Capítulo decimoquinto — Operación Lleno #2
Marta empezó a llevar dos agendas: la de la plantilla y la de Raúl.
La veía en el pasillo con la carpeta de los informes y la cara de recalcular mapas enteros.
«Se opera en marzo», me dijo una tarde, en el café de las seis.
«Y volverá. Si alguien puede volver de esta, es él.
Los viejos son de otra madera.» Le creí.
En esa nave, uno aprendía a creer en maderas.
Raúl, por su parte, gestionó la baja como gestionaba todo: repartiendo.
Desde la semana siguiente se instaló en la banda con un chándal y un silbato simbólico —no sonaba nunca, era para darse importancia, decía él—, y Vicho le dejó hacer, porque Vicho era muchas cosas pero no era tonto: tener a Raúl Cuesta en la banda era tener dos entrenadores por el precio de un abuelo.
En los partidos en casa le veía enseñándole a los juveniles el mapa del juego con una pizarra pequeña, y pensé que las bajas también podían ser fichajes, si el que se caía era él.
El equipo, mientras, ganaba. No todo y no siempre bonito: ganaba.
A principios de marzo, con el parón de selecciones ya encima, el Árticos navegaba en la mitad alta de la tabla, con la permanencia virtualmente asegurada y los puestos nobles a tiro de piedra.
Un recién ascendido. Ismael lo escribió en su crónica: «Esto ya no es un cuento.
Es una plantilla.» Balaguer lo enmarcó, literalmente: lo imprimió y lo colgó en su despacho de la cervecera.
Y en medio de todo esto, la otra temporada, la mía y de Aitor, seguía su calendario privado.
Los diez minutos de los miércoles eran una institución sin horario ya: a veces media hora, a veces la grada entera para nosotros hasta que Sebas apagaba.
La relación seguía sin anunciarse, y yo empezaba a entender que eso también era un regalo: tener algo que no estaba en ninguna página.
La segunda noche entera llegó una semana de febrero, a mediados, sin fecha redonda ni plan, como llegan las cosas buenas: un martes, después de un día larguísimo de colegios y taquilla, con una cena de tortillas de máquina en mi piso y la tele sin encender.
No hubo nervios de la primera vez: hubo otra cosa, la costumbre recién estrenada de conocerse, que es más rara y mejor.
Me desvistió con las manos lentas de quien gana face-offs: sin prisa, ganando el centro antes que el disco.
Le aprendí de memoria la espalda ancha, el mapa de pequeñas cicatrices del oficio, la manera exacta en que la respiración le cambiaba cuando yo dejaba de hablar.
Hubo un momento —lo recuerdo entero— en que me sostuvo la mirada un segundo más, preguntando sin preguntar, y yo asentí sin voz, y el resto fue piel y ritmo y la ventana entornada dejando pasar el frío de febrero, que también quería sitio.
Aprendí que dormía del lado de la ventana, que madrugaba sin despertador y sin ruido —la única persona que conozco capaz de salir de una cama como se sale de un face-off: limpio y ya en posición—, y que en la penumbra de mi dormitorio, con las manos en mi espalda, dejaba de ser el capitán del Árticos para ser un hombre de treinta años que se reía bajito de mis imitaciones de Vicho.
Nos contamos el invierno entero en la oscuridad: el mío de butacas, el suyo de turnos.
Cuando me dormí, eran las dos, y él me leía la etiqueta de un libro de la mesilla en voz baja, como quien lee el parte de nieve.
Al despertar, en la mesilla había un papel: «Se entrena a las siete. Hay café hecho. — A.» La firma, una A con pretensiones de montaña. Lo guardé en la carpeta de las normas, delante de todo, que es donde yo guardaba las cosas que no se tiran.
Hasta que Feijóo lo olió.
Me llamó el dieciséis de febrero, con su risa de siempre entrando primero:
—Sara. Tengo una historia que te va a encantar.
Un pajarito me dice que el capitán del polígono y su jefa de prensa comparten más que el plan de medios.
—Silencio calculado—. Puedo escribirla bonita.
«Amor en la primera línea.» O puedo escribirla fea.
Tú eliges el titular, excompañera. A cambio, me cuentas cómo está el vestuario.
El material del reportaje del padre, por ejemplo. Lo que no publicaste.
Tres cosas aprendí de mí misma en los cuatro segundos siguientes.
Una: que tenía la exclusiva del año en la mano —la confirmación de la historia que todo el deporte español comentaría— y que podía cobrarla, literalmente, en cobertura para el club.
Dos: que la Sara de septiembre la habría negociado.
Tres: que la Sara de febrero dijo, sin dudar un milisegundo:
—Gonzalo. No hay historia. Hay dos personas trabajando. Y si algún día la hay, no será tuya ni mía: será suya. Buenas noches.
Colgué. Temblé un rato, no de miedo: de reconocimiento, otra vez, del mismo tipo que con la sala de cristal.
Había dicho que no a una exclusiva. YO. La de los titulares.
Me miré las manos como se miran las manos que han firmado algo importante sin leerlo, y luego escribí en la libreta, despacio, para que quedara constancia: «Hoy he enterrado una exclusiva.
No me ha dolido. Anotar para el psicoanálisis: he cambiado de oficio sin cambiar de oficio. »
Se lo conté a Aitor aquella noche, en la grada, porque entre nosotros las bombas se desactivaban en común. Escuchó todo con la cara de previsión adversa y al final dijo:
—Hiciste bien. Y si vuelve, me lo dices. Los buitres no se espantan: se ignoran hasta que se cansan.
—¿Y si no se cansa?
—Entonces escribirá lo que escriba. —Se encogió de hombros, y vi que de verdad no le pesaba, que el hombre que defendía su vida privada con diez normas había aprendido a distinguir los muros de las ventanas—.
Nosotros mientras tanto llenamos la grada.
Es el mejor titular contra cualquier otro titular.
Feijóo no publicó nada. Los pájaros como él no escriben sin dos fuentes, y su pajarito no cantaba dos veces. Pero su interés quedó registrado, y lo anoto porque después importó: Feijóo había olido el club, y los que huelen vuelven.
Marzo llegó con el parón de selecciones y la cuenta atrás.
El veintiséis de marzo, La Cerdanya en casa.
La vuelta del uno a siete. El día de la devolución.
El club entero se volcó en la Operación Lleno como se vuelca un pueblo en la vendimia: Balaguer duplicó la promoción en bares, la Grada Norte abrió tres turnos de venta ambulante, los colegios confirmaron seis autocares, y las entradas por internet —la herencia del reportaje, los forasteros del hockey— se vendían a ritmo de veinte al día.
El parón me regaló algo inesperado: tiempo.
Sin partidos dos semanas, el equipo entrenaba por las mañanas y yo tenía las tardes para la ofensiva.
Hicimos la primera «puerta abierta» de la historia del club: un entrenamiento público con quinientas entradas gratuitas que se agotaron en una hora y que nos enseñó una lección que apunté en mayúsculas: LA DEMANDA EXISTÍA.
SOLO HABÍA QUE PONERLE PUERTA. Ver a Aitor entrenar delante de quinientas personas —los face-offs contra Brett, los juveniles pidiéndole palos, él parándose con cada niño de la valla con la paciencia de un hombre que llevaba veinte minutos llegando antes toda su vida— fue, además, una tortura privada de manual: la jefa de prensa no puede aplaudir a su capitán más que al resto.
Aplaudí con medida. Conté los aplausos. Treinta y dos, como un titular corto.