Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo decimoquinto — Operación Lleno #3
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Capítulo decimoquinto — Operación Lleno #3

Santa Brígida, por cierto, confirmó por escrito la reanudación de la conversación el día diez: «la dirección valora positivamente la evolución reciente».

El informe era bonito de verdad: la curva, los vídeos, las visitas escolares, la «puerta abierta».

Balaguer lo presentó con la solemnidad de un banquero.

Yo solo pensaba en una línea pequeña del borrador del nuevo contrato, una cláusula que la gestora leyó en voz alta sin darle importancia —«evaluación de riesgo deportivo vinculada a plantilla»— y que a mí me dejó leyendo dos veces.

La señalé con una nota. «Esto, mirarlo con lupa antes de firmar.

» Cosas del oficio: uno aprende a leer las letras pequeñas el día que aprende que las cartas se escriben para que alguien las lea tarde.

Y la previa empezó, como tenía que empezar, con el enemigo.

El quince de marzo, un digital nacional publicó una entrevista con Pol Ferrer: «El Mago y su tablero.

» El titular era suyo, de eso no me cabía duda: el hombre se autotitulaba hasta en las conversaciones de ascensor.

Leí la entrevista tres veces, con la atención puesta en el parte del rival.

«¿El Árticos? Un equipo entrañable —decía—.

Tienen al mejor portero joven de la liga, a un capitán que juega como si le debiera dinero al hielo y a una grada que canta muy bonito.

Los bonitos no ganan ligas, pero ojalá llenen, que el hockey español necesita gradas llenas.

¿El veintiséis? El veintiséis es otro día en la oficina.

Las revanchas son para los novelistas. Yo juego al hockey. »

Lo colgué en el tablón del cubículo con una chincheta roja.

Eugenia lo subrayó con rotulador: «las revanchas son para los novelistas».

Vicho lo clavó en el vestuario con la única anotación manuscrita de su puño y letra: «EL 26, NOVELISTAS.

» El vestuario entero pasó por delante de esa frase durante diez días, y yo supe, por Raúl, que Aitor se paró a leerla solo una vez, y que asintió, y que no dijo nada, y que los que le conocen entendieron que eso era un discurso.

Yo hice mi parte de la previa, claro: la semana de contenidos más ambiciosa del año.

Un vídeo por día, del veinte al veinticinco: «Seis días, seis razones para venir.

» El de la Grada Norte —Quino llorando de verdad al hablar de los ochenta— fue el más compartido de la temporada.

El de Aitor era solo hielo y respiración, cuarenta segundos de entrenamiento al amanecer sin una palabra, y lo titulé con la palabra que le venía poniendo en la cabeza desde septiembre: «Montaña».

Eugenia dijo que era cursi. Medio millón de personas le dio la razón a la otra: la palabra cuajó, y al día siguiente la Grada ya lo cantaba bajito, como se cantan las cosas que están creciendo.

El último vídeo, el del veinticinco, era solo la grada vacía y una frase: «Mañana, aquí, hace falta gente.

» No digo más porque no hay más que decir: lo vio todo el mundo que tenía que verlo.

El veinticinco de marzo, sábado, víspera.

Me quedé hasta la madrugada en el cubículo, con el contador de la taquilla online abierto en la pantalla grande que Eugenia me había confiscado de la sala de vídeo.

A las once y cuarto de la noche, el contador marcaba novecientos noventa y siete. A las once y veintinueve, mil dos.

Mil entradas vendidas. Previo al partido. En la Pista Norte.

Me quedé mirando la cifra hasta que se me emborronó, y luego hice lo que hace cualquier departamento de comunicación de una persona con una becaria en otra punta de la ciudad: mandé el mensaje al grupo del club, el de verdad, no «El Autobús»:

«Mañana llenamos el norte del norte.»

Aitor contestó a los cuarenta segundos. Tres palabras:

«Que entren todos.»

Cerré el cubículo, apagué las luces, y salí al polígono frío de marzo.

En la taquilla mental, la que llevaba desde septiembre, el contador decía: semana uno, cuatrocientas doce.

Semana veintiocho: mil dos, y subiendo. Quedaban ciento noventa y ocho para el mil doscientas.

Pero eso, pensé apretando el abrigo contra el viento del norte, ya no era una cuenta.

Era una cita.

Antes de irme a casa pasé por la grada. La nave estaba a oscuras, con los focos de seguridad dibujando charcos de luz en el hielo.

Me senté en la fila once, sector norte, mi sitio, el de la primera noche de septiembre.

Saqué la libreta y escribí la última entrada del plan de medios de la temporada, la que llevaba seis meses esperando ser escrita: «Objetivo intermedio cumplido: mil.

Mañana, La Cerdanya. Después de mañana, se verá. »

Pensé en todo lo que había pasado en aquella grada: los noventa segundos, las diez normas, el uno a siete, la noche del hotel, la traición, la carta, el perdón, el padre en la fila seis.

Pensé en la frase de la sala de cristal —«no hay lectores para eso»— y en las mil dos personas que al día siguiente llenarían los asientos de prueba.

Ya no necesitaba mil doscientas para rebatirla, me di cuenta de repente, sentada en el frío: con mil me valía.

Con setecientas me habría valido. La frase llevaba meses derrotada y yo seguía contando por pura costumbre de contadora.

Pero seguí contando. Porque ahora la cuenta no era para mí: era para Quino, para Eugenia, para el niño de la camiseta de patinaje, para Sebas y su libreta, para un abuelo con la rodilla rota y un silbato que no sonaba, para un padre que había tardado cuarenta años en volver y para un capitán que mañana, por fin, jugaría delante de él el partido que importaba.

«Mañana llenamos el norte del norte.»

Que entren todos.