, lo marqué yo: face-off ganado a Ferrer —el segundo de la noche, y el primero que le ganaba yo sin trampa—, disco a Kuba, amago, devolución al círculo.

Medio segundo y un metro de hielo. Lo de siempre.

Esta vez entró pegada al palo, con ese sonido seco de los goles que no admiten réplica.

No lo celebré señalando. Lo celebré mirando a la fila seis. Mi padre estaba de pie. De pie, con las manos en los bolsillos, y se le movía la cara de piedra. Al lado, mi madre lloraba sin disimularlo, y JR aplaudía con las palmas de su época, y Sebas asentía como asienten los que firman partes.

El tercer periodo, La Cerdanya apretó como aprietan los campeones: sin prisa, con oficio.

Iván hizo tres paradas que levantaron a la grada entera —la última, una estirada que la gente aplaudió de pie un minuto entero—.

Nosotros tuvimos el cuarto en dos ocasiones: un tiro mío al larguero —el sonido del metal se oyó hasta en la taquilla, lo juro— y una contra de Brett que su portero sacó con el pie como pudo.

Y a siete del final, en una jugada de rebotes, llegó el tres a tres.

Ferrer otra vez, asistiendo desde el suelo, ganando la segunda jugada después de un choque con Kuba.

Lo vi levantarse despacio, frotándose el hombro derecho dos veces con la mano izquierda, un gesto pequeño, de mecánico.

Lo registré y seguí. El partido no deja registrar más que un gesto por turno.

Los últimos siete minutos fueron un asedio de ellos y una muralla nuestra.

Raúl, en la banda, dirigía la defensa con los brazos como un controlador aéreo en muletas.

Marta miraba desde la esquina con los brazos cruzados, contando contactos, cumpliendo su parte del partido como cada uno cumplía la suya.

Cuando sonó la sirena del tiempo reglamentario, la grada entera estaba en pie.

En pie y en silencio, que es como están las gradas cuando el partido ya no es un partido sino una cosa que le pasa a todo el mundo a la vez.

Prórroga. Tres contra tres. El hielo enorme y mil tres personas conteniendo la respiración, que es un sonido que tiene textura: como nieve cayendo sobre lona.

Vicho nos dijo una frase en el banco, antes de la reanudación: «Los campeones odian las prórrogas contra equipos que no se mueren. Sed eso. No os muráis.»

El turno ganador fue el cuarto de la prórroga.

Antes hubo tres turnos de esgrima: ellos tocando, nosotros cerrando, Ferrer moviendo el juego con la punta del palo como en noviembre, solo que esta vez con mil tres personas silbándole cada vez que el disco pasaba por su hoja.

En el tercero, Iván sacó un tiro suyo de muñeca que entraba por la escuadra.

La parada de la temporada, y eso que la temporada había tenido veinte.

Salimos Kuba, Brett y yo, con Ferrer en el hielo por ellos.

Gané el face-off —el tercero de la noche, y este lo gritó hasta el autobús de los colegios—, el disco fue a la línea azul, Kuba lo paró, y en vez de tirar me lo devolvió al círculo.

Ferrer leyó la jugada, claro: lee todas.

Salió a taparme el tiro. Y por primera vez en mi vida contra él, jugué su jugada: amagué el tiro que él esperaba, metí el disco bajo su palo —su cadera giró la décima de segundo que siempre ganaba él—, y se lo cedí a Brett al segundo palo.

Brett no falla esos. Nadie falla esos si llegan limpios.

Cuatro a tres.

Ahí se acabó el partido. Nadie saltó: nos miramos un segundo, los veinte, como asegurándonos de que era verdad, y entonces el banco entero saltó al hielo, Vicho el primero, que tropezó con la puerta y se levantó como si nada, y la grada rugió, y el bombo de Quino sonó por encima de todo.

No recuerdo el ruido. Recuerdo que me levantó en volandas Brett y que Tata llegó tercero, y que busqué la fila seis y mi padre estaba abrazado a mi madre, abrazado de verdad, con el abrigo marrón abierto y la cara de veinticuatro años otra vez.

Recuerdo a Raúl en la banda, en muletas, con los puños arriba como un crucificado feliz.

Recuerdo a la Grada cantando sin parar, y a Ferrer dándome la mano en la fila del saludo y diciendo, con su sonrisa de ajedrez: «La jugada del amago es mía, Mendoza. Te la cobro la próxima temporada.»

—Apunta —le dije—. En tu libreta de deudas.

—Las deudas nunca se apuntan —dijo—. Se recuerdan.

Apretó su mano en la mía un segundo más de lo reglamentario, y se fue con su equipo, campeón también en la derrota, que es la manera más difícil de ser campeón.

Mirándole alejarse por el túnel, me quedé pensando que la liga iba a echar de menos más cosas del Mago de las que creía.

No supe por qué pensé eso. Los presentimientos son como los rebotes: llegan antes de que uno sepa leerlos.

Dimos la vuelta al hielo entera, despacio, con la grada en pie.

Es la costumbre que importa: los equipos que se quedan dan la vuelta.

En la curva del fondo, los niños de la escuela de patinaje golpeaban el cristal con las palmas; en la recta de prensa, Sara se había subido a la mesa de anotaciones con la carpeta en alto, y yo juré que no la miraría y la miré, claro, y le lancé un disco de los de calentamiento que cogió al vuelo como quien coge un ramo.

La Grada lo vio. La Grada lo ve todo. Empezaron a corear no sé qué cántico nuevo que mezclaba «Montaña» con algo de «la de los titulares», que era su mote para ella, y fingí no oírlo con la cara más trabajada de mi carrera.

Los festejos duraron lo que duran los festejos de verdad: hasta que Vicho empezó a empujar a la gente al vestuario.

Y entonces pasó lo del micrófono. El club había preparado un pequeño acto de cierre de temporada en el hielo —un altavoz, el voluntario de la megafonía, nada del otro mundo—.

JR me hizo una seña. El disco del partido estaba en mis manos: me lo había dado el recogediscos, como se hace con los goles importantes.

Cogí el micrófono sin tener nada preparado. Mil tres personas se callaron en dos segundos. Busqué la zona de prensa, la esquina de siempre, donde ella estaba con la carpeta y la cara de no saber si debía seguir trabajando.

Miré a mi alrededor una vez, despacio: las vigas, el bombo, las bufandas, la fila seis, la zona de prensa.

Todo aquello cabía en una frase que no era mía, y por eso era la correcta: el hielo no sabe de categorías.

Tampoco sabe de presupuestos. Lo único que sabe el hielo es quién se queda cuando hace frío.

—Esta temporada empezó con cuatrocientas doce personas y una mujer que no cobraba —dije.

Mi voz sonaba rara en la nave, más grave de lo normal—.

El hielo no perdona… pero ella tampoco. —Hice una pausa.

Lo que salió después no estaba pensado, como todas las cosas buenas—.

Ah, y me han puesto un mote nuevo este año. Montaña. Me lo quedo.

La grada lo cantó entonces, «Montaña, Montaña», con la ferocidad de quien estrena himno en propiedad.

Levanté una mano, esperé, y bajé del banco, crucé el hielo con el disco en la mano, y se lo entregué a Sara Urién delante de mil tres personas, de mi padre, de su Grada, de toda la temporada mirando.

Ella lo cogió con las dos manos, como se cogen las cosas que pesan más de lo que pesan.

Mil tres personas se pusieron de pie. No sé si aplaudían el partido, la temporada o lo que acababa de pasar.

Da igual: el ruido era el mismo y era de todos.

—Llevo toda la temporada mirando la pendiente —le dije, ya sin micrófono, solo para ella—, y la cima resulta que era un domingo contigo en la grada.

—Eso es de titular —dijo ella, con los ojos brillantes y la voz de oficina de turismo por los suelos.

—Publícalo —dije—. Eso también.

Lo publicó. Quiero decir: lo publicó todo el mundo, porque mil tres personas con móviles son una agencia de noticias, y a la mañana siguiente el vídeo del disco y la frase corría por todas partes con el titular que yo le había regalado: «El hielo no perdona, pero ella tampoco.

» Feijóo no lo comentó. Los que escriben «amor en la primera línea» no comentan las primeras líneas de verdad.

En el túnel, antes de entrar al vestuario, mi padre me esperaba con mi madre. No sé quién les dejó bajar; supongo que JR, que puede todo en aquella nave. Mi padre me miró un segundo, con las manos en los bolsillos del abrigo marrón, y dijo lo único que hacía falta:

—Buen face-off el último.

—Lo aprendí del vídeo —dije—. De uno viejo.