Capítulo decimocuarto — Jaca #3
Raúl, al salir al hielo para el tercer periodo, me dio un golpe en el hombro y dijo: «Se te ve de vuelta, capitán.
» Marqué el tercer gol, el de la victoria, a siete minutos del final: face-off ganado en su zona, disco a la línea azul, tiro de Kuba, rebote, y yo donde tenía que estar, que es donde rebota el disco cuando las cosas van bien.
Lo celebré señalando a la grada de prensa, donde ella trabajaba con la carpeta en las rodillas.
Ella no lo celebró: lo apuntó, con esa cara de oficina de turismo.
Pero se le escapó la sonrisa por un lado, y la sonrisa que se escapa vale más que todas las ovaciones.
«El Autobús», en el viaje de vuelta, fue una avalancha de nieve de la buena:
«Eugenia: TRES PUNTOS. FIN DE LA RACHA. AÑO NUEVO, EQUIPO NUEVO.
Tata: [tornillo] [tornillo] y otro [tornillo] por si acaso Brett: [nota de voz — 0:09] Iván: LA PONGO YO [nota de voz de Brett en altavoz: '¡VAMOS COÑO, VAMOS!
'] Kuba: En Chequia esto se celebra con sopa.
Raúl: foto del capitán sonriendo, se la pido a Eugenia, es pieza de museo Vicho: MAÑANA DESCANSO.
EL QUE SALGA, LE BAJO AL FILIAL. Eugenia: míster, sigue sin haber filial Vicho: PUES LO FUNDO EL LUNES. »
Yo no escribí nada, como siempre. Pero por primera vez en la historia del grupo, me citaron: «Raúl: @AitorMendoza di algo, hombre».
Miré la pantalla un rato. Y escribí, con un pulgar, delante de todo el vestuario digital: «Tres puntos.
El sábado, en casa, se llena más.» Doce emojis respondieron.
Iván mandó un fuego. Guardé el móvil y me quedé mirando la autopista con una cosa tibia en el pecho que no era el calefactor del autobús.
Sara viajaba dos filas por delante. Cuando el autobús entró en la meseta y las luces se apagaron, bajé por el pasillo y me senté a su lado, como hacía ella la noche de La Cerdanya, pero al revés: sin portátil de por medio y sin nieve fuera.
Le enseñé el móvil sin decir nada: la foto.
Mi padre y yo, torcidos, en la puerta del pabellón viejo de Jaca.
Ella la miró mucho rato. Le vi hacer el gesto que hacía siempre antes de las frases buenas —el labio apretado, la cuenta mental de caracteres— y luego no decir ninguna, solo apoyarme la mano en el antebrazo, despacio, con el pulgar quieto sobre la manga del club.
—El último sábado de la temporada, en casa —dije—, quiero que le enseñes a mi padre lo que haces. Los números, el plan, el departamento de una persona. Quiero que vea quién llena las gradas.
—¿Y si le caigo mal?
—A mi padre le caes bien desde el dieciséis de diciembre —dije—. Solo que él no lo sabía hasta el veintitrés.
Se rio bajito. El autobús seguía por la meseta, y por primera vez en tres años de carretera, el viaje de vuelta no me pareció largo.
Después, en mi piso —los fisios fuera, turno de noche los dos—, nos miramos en la cocina con dos vasos de agua, y todo lo que no habíamos dicho en tres semanas cabía en el espacio entre la encimera y la nevera.
—Norma doce —dije.
—¿Cuál era la norma doce?
—Se escribía mañana. —Dejé el vaso—. Es mañana desde hace tres semanas.
La besé en la cocina, y esta vez no hubo banda de por medio, ni cristal, ni pabellón vacío.
Nos fuimos a mi cuarto por el pasillo a oscuras, tropezando con la bolsa del gimnasio que nunca recojo, riéndonos bajito para no despertar a nadie —no había nadie, pero se ríe igual bajito—.
Se me quedó mirando un momento en el umbral, con la luz de la calle dibujándole la cara.
—Esto cambia todas las normas —dijo.
—No. —Le quité la chaqueta, despacio, como se despeja una zona de hielo—. Las mejora.
Lo que pasó después fue despacio y entero, como se juegan los partidos que importan.
Le aprendí las manos con las mías —manos de teclado, frías, rápidas—, y ella me aprendió el mapa de siempre: el hombro que Marta vendaba, la cicatriz de la rodilla, las costillas que Vicho apretaba en las charlas.
Nos contamos el cuerpo con el vocabulario de dos personas que llevaban meses contándose todo lo demás.
Ella se rio cuando le quité el jersey y se encontró la camiseta térmica del club: «Vestuario de árbitros», leyó, que era el logo que tocaba aquella semana, y dijo que era la prenda menos seductora de la historia.
Le respondí que la seducción era cosa de la tercera línea.
Se rio otra vez, y la risa se le quedó a medio camino cuando la besé donde el cuello se junta con el hombro, que es donde guardan su frecuencia cardíaca las personas que se hacen las fuertes.
Fuimos despacio porque los dos llevábamos meses yendo deprisa.
Aprendí que respiraba distinto cuando se callaba; que se callaba distinto cuando le tocaba la espalda; que tenía un lunar pequeño bajo la costilla izquierda y una manera de mirar, ya sin libreta ni oficina de turismo, que era la cosa más parecida a una grada llena que había visto en mi vida.
Cuando entré en ella, dijo mi nombre una vez, no el de capitán, el mío, y supe que era verdad lo que llevaba semanas sin escribir en la libreta: que el norte del norte ya no era un sitio, era una persona.
Después, con la cabeza en mi pecho y la respiración acomodándose, me dijo al oído:
—En marzo voy a conocer a tu padre. Estoy nerviosa.
—Mi padre es un mueble antiguo —dije—. No muerde.
—Los muebles antiguos son los que más cuestan. —Se incorporó sobre un codo, mirándome—. ¿Sabes que lo del autobús es lo más parecido a un «te quiero» que me has dicho nunca?
—Es un parte meteorológico —dije—. Estable. Sin avisos.
Duró la risa lo que duró. Nos dormimos con la ventana entornada y el frío de enero haciendo su trabajo, y yo soñé con una carretera de montaña despejada después de cuarenta años de temporal.
En la libreta de temporada, al día siguiente, escribí el resultado del partido y una sola línea más: «El hielo no perdona, pero devuelve. — JR.»
Y debajo, por primera vez en tres años de partes: «Que conste: yo también.»