Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo decimocuarto — Jaca
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Capítulo decimocuarto — Jaca

Antes de irme a Jaca, hablé con ella. Una vez. Fue el lunes veinte, en el pasillo de la grada, y fui yo quien la buscó, porque el sábado había ganado internet y perdido el vestuario, y yo necesitaba decir una cosa antes de que el parón lo pudriera todo.

Estaba recogiendo los carteles del partido. Me oyó llegar —siempre me oye llegar— y no se giró.

—Escribiste sobre mi padre como quien pisa un tejado con escarcha sin mirar lo que sostiene —dije—. Aguanta, el tejado. Pero no pisas tú sola: pisas sobre todo lo que hay debajo.

—Lo sé —dijo. No se defendió. Eso fue lo que me dolió más: que no se defendiera—. ¿Vas a Jaca?

—Mañana.

—Que vaya bien —dijo, y sonó a despedida de guerra, no de Navidad.

Me fui a Jaca el martes veintiuno, con el coche cargado de regalos para mi madre y el teléfono cargado de silencio.

Trescientos cincuenta kilómetros de meseta y luego el Pirineo cerrándose como un libro.

Conduje sin música, como conduzco siempre que tengo que pensar.

Pensé en el reportaje. Lo había leído cuatro veces desde el viernes: la primera en el vestuario, con el dolor; las otras tres en casa, con la frialdad.

Y cuanto más lo leía, más clara tenía una cosa que no quería tener clara: estaba bien escrito.

No era morbo. Era memoria. Ella había contado a mi padre con un respeto que ningún periódico le había tenido en cuarenta años.

Eso no la absolvía. Pero complicaba mi enfado, y un enfado complicado es un enfado que se está muriendo.

A la altura de Guadalajara paré a repostar y, sin planearlo, leí el final del reportaje otra vez en el móvil.

«El hockey español tiene una deuda con su propia memoria.

» Debajo había miles de comentarios, y me puse a leerlos allí, junto al surtidor, con el frío de la meseta.

Gente que le había visto jugar. Gente que contaba días de su vida: el del España-Suiza, el del torneo de Jaca, el del portero de un equipo del sur que le había parado dos de cinco y lo contaba como una medalla.

Un hombre escribía: «Mi hijo no me cree que hubo un español mejor que los suecos.

Le mando esto. Gracias.» Tuve que mirar al horizonte un rato antes de pagar.

Mi madre me recibió en la puerta con el abrigo puesto, porque en Jaca diciembre es diciembre, y me apretó la cara con las dos manos frías como hacía desde los seis años. En la cocina olía a caldo. Mi padre no estaba: «Ha bajado a la tienda», dijo mi madre, demasiado deprisa.

La tienda de deportes. La que le quedaba después de colgar los patines: esquís, botas, ropa de montaña. No patines. Nunca patines.

Cenamos los tres a las nueve, como siempre: mi madre hablando, yo contestando, mi padre en su extremo de la mesa con esa presencia suya de mueble antiguo, sólido y mudo.

Vi las canas nuevas en las sienes. Vi las manos —manos de palo, decía la gente de su época— cortando el pan.

Y vi, por primera vez en mi vida, lo que llevaba veintinueve años sin ver: que aquel hombre no era un muro.

Era una puerta cerrada por dentro, y yo llevaba toda mi vida empujando por el lado de fuera.

El veintitrés, después de comer, mi madre se fue a los ensayos del coro —los villancicos, sagrados desde antes de que yo naciera— y la casa se quedó con nosotros dos y la tele baja. Él estaba en su sillón, con la manta de cuadros, mirando un documental. Yo estaba en el sofá, haciendo tiempo.

Aquella mañana había subido al desván. Lo hice cada vez que volvía, por un ritual que no le confesaba a nadie: la caja de los recortes seguía allí, en el mismo estante, cubierta por una sábana.

Nunca la abría delante de ellos. Aquel día la abrí despacio, y dentro estaba todo: las crónicas del ochenta y siete, las fotos de la selección, la revista de marzo del ochenta y nueve con el titular a tres columnas.

Y una novedad que me paró el corazón: el reportaje de Sara, impreso, doblado en cuatro, encima de todo.

Mi madre. O mi padre. Alguien lo había subido a la caja, al sitio donde esta familia guardaba lo que no se tira ni se menciona.

Lo dejé donde estaba. Bajé la escalera de madera con la certeza de que la conversación iba a pasar: solo faltaba quién la encendía.

La encendió él. Sin levantar la voz ni la vista del documental, dijo:

—Lo escribió bien.

El mundo se paró. Lo juro: el radiador dejó de hacer ruido.

—¿Qué?

—El artículo. Lo escribió bien. —Siguió mirando la tele—. Se equivoca en lo de Canadá. La oferta no era de un equipo, era de dos. Y lo de la rodilla… bueno. De eso ya hablaremos.

Me levanté. Me senté. Me volví a levantar.

—¿Lo has leído?

—Me lo enseñó la hermana de la farmacia. —Carraspeó—. Todo el mundo me lo ha enseñado esta semana, Aitor. El pueblo entero. Tu madre me lo dejó impreso en la mesilla, que es su manera de enseñarme las cosas sin enseñármelas.

—Padre…

—Cuarenta años sin leer nada de hockey —dijo, como si hablara del tiempo—. Y voy y lo leo. En una noche. Dos veces. —Por fin me miró—. Siéntate, que me duele el cuello de mirarte ahí de pie.

Me senté. Y mi padre, Adolfo Mendoza, el chico que patinaba cuesta abajo, empezó a hablar. Habló más en una hora que en mis veintinueve años juntos.

—La rodilla estaba mal, eso es verdad. El médico dijo: un año, quizá dos, de recuperación, y volvería a jugar.

No al cien por cien. Al ochenta, al noventa.

—Se miró las manos—. Y yo tenía veinticuatro años y había patinado toda la vida como bajan los ríos.

No sabía patinar al ochenta por cien, Aitor.

No sabía. Preferí la leyenda al ochenta por cien.

Me amputé yo solo, y dejé que el periódico dijera que fue la rodilla.

La rodilla no quiso ser leyenda: yo sí. Era más fácil ser una rodilla triste que un jugador mediocre.

—¿Por qué no volviste nunca? ¿Ni a ver un partido?

—Porque no podía mirarlo. —Lo dijo sin dramatizar, como se dan los partes—.

Un pabellón huele a mi vida, hijo. Entraba en uno y veía la temporada que no jugué.

Cuarenta años así. Y luego llegaste tú, y patinabas, y eras bueno —me miró otra vez— eras tan bueno que me daban ganas de llorar y de salir corriendo al mismo tiempo.

Mirarte jugar era mirar la prórroga que no me atreví a jugar.

Y no hay dolor peor que ver a tu hijo haciendo lo que tú no tuviste valor de hacer.

La tele seguía baja. Fuera, en la calle, pasó un coche con cadenas.

—Cuando te fuiste a Canadá —siguió—, con dieciséis, te llevé a la estación en coche.

¿Te acuerdas? Me quedé dentro. Tú pensarías que por frialdad.

—Se removió—. Me quedé dentro porque si bajaba, te decía que no te fueras.

Y no tenía derecho. Un padre que no ha pisado un pabellón en tu vida no tiene derecho a pedirte que te quedes en el suyo.

—Yo no pensé que fuera frialdad —mentí, porque a veces los hijos también administramos—. Pensé que tenías cosas que hacer.

—Cosas que hacer. —Repitió la frase con un resabio amargo—. Llevo cuarenta años teniendo cosas que hacer. La tienda, el coro, la compra. Un hombre puede llenar una vida entera de cosas que hacer para no hacer la única que debería.

—Debí ir a verte —dijo—. Cientos de veces.

Lo tuve delante: Madrid está a cuatro horas.

Canadá estaba más lejos, pero había aviones.

Nunca fui. No porque no te quisiera ver: porque verte era confesar.

Y confesar a los cuarenta es más difícil que a los veinticuatro, y a los sesenta ya casi no se puede. Casi.

—¿Y ahora?

—Ahora tu chica —dijo, y yo no lo corregí: tu chica— escribe ese artículo, y todo el pueblo me felicita, y tu madre me lo deja en la mesilla, y yo descubro una cosa: que la gente no se acordaba de mi rodilla.

Se acordaba de cómo patinaba. Cuarenta años escondiéndome de la memoria equivocada, Aitor.

Yo me escondía de «qué pena, la rodilla».

Y ellos guardaban «madre de Dios, cómo patinaba ese chico».

Se le quebró la voz en «chico». Lo disimuló carraspeando, que es la manera que tienen los hombres de mi familia de llorar: con la garganta.

Nos quedamos en silencio un rato largo. El documental hablaba de no sé qué batalla. Al final, dijo, todavía mirando la tele:

—El veintiséis de marzo jugáis el último en casa, ¿no?

—Sí.

—Tu madre y yo hemos pensado ir. —Lo dijo como quien dice que va a llover—. Si hay sitio.

—Hay sitio —dije, y me salió la voz del capitán, la que no tiembla—. Fila seis. Los asientos de siempre.

—Los de siempre —repitió, y asintió, y no dijo más, y no hizo falta.

—Le escribí un mensaje —dijo—. A tu chica. Le pregunté si era ella la que escribió lo de mi hijo.

—Lo sé.

—¿Te lo dijo?

—No lo sé. Lo sé por ti.

—Aún no me ha contestado. —Se removió en el sillón, incómodo como un escolar—. Dile que me conteste. Que no me va a comer nadie.

Aquel hombre. Aquel muro. Llevaba cuarenta años apuntalando una leyenda que no le pertenecía y acababa de derrumbarse delante de un documental de la guerra, con la manta de cuadros en las rodillas, pidiéndome que le dijera a mi chica que le contestara al WhatsApp.

La noche de Nochebuena, después de la cena de mi madre, salí a andar por el pueblo helado y llamé a JR. Lo hice sin pensarlo: necesitaba la otra versión, la del vestuario del ochenta y nueve. JR contestó al segundo tono, con ruido de familia de fondo.

—Estaba esperando tu llamada desde que salió el artículo —dijo—. Pregunta.

—¿Estuviste allí? ¿Cuando se retiró?