Capítulo decimosexto — Mil tres
El domingo veintiséis de marzo amaneció como amanecen los días grandes en mi cabeza: con la alarma apagada desde hacía un rato, mirando el techo, haciendo el repaso de siempre.
Face-offs. Salidas. Turnos cortos. Después me di cuenta de que hoy el repaso tenía una línea nueva: mi padre vendría.
Estaría en la fila seis. Cuarenta años después, Adolfo Mendoza iba a ver jugar a su hijo.
Desayuné avena y café, como siempre. Las cosas importantes no admiten desayunos nuevos.
Por el pasillo me crucé con la autora del milagro.
Sara llevaba desde las ocho en la pista, con el chándal del club y una lista de veinte cosas colgada del cuello como una credencial de guerra: la llegada de los autocares, la zona de nueva afición, los medios acreditados —once, había once medios, más que en todo el año junto—, el acto de cierre.
Se paró dos segundos, protocolo de secretos, y me dijo:
—Pasadas las mil ya. Se vende más que cerveza, según Balaguer.
—Te has pasado el objetivo.
—Me he pasado tu objetivo, que era más fácil. El mío sigue en mil doscientas. —Me guiñó—. A ganar, Montaña.
Montaña. El mote que me había puesto en un vídeo, medio millón de personas mediante, y que la Grada ya cantaba sin consigna, que es como se cantan las cosas que han echado raíces. A un hombre de Jaca no se le pone un mote así sin más. Se le pone y se queda, como la nieve.
En el vestuario, el ambiente era el de siempre multiplicado por el silencio correcto.
Nadie hablaba de La Cerdanya. Se hablaba de todo lo demás, que es como los equipos se dicen que están listos.
Raúl estaba en su taquilla —en muletas, con la rodilla operada hacía veinte días— repartiendo broncas cariñosas.
Marta iba de mesa en mesa con su carro de vendas, dejando diagnósticos de una palabra: «Bien. Bien. Duerme más. Bien.»
Abrí mi taquilla y, antes de cambiarme, pegué el segundo papel.
El primero llevaba ahí desde diciembre: la crónica de Sara del partido inaugural, «Somos el club que juega al norte del norte», ya amarilleando por los bordes.
El segundo era el recorte de siempre, el del cajón de mi mesilla, el que me acompañaba desde los doce años: «Adolfo Mendoza, la rodilla que no quiso ser leyenda.
» Los alisé a los dos con la palma. El origen y la cronista, pensé.
No. El origen y el futuro. Cerré la puerta de la taquilla despacio, como se cierran las capillas.
A las cuatro, la Grada Norte hizo su marcha: doscientos socios y el resto de la parroquia detrás, desde el bar de Quino hasta la puerta de la nave, con el bombo y las banderas y la pancarta de sábanas desplegada por primera vez en toda la temporada.
La vimos llegar desde la ventana de la sala de vídeo, con Vicho a mi lado.
No dijo nada. Se le empañaron los ojos y se fue a toser al pasillo, que es como llora la gente de su oficio.
Tata, a mi lado, hizo la cuenta en voz alta, que era su manera de rezar:
—En septiembre éramos cuatrocientos y un perro. —Se ajustó las canilleras—. Si ganamos hoy, chavales, me jubilo contento. Aviso: no me jubilo. Pero contento.
—Tata —dijo Iván desde su esquina—. Hoy para ti: la Grada ha hecho una pancarta nueva.
—¿Qué pone?
—No te lo digo. Mírala al salir.
La miró al salir. Todos la miramos: entre la de «Hielo en las venas» y la del club, había una tercera, pintada a mano con la tipografía de una ferretería: «TATA — VICÁLVARO — TATA.
Y LOS TORNILLOS QUE FALTABAN.» Tata se paró en el túnel, levantó el puño, y entró al hielo con la cara roja y la sonrisa de los veintinueve años que tenía dentro.
Vicho nos reunió a las cinco. No gritó. Cuando Vicho no grita es que el partido importa de verdad.
—No voy a decir nada de noviembre —dijo—.
Noviembre lo sabéis vosotros mejor que yo.
Voy a decir una cosa: ahí fuera hay mil personas.
Mil. Cuando este equipo subió, jugabais para doscientas y un perro.
Esas mil personas no han venido a ver un marcador.
Han venido a ver si todo lo que han oído de vosotros es verdad.
—Se paseó por el vestuario—. Salid y enseñádselo. Todo. Los sesenta minutos.
—¿Sesenta? —dijo Tata—. Yo tenía apuntada prórroga.
—Pues sesenta y cinco, ferretero de mis narices.
Nos reímos todos, Vicho incluido, y el vestuario se quedó en el punto exacto: ni tenso ni suelto, en ese filo donde los partidos se empiezan bien.
Raúl, desde su taquilla, levantó el vaso de plástico con agua y brindó en silencio con todos nosotros, uno a uno, con los ojos.
El abuelo no podía jugar. El abuelo jugaba igual: su partido era el nuestro, y todos lo sabíamos.
A las cinco y cuarto, Sara me mandó un mensaje de dos palabras: «Ha llegado.»
Supe después cómo fue, porque ella me lo contó en el parking, y porque media nave lo vio: mi padre entró por la puerta principal a las cinco y cuarto, con mi madre del brazo y el abrigo marrón abrochado hasta arriba, mirando la nave como se mira una casa donde se fue uno feliz hace mucho tiempo.
Sebas, que estaba cerca con la manguera, se quedó tieso un segundo antes de decir «Adolfo», a secas, como se saluda a los fantasmas.
Cuarenta años, dijo después en voz baja. Cuarenta.
Sara lo llevó a la fila seis —los asientos de siempre, el once y el doce— y antes de dejarle, él la paró con una pregunta que no era una pregunta:
—¿Así que usted es la que cuenta las butacas?
—Una por una, señor Mendoza.
—Pues cuénteme a mí —dijo, y se sentó en el doce, y cruzó los brazos como quien firma un documento—. Cuente doce.
Antes del partido le presentó a Quino, que le estrechó la mano y le dijo «le vi jugar, señor Mendoza, y le digo una cosa: mi hijo no me cree, así que le mando el reportaje de su niña todas las semanas».
Mi madre, me contó también, le estrechó las manos a ella con las dos suyas frías y le dijo «por fin te conocemos, hija».
JR bajó del palco y se fundió con mi padre en un abrazo de los que hacen ruido, de esos de golpeo de espaldas, y no se soltaron en un buen rato: dos hombres de sesenta años que habían compartido vestuario, agarrados en la fila seis como dos chavales. Media grada fingió mirar el móvil.
La salida. El túnel olía a historia de tres años, que es poca pero es nuestra.
Escuché la grada antes de verla: un murmullo grave, continuo, que no se parecía a nada que hubiera oído en aquella nave.
Mil tres personas, supe después. Mil tres de mil doscientas posibles, más acreditados y clubes escolares de pie.
Cuando salimos al hielo, la Grada Norte —doscientos ya, con carnet— arrancó el «Hielo en las venas» y el resto del pabellón se les unió en la segunda repetición, torpe al principio y entero después, hasta que las vigas temblaron.
Un niño detrás del banquillo gritó «¡GOAL!
» con toda la fuerza de sus ocho años, y la gente de alrededor se rio y le corrigió a gritos: «¡AQUÍ SE DICE GOL, ENANO!
», y se lo pasó bien hasta el de la megafonía.
Busqué la fila seis. Allí estaban: mi madre con su bufanda de siempre y mi padre con su abrigo marrón, y junto a ellos, por cortesía de JR, el propio JR y Sebas, que había dejado el hielo en manos de su ayudante por primera vez en la historia del club.
Mi padre miraba el hielo. No la grada: el hielo.
Le vi la cara desde el banco y entendí que estaba contando, como contamos los de la familia: las líneas, las zonas, las salidas. Cuarenta años y el mapa seguía cargado.
El partido. Lo escribo como lo viví: con el cuerpo antes que con la libreta.
La Cerdanya salió a callar la fiesta. Es lo que hacen los campeones: no juegan contra el equipo, juegan contra el ruido.
A los seis minutos, Ferrer marcó el cero a uno en una jugada de pizarra suya —bloqueo, salida, definición, todo en cuatro segundos— y celebró sin celebrar, con la mano en la visera, mirando al cielo.
Al final del primer periodo, el cero a dos: una superioridad de manual, tiro de la línea azul, rebote.
Entre periodo y periodo me quedé un momento en el banco mirando a la grada.
En noviembre, aquel marcador habría apagado la nave: lo sufrí en La Cerdanya y lo vi en las caras de diciembre.
Este domingo no pasó. Mil tres personas cambiaron de cántico, no de ánimo: del «Hielo en las venas» al «Montaña, Montaña», que era nuevo, que llevaba tres semanas de vida y ya sonaba a himno viejo.
Pensé en lo que le oí una vez a un veterano canadiense: los equipos buenos tienen afición; los equipos que importan tienen voz.
Aquella nave tenía voz, y la voz no se había comprado con victorias: se había tejido, semana a semana, vídeo a vídeo, entrada a entrada.
Y vi algo más, mirando a la fila seis: mi padre, inclinado hacia un niño de la fila de delante —el de la camiseta de patinaje, el de Tata—, explicándole una jugada dibujando líneas en el aire.
Cuarenta años de silencio, y el hombre no podía dejar de enseñar el juego.
Me giré hacia el hielo antes de que nadie me viera la cara. Algunas cosas no se amputan.
En el vestuario, el silencio era el de noviembre. Vicho lo rompió con una frase:
—En noviembre os enseñaron cómo se gana. Hoy enseñadles cómo habéis aprendido.