Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo decimotercero — El último invierno de Adolfo Mendoza #3
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Capítulo decimotercero — El último invierno de Adolfo Mendoza #3

Yo estaba en la zona mixta, trabajando. Él pasó de largo. Todos pasaron de largo. Solo Iván se paró, con la cara del niño bueno que es, y me dijo: «No es culpa tuya lo de hoy.» Le quise mucho por la mentira. Era culpa mía de tres maneras distintas, y él lo sabía, y me lo dijo igual.

En la nota de prensa del partido escribí, por primera vez desde septiembre, una crónica sin alma.

La mandé. Nadie me escribió «buena frase».

Al final de la noche, el club publicó el calendario del parón navideño: el equipo se dispersaba hasta el veintiséis.

Lo leí como se leen los partes de defunción: «La actividad se reanudará el día 27. »

Antes de irme, hice el cierre de la semana en la libreta, por pura disciplina de contadora: «Semana 15: 428 personas. Tres derrotas seguidas. Un reportaje de dos millones de lecturas. Cero palabras con el capitán. Balance: ganamos internet, perdimos el vestuario. El vestuario juega los partidos.»

El domingo diecinueve, el pabellón estaba vacío. Fui a cerrar el cubículo y a apagar todo, porque era lo último que quedaba por hacer antes de las fiestas, y porque no soportaba mi piso. Las fiestas con una traición a cuestas son largas.

Cerré el año editorial del club con las manos automáticas: estadísticas archivadas, calendario de enero preparado, la previa del parón publicada.

El informe para Santa Brígida quedó enviado a Balaguer con el asunto «tracción inmediata — adjunto».

Lo tenía: dos millones de lecturas, crecimiento del mil cien por cien en una semana, peticiones de entradas para enero.

Era el mejor informe de mi carrera. Lo mandé con el estómago pegado a la garganta, y Balaguer respondió en tres minutos con una sola línea: «Esto es. Gracias.»

Esto era. El club estaba salvado y yo estaba en el fondo del mar, mirándolo desde abajo.

Antes de apagar, pasé por la grada. Sebas estaba terminando la última capa de hielo del año. No paró la máquina, pero bajó la velocidad al pasar junto a la banda donde yo estaba, y me gritó por encima del motor:

—¡El hielo de enero va a estar bueno!

—¡El de diciembre ha estado malo! —le grité yo.

—¡El hielo nunca está malo! —Y siguió su vuelta, lento, dejando el cristal detrás.

Estaba apagando la impresora cuando el móvil vibró. Un número desconocido, prefijo de provincias. Un mensaje de texto, de esos que ya nadie manda:

«¿Es usted la que escribió lo de mi hijo?»

Sin nombre. Sin firma. Solo el prefijo, que busqué con los dedos torpes: Jaca.

Me senté en la silla, despacio, como se sienta uno en la consulta del médico. Afuera, el polígono estaba en su silencio de domingo de diciembre, y dentro de mi pecho, los cuarenta años de silencio de Adolfo Mendoza acababan de hablar por primera vez.

Conmigo. No con su hijo. Conmigo.

Todavía no sabía si aquello era el principio del perdón o el principio de algo peor. Lo único que sabía, con la certeza fría de las horas brujas, era que el reportaje había llegado al único lector para el que no estaba escrito.

Y que había leído hasta el final.

No contesté aquella noche. Me temblaban los dedos sobre la pantalla, y los textos que se escriben con los dedos temblando no se mandan, eso también es de escuela de redacción.

Guardé el número sin nombre. Apagué la impresora, las luces del cubículo, y me fui a casa por el polígono helado, pensando en una cosa que no me esperaba pensar: en que al otro lado de aquel mensaje había un hombre de sesenta y tres años que llevaba cuarenta sin hablar de hockey y que había escrito «lo de mi hijo».

No «lo del capitán». No «lo del reportaje». Lo de mi hijo.

Hay preguntas que son respuestas. Aquella lo era, y yo todavía no sabía leerla.

La Navidad de aquel año la pasé en Santander, con mi madre, el perro feo y la tele de mi tía.

Le conté a mi madre una versión de tercera división de lo que pasaba.

Ella me hizo caldo y no preguntó. Aitor, supe por las fotos de Eugenia en «El Autobús», había vuelto a Jaca, como todos los años.

El grupo seguía vivo —mensajes de carretera, la nieve, un perro de Brett disfrazado de reno— y yo lo leía todo desde fuera, como se lee un periódico de un país donde ya no vives.

El veintiséis de diciembre, el club volvía a entrenar.

Yo volví el veintisiete, temprano, con la esperanza absurda de que el parón hubiera lavado algo.

No había lavado nada: las cosas que se publican no se lavan, se llevan.

Pero aquella semana, mientras el equipo preparaba el regreso a la competición, en una casa de Jaca un padre y un hijo tuvieron la conversación que llevaban cuarenta años posponiendo.

Yo no estuve allí. Me la contaron después, en dos versiones que coincidían en lo importante.

Lo que sí puedo contar es dónde estaba yo cuando sucedió: en la grada de la Pista Norte, contando butacas vacías por costumbre, con el informe de Santa Brígida guardado en la carpeta y el número de Jaca sin nombre en el teléfono, esperando a ver quién escribía primero.

Escribió él. Los dos, a la vez, diría después. Pero eso ya es el capítulo de Aitor.