Capítulo decimoquinto — Operación Lleno
Eugenia la miró con la cara del valle cuando se acerca un alud.
—¿Por dónde empezamos?
—Por escuelas —dije—. Los niños no vienen solos: traen padres. Y los padres, si se lo pasan bien, vuelven.
El plan tenía cuatro patas, y las escribo porque fueron el invierno entero: colegios e institutos del distrito —entradas de tarifa escolar y una visita de jugadores por centro—; la cervecera Balaguer, que metió la promoción en su red de bares —consumición más entrada, el clásico que funciona desde que existe el fútbol modesto—; la Grada Norte, que pasó de sesenta a doscientos miembros con carnet, con Quino de jefe de reclutamiento; y la cuarta pata, la mía: contenidos, todas las semanas, sin fallar una, porque la gente no compra entradas para un equipo: compra entradas para SU equipo, y los equipos propios se fabrican a martillazos de historias.
Hubo una quinta pata que no figuraba en ningún documento y que sostenía las otras cuatro: el equipo ganaba.
Nada vende entradas como una remontada, y aquel invierno el Árticos se especializó en ellas con una vocación que a Marta le subía la tensión y a Vicho le bajaba diez años.
El vestuario tenía una frase nueva, acuñada por Brett y traducida por Kuba con la solemnidad de un notario: «Nosotros no empezamos los partidos. Los terminamos.»
Escribí el plan en dos noches y lo presenté el martes once a JR y Balaguer con la seguridad de traer solo números.
En la portada, en vez de mi frase habitual de parte meteorológico, puse una línea que le había robado al parte de Sebas, con la sintaxis del viejo: «El hielo no se llena de gente.
La gente se llena de hielo.» JR la leyó dos veces y dijo «esto es de Sebastián».
Me declaré culpable. «Pues dígale que le ha quedado bien», dijo.
El viejo, cuando se lo conté, fingió no inmutarse y escribió algo en su libreta que no me dejó leer.
Balaguer puso la pata comercial sin que se la pidiera dos veces —la carta de la clínica le había enseñado que el «sentimiento» también se embotellaba, solo que con otra etiqueta—: doscientos bares con la promoción, un anuncio en la fábrica para sus repartidores y la frase del trimestre: «Si se llena, yo pongo los tornillos.
» Los tornillos eran la taquilla de honor para la fábrica. Trato hecho.
Quino fue la pata de fuego. Le propuse lo del carnet de la Grada una noche de enero, junto al bombo, y me miró con los ojos de un reclutador nato:
—¿Cuántos quiere, niña?
—Doscientos, Quino.
—Doscientos es poco. Pero bueno, empezaremos por ahí. —Se ajustó la bufanda—. Condiciones: que el carnet sea bonito, de los de verdad, con número. La gente quiere número. El mío, el uno.
—El cero —dije—. El uno es para el club.
Me abrazó ahí mismo, delante de toda la Grada. Doscientos carnets en tres semanas. El cero, dorado, para «el club»; el uno, para Quino, que lo enseñaba en su trabajo como otros enseñan la cartilla militar.
Tata se convirtió en el embajador oficial de los colegios.
Lo descubrimos en el primer instituto: doscientos adolescentes que no sabían qué era el hockey, y él salió al escenario con el palo de madera y dijo «esto tiene treinta años y sigue marcando goles, como yo», y se vinieron abajo.
A partir de ahí, dos visitas por semana.
El club no podía pagarle horas extra, y él no las cobraba: «Yo iba a estar en la tienda igual, Sara, y esto es más divertido.
» Iván iba los jueves —los niños le adoraban, no sé si por portero o por la cara de hermano mayor— y Brett sorprendió a todo el mundo resultando ser el mejor con los pequeños: les enseñaba a decir «órdago» y les firmaba los estuches.
La primera prueba de fuego fue el quince de enero, contra el Puerto de Gijón, y llegó con su propio pequeño milagro doméstico: la primera vez que el club repetía afición nueva dos semanas seguidas.
La semana anterior había sido de esas que no caben en una agenda: el lunes, el primer autocar escolar de la historia del club —cuarenta y siete niños de un colegio de Fuencarral que llegaron gritando y se fueron gritando más, con un empate a besos con la mascota improvisada, que era Eugenia dentro de un disfraz de foca que olió a naftalina hasta marzo—; el miércoles, la presentación del carnet de la Grada Norte en el bar de siempre, con Quino entregando los números como se entregan condecoraciones y una señora de Tetuán recibiendo el setenta y tres con las lágrimas de quien recibe una llave de casa; el viernes, la primera promoción de Balaguer en los bares, que vendió ciento diez entradas en cuatro días, dato que Balaguer me mandó con un escueto «funciona, sigamos» que en su dialecto era una carta de amor.
Y en medio, Aitor y yo encontrábamos los huecos.
Diez minutos que eran cuarenta. Cafés en la grada.
Un paseo por el polígono a la hora de comer, con las manos en los bolsillos y las conversaciones ya sin cronómetro, que era la única medida de tiempo que nos quedaba de las normas.
Hablamos de todo menos de dos cosas: del veintiséis de marzo y del año siguiente.
Las dos estaban ahí, creciendo como crece el hielo bajo la capa de agua: sin ruido y para siempre.
Ese día fuimos seiscientas noventa personas.
La herencia del reportaje se veía por todas partes: matrimonios de sesenta años con bufandas que olían a guardadas, hijos de cuarenta que habían traído a sus padres «a ver si era verdad lo de aquel Mendoza».
El Puerto de Gijón aguantó un periodo y luego el partido se abrió: cinco a dos, con dos goles de Aitor —el segundo, un tiro seco desde el círculo que la grada celebró como una final—.
La Grada cantó, el bombo rugió, y la fila seis, por primera vez en la temporada, tuvo compañía en las filas de alrededor: la gente pedía sentarse cerca de «los asientos del capitán», aunque el once y el doce siguieran vacíos, esperando su fecha.
Al final del partido, en el pasillo hacia la zona mixta, Aitor se paró un segundo a mi altura —protocolo de secretos: nunca más de dos segundos— y me enseñó el móvil sin decir nada. Un mensaje. Remitente: «Padre». El primero de la historia: «Lo he seguido por la radio del pueblo. Buen segundo gol.»
Lo leí dos veces. Él miraba la pantalla como se relee un parte de nieve que anuncia apertura de puerto.
—Veintinueve años —dijo—. Es su primera crónica.
—Es un buen titular —dije—. «El padre escribe.»
Se rio bajito y siguió su camino hacia el vestuario, con el teléfono en la mano como se llevan las cosas que pesan oro.
Yo me quedé un momento en el pasillo, haciendo la cuenta que hacía siempre: diez semanas para el veintiséis de marzo.
La fila seis ya tenía fecha. El once y el doce ya tenían dueño. Solo faltaba el día.
En el tercer periodo, la Grada entera —seiscientas noventa personas, no solo los sesenta de siempre— cantó «Hielo en las venas» con una coordinación que sonó a estreno. Quino me confesó después que llevaban tres semanas ensayándola con los nuevos, «como un coro, niña, pero más serio».
Enero fue eso: la curva doblando. El veintinueve, informe de Santa Brígida enviado con los nuevos números —seiscientas noventa de media en enero, crecimiento del setenta por ciento desde la carta— y la respuesta de la clínica, dos semanas después: «la dirección valora positivamente la evolución reciente y propone reanudar la conversación de patrocinio».
Lo leí cuatro veces. Balaguer lo celebró con una caja de cervezas en el cubículo; JR lo celebró a su manera, dejándome sobre la mesa un sobre con la primera de las tres mensualidades escalonadas y una nota: «Enero.
Lo primero. — JR». Lloré en el cubículo con la puerta cerrada, y luego salí y me puse a trabajar, que es como se celebran las cosas en este club.
Febrero trajo la segunda pata y la segunda ola.
El cinco, contra el Faro, ganamos cuatro a tres con setecientas treinta y una personas en la grada —setecientas, una cifra que en septiembre me habría parecido ciencia ficción—.
Los colegios empezaban a llegar en bloque: tres autocares de institutos, con sus profesores controlando la liada y sus quinientos adolescentes descubriendo que el hockey en directo es más rápido que cualquier videojuego.
Eugenia organizó una «zona de nueva afición» con carteles explicativos que hicimos entre las dos: «El disco va a 150 por hora. No parpadee.»
El partido del Faro fue de los que dejan marca: tres a uno abajo en el segundo periodo, y el equipo remontó con esa obstinación que ya era su marca de fábrica, la misma que nos pusieron de mote en la prensa comarcal —«los incómodos»—.
Aitor empató el partido en el tercero con un gol en superioridad, y el cuarto lo marcó un juvenil de dieciocho años que lloró en el banquillo como había llorado otro juvenil en octubre, porque en este equipo lloraban todos los que marcaban su primer gol, era ya casi un requisito del puesto.
Las setecientas treinta y una personas bajaron las escaleras cantando.
Yo hice la cuenta en la cabina con la voz temblando: setecientas treinta y una.
En septiembre había escrito «de 400 a 1.
200» y me había mirado el número como a un animal que te devuelve la mirada.
En febrero el animal ya comía de mi mano.
El veintiséis, en Gijón, el equipo ganó tres a uno y perdió a Raúl.
Lo cuento como lo supe yo, por el parte de Marta y sin adjetivos: una mala rotación de la rodilla izquierda en el segundo periodo, el cruzado, otra vez, temporada terminada.
El abuelo salió del hielo entre dos compañeros, sin camilla, que es como salen los abuelos.
El vestuario jugó el resto del partido por él y ganó.
Esas son las líneas que escribí aquella noche para la nota del club, y esas son todas las que escribiré aquí: hay dolores que no son contenido, y el de Raúl Cuesta no era mío para contarlo.