Capítulo decimocuarto — Jaca #2
—Estuve. —Se calló un momento—. Compartíamos vestuario en la selección, Aitor.
El día que lo anunció, lloró en la ducha y no dejó que nadie entrara.
Yo entré. Me dijo: «José Ramón, dile a la gente que fue la rodilla, que es más fácil.
» Y se lo dijimos. Todos. Cuarenta años.
—Otra pausa—. Tu padre fue el mejor con el que jugué nunca.
Y se amputó solo, por miedo a bajar de la montaña despacio.
Tú lo sabes ahora. El hielo no perdona, Aitor…
pero devuelve. Le ha devuelto la memoria a tu padre.
No se la estropees con un enfado bien criado.
—JR…
—Y dile a tu chica que el informe de la clínica ha entrado en el comité. Que el reportaje ha salvado la temporada. —Bajó la voz—. ¿No te dije yo a ti que el hielo se gana también fuera? Buenas noches, Aitor. Feliz Navidad.
Colgué en medio de la calle Mayor, con las luces de Navidad y el frío de verdad, y me quedé mirando el Pirineo recortado contra el cielo.
El hielo no perdona, pero devuelve. JR llevaba años diciéndolo de mil maneras y aquella noche lo entendí entero: mi padre había recibido de vuelta su propia memoria, y la había traído una mujer que cobraba la mitad y contaba butacas.
Y yo le debía una disculpa tan grande como la que le debía él a mi padre. Los dos debíamos. Las deudas de este tipo solo se pagan en persona.
La cena de Nochebuena fue rara y nueva. Mi madre sirvió el cordero y habló del coro; mi padre contestó dos veces; y en un momento dado, entre el turrón y las uvas de la suerte, dijo, mirando el turrón: «El equipo de tu hijo va tercero en mi grupo de WhatsApp de la tienda.
Se lo descargaron mis clientes. Dicen que hay que ir a Madrid a verle.
» Mi madre se me quedó mirando con la cuchara en el aire.
Yo brindé con agua, porque en casa de los Mendoza se brinda con lo que hay, y pensé que cuarenta años cabían en una mesa de tres personas si alguien por fin ponía la cuarta silla.
El día de Año Nuevo, en la cena con los primos de Canfranc, mi padre se bebió media botella de vino y les contó a mis tíos —se lo contó a la mesa entera, oídos de doce personas— que su hijo era capitán del equipo de Madrid y que «jugaba como tenía que jugar, con la cabeza antes que con las piernas».
Mi prima me apretó el brazo por debajo de la mesa.
Mi padre no lo notó. O sí: me guiñó un ojo al levantarse, el primer guiño que le vi en mi vida.
Lo guardé donde se guardan las monedas raras.
Volví a Madrid el tres de enero, dos días antes de lo previsto.
Antes de salir de Jaca, hice una cosa que llevaba dieciséis años pendiente: llevé a mi padre al pabellón viejo.
Se lo dije en el desayuno, sin darle espacio a la administración: «Bájame al coche en la pista.
» Mi madre miró la tostada. Mi padre se puso el abrigo sin decir nada, y bajamos los dos por la calle Mayor helada, caminando como caminan los hombres de allí: despacio, con las manos en los bolsillos y la conversación guardada para cuando haga falta.
El pabellón de Jaca estaba cerrado, lunes, luces apagadas. Nos quedamos fuera, en la puerta, con el aliento haciendo nubes. Él miró la fachada un rato largo. Dentro, en algún lugar de aquella nave, estaba el hielo donde patinaba cuesta abajo un chico que ya no existía.
—Está viejo —dijo.
—Está igual que tú lo dejaste.
—Todo está más viejo, Aitor. —Se metió las manos más adentro—. Tu madre dice que dentro de poco lo tiran y hacen uno nuevo.
—Pues entonces hay que hacerse la foto antes.
Saqué el móvil y puse la cámara delantera, y allí, en la puerta del pabellón viejo, nos hicimos la primera foto de nuestra vida juntos delante de una pista de hielo: él con el abrigo marrón y las manos en los bolsillos, yo con la chaqueta del club, los dos con la cara de no saber muy bien cómo se sonríe en familia.
Salió torcida. La guardé torcida. Las fotos históricas salen siempre torcidas; las rectas son para las bodas.
—El veintiséis de marzo —dije—. Fila seis. No falles.
—No fallo —dijo, y era la primera promesa de hockey que le oía hacer a mi padre en veintinueve años.
La encontré en la Pista Norte, en la grada, revisando el calendario de enero con el pabellón vacío. Subí las escaleras despacio. Se giró, y en su cara vi lo que tenía que ver: tres semanas de guerra, dos de vacaciones y una esperanza del tamaño justo para no decirse en voz alta.
—Mi padre te ha escrito —dije—. Quiere que le contestes. Dice que no te va a comer nadie.
Se le iluminó la cara. Toda. Como un marcador encendido.
—¿Lo has visto?
—He hablado con él. Cuarenta años, Sara.
Los dos enteros. —Me senté a su lado—. Me contó la verdad.
La rodilla no fue la culpable: fue el miedo.
Y tu artículo… tu artículo le devolvió la memoria buena.
Eso no justifica lo que hiciste. Pero tampoco fue lo que yo dije que fue.
No pisaste un tejado. Abriste una ventana que llevaba cuarenta años cerrada, y no preguntaste permiso, y tenías que haber preguntado permiso.
—Lo siento —dijo, y lloraba. Lloraba en serio, sin ruido, que era la primera vez que la veía llorar—. Lo siento, Aitor. No por publicarlo: por no esperar. Tenía que haber esperado a que estuvieras listo. Aunque fuera en marzo. Aunque fuera nunca.
—Y yo lo siento por cómo lo dije. —Le cogí la mano—. La norma diez era la única que importaba, dije. Había once, y me olvidé de la once: hablar. Diez minutos a la semana, o tres horas en un hotel. Tú hablabas. Yo solo defendía.
Se rio entre las lágrimas.
—Somos un desastre de equipo.
—Somos la primera línea —dije—. Y las primeras líneas se caen y se levantan. El sábado hay partido. ¿Vienes a casa después?
Me miró. Lo entendió todo en la preposición.
—Voy —dijo.
Nos quedamos un rato en la grada, hombro con hombro, mirando el hielo vacío que Sebas había dejado listo para el regreso del equipo. Me enseñó el informe de Santa Brígida: la reunión de enero, el comité, la «tracción inmediata» documentada. Dos millones de lecturas.
—Si la clínica se queda —dijo—, es tu temporada. Si se va, es mi fracaso. Así de simple.
—Si la clínica se queda, es del club. Si se va, se busca otra. —Le apreté la mano—. Las cuentas las hacemos juntos desde ahora. Todo. Las de las butacas y las otras.
—¿Las otras?
—Las de la norma doce.
Me dio un codazo, y así quedó, sin papel firmado ni cláusula: los dos sabíamos que la relación no se anunciaba —el club era un pañuelo, las miradas eran cámaras— y los dos sabíamos también que esconderla no era mentir, era protegerla hasta que aguantara el peso.
Lo acordamos como se acuerdan las cosas importantes entre gente como nosotros: en voz baja, mirando al frente, con el trabajo de por medio.
La semana del tres al siete fue la primera semana entera de mi vida adulta en la que madrugar no pesó.
El equipo volvió del parón con las pilas cargadas y con una novedad que el vestuario olió desde el primer abrazo: el capitán y la de prensa habían firmado la paz.
Nadie preguntó. Raúl lo resumió todo en el gimnasio, hablándole a su rodilla: «Ya era hora, ¿eh? Ya era hora.»
Sebas me esperó el miércoles con el palo encolado y una frase de las suyas:
—El hielo de enero siempre es el mejor del año. Ha pasado el temporal, se ha asentado el frío. —Me lo tendió—. Aprovéchalo, chaval. El hielo bueno no dura.
—Nada dura, Sebas.
—Por eso hay que jugar mientras. —Volvió a su máquina, y se giró una última vez—. Dile a la señorita que el reportaje estuvo bien escrito. Que lo digo yo, que leí al original.
Así me enteré de que Sebas había leído el reportaje. Y de que lo bendecía. Las bendiciones de aquella nave no venían con agua bendita: venían con manguera.
Vicho, por su parte, programó la semana como una conspiración: «El sábado viene gente nueva», nos dijo en la sala.
«El reportaje ha movido entradas. La taquilla espera la mejor entrada del año.
Y hay un partido que ganar al Puerto de Gijón, que no es mal equipo, que no nos despistemos con la fiesta. »
Gente nueva. La taquilla, me confirmó Eugenia en el pasillo con los ojos como platos, llevaba la mejor semana de la historia del club: las peticiones del reportaje habían empezado a convertirse en compras reales.
«Seiscientas, jefa», le oí decir a Sara en la puerta de su cubículo, y la respuesta de ella, bajita: «Seiscientas noventa. Cuenta las del club.»
Seiscientas noventa. El doble del debut. Me guardé la cifra en la libreta, en la página de las cuentas pendientes, que aquel mes empezaba a tener más entradas a favor que en contra.
El sábado ocho ganamos tres a dos en León.
El equipo entero notó la tregua —los equipos lo notan todo, ya lo he dicho—, y jugó como se juega cuando los capitanes duermen bien: a una sola velocidad.
El Koldsan salió a morder en su pista-congelador y nos llevó dos goles en el primer periodo, uno de rebote y otro de un error de salida que me dejó los dientes apretados.
Pero el equipo no se rompió. Se ordenó. Iván cerró la portería con veintitantas paradas de manual, Raúl dirigió la defensa como un guardia viejo de tráfico, y en el segundo periodo Brett empezó la remontada con uno de sus goles de camión canadiense: cuerpo, disco, fondo.
El empate llegó de Tata. De segundo palo, de costumbre, oliendo a ferretería. La grada de León silbaba, y Tata se llevó la mano a la oreja, que es su manera de dar las gracias por la hospitalidad. En el banquillo nos descojonamos. Vicho no: Vicho se santiguó, que es su manera de descojonarse.