Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo decimotercero — El último invierno de Adolfo Mendoza #2
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Capítulo decimotercero — El último invierno de Adolfo Mendoza #2

—Fuimos las dos —le dije, y le cogí las manos, porque temblaba—. Escúchame: fuimos las dos. Yo lo vi y no lo saqué. La responsabilidad es mía, Eugenia. La firma es mía.

—¿Va a pasar algo?

—Ya ha pasado —dije—. Y comercialmente es un milagro.

—¿Y personalmente?

No contesté. Personalmente, el milagro tenía cita en el vestuario a las diez y media.

Eugenia se ofreció a ir conmigo, a contarlo, a echarse la culpa delante de todo el equipo.

Se lo agradezco todavía: los becarios de veinticinco años tienen un valor que no sale en los contratos.

Le dije que no. Le dije que su trabajo aquella semana era el de siempre: los contenidos, el sábado, las fotos.

Y una cosa más, y se la dije mirándola a los ojos:

—Esto no vuelve a pasar. Nada sale de este despacho sin dos pares de ojos. La etiqueta viaja con el documento, siempre. ¿Lo tienes?

—Lo tengo.

—Pues ya está. No fue tu error. Fue mi decisión.

—¿Y si me preguntan?

—Si te preguntan, la verdad: que lo programaste tú por error y que yo lo dejé salir. Las dos cosas son verdad. En este despacho contamos las dos.

Lo aprendí en la primera redacción y lo confirmé aquella mañana: la verdad no limpia, pero deja de pudrirse. La mentira, en cambio, trabaja por dentro como el óxido.

Aitor lo leyó delante de todos. No fue una escena preparada: fue peor, fue doméstica.

Alguien —Brett, con la mejor voluntad del mundo— lo enseñó en el móvil en el vestuario antes del entrenamiento: «Capitán, esto es de ti, es increíble.

» Y Aitor lo leyó ahí, de pie, en medio del vestuario, con el silencio creciendo a su alrededor como crece el silencio en las pistas cuando alguien se queda en el hielo.

Yo llegué en el peor momento posible: cuando terminaba de leer.

Lo sé porque levantó la vista del móvil y me encontró en la puerta.

Supe después, por Raúl —semana y media después, cuando volvió a hablarme el mundo— cómo fue aquello por dentro.

Que Brett lo enseñó sin maldad, porque de verdad le parecía increíble que un texto así existiera sobre su capitán.

Que Iván intentó quitarle el móvil de la mano a mitad de lectura, tarde.

Que nadie dijo nada durante casi un minuto, un minuto entero en un vestuario, que es un trimestre.

Y que Aitor devolvió el móvil a Brett con dos palabras —«gracias, Brett»—, que fue lo que más miedo dio a todos, porque Aitor no daba las gracias en esas circunstancias: las daba en las otras.

No gritó. Eso es lo que la gente no entiende de los hombres como Aitor: no gritan. Miró al vestuario, miró el móvil, y dijo una sola frase, con la voz baja y entera, como un parte meteorológico de aviso rojo:

—La norma diez era la única que importaba.

Y salió. Pasó a mi lado sin mirarme, con su paso económico de siempre, y en el pasillo me dejó una estela de algo que no era ira: era dolor con chaqueta del club.

Yo me quedé en la puerta, con la bandeja de croissants que había comprado para el entrenamiento —llevaba croissants, Dios mío; con bollería no se compensa una traición, pero una lo intenta—, y nadie me quitó la bandeja de las manos.

Raúl salió detrás de él, y antes de irse me miró, y en su mirada de abuelo no había juicio, que era peor: había pena.

Tata se quedó en el banco con el palo de madera entre las manos, mirándose los nudillos.

Kuba dijo algo en checo que no necesitaba traducción.

Nadie habló conmigo. El vestuario entero lo supo en cuatro minutos, y el club entero antes del mediodía, porque los vestuarios y las oficinas son, ya lo dije, terribles guardando secretos.

Dejé los croissants en la mesa de la sala de fisio. Marta me contó después que se los comieron los juveniles sin preguntar de quién eran, y que estuvo bien, porque así no se desperdiciaron. Esa mujer tenía una manera de contarme las cosas que me dejaba siempre un milímetro de aire para respirar.

Entrenaron. Él entrenó, claro: Aitor entrenaría con una pierna rota y una tragedia en cada bolsillo.

Yo no fui al entrenamiento. Me quedé en el cubículo contestando a setenta medios que querían más, y rechazando todas las peticiones de entrevista «con el capitán y su padre» con la misma frase, escrita cien veces: «El club no hará declaraciones sobre la vida privada de sus jugadores.

» La hipocresía de esa frase, firmada por mí, me la llevé a casa y no me dejó dormir.

Mi madre llamó el viernes por la noche. No llama nunca entre semana: llama los domingos, con el perro feo ladrando de fondo. Descolgué con el corazón en la garganta.

—Ha salido lo tuyo en la tele de tu tía —dijo—. Lo del padre de un jugador. He dicho yo: «esa es mi niña.» Está tu tía muy impresionada. Dice que vas a salir en la tele tú también.

—No voy a salir en la tele, mamá.

—¿Es verdad que ese señor no habla con su hijo desde hace cuarenta años?

—Es complicado, mamá.

—Pobrecito —dijo ella, y no supe si hablaba del padre, del hijo o de mí. Las madres no especifican: bendicen en todas direcciones—. ¿Y tú estás bien? Se te nota rara en las fotos del club.

—Estoy cansada.

—Come verdura.

Colgué y me reí, sola en la cocina, una risa rara que se mezcló con otra cosa.

El reportaje había llegado a la tele de mi tía en Santander.

Había llegado a todas partes menos al sitio donde yo necesitaba que no llegara: al pasillo entre la taquilla de Aitor y la mía.

Allí no llegaba nada ya. Allí reinaba el silencio más caro de mi vida.

El viernes hubo una reunión a la que no me invitaron y a la que fui igual: JR, Balaguer, Vicho.

Me planté en el despacho con el portátil y dije que tenía el informe de tracción.

Era verdad: el informe era impresionante.

Balaguer lo leyó con los ojos brillantes de su contabilidad.

JR lo leyó sin cambiar la cara. Al final, JR dijo:

—Los números, bien. —Pausa—. El precio, ya lo sabes.

—Lo sé —dije.

—¿Él?

—No me habla.

—Ya —dijo JR, y me miró con esos ojos de haber visto cuarenta años de vestuarios—. Tú has jugado tu partido, Sara. Ahora hay que dejar que él juegue el suyo. No le fuerces. La gente de montaña no se fuerza: se espera a que baje del puerto.

—¿Y si no baja?

—Baja. —Lo dijo con una certeza que no me merecía—. Lo conozco desde que tenía dieciséis años. Lleva dieciséis bajando de puertos más altos que este.

Salí del despacho sin saber si me habían echado o me habían abrazado. En el pasillo me crucé con Vicho, que me agarró del brazo con su manaza de exbalonmanista.

—Tú eres la de los vídeos —dijo, como si lleváramos seis meses sin vernos—. El vídeo de Tata me hizo llorar. El reportaje del padre también. —Me soltó—. Tú sigue haciéndome llorar, pero deja al capitán en paz unos días, que el sábado hay partido.

Marta fue la única que me buscó. Me encontró a la una de la madrugada del viernes, todavía en el cubículo, con la bandeja de entrada como una guerra. Me trajo una tila —su receta universal— y se sentó.

—No sé lo que pasó y no me lo vas a contar —dijo—.

Pero llevo tres años aquí y he visto a este club romperse de dos maneras: por cosas malas hechas con mala intención, y por cosas buenas hechas con buena intención en el momento equivocado.

Las primeras no tienen arreglo. Las segundas, sí, pero duelen más.

—Me apretó el hombro con su mano fría—. Duerme. Es una orden clínica.

—¿Y si no tiene arreglo, Marta?

—Todo tiene arreglo excepto los meniscos radiales —dijo—. Y hasta esos, con paciencia.

El sábado dieciocho jugamos contra los Glaciares el último partido del año.

Quiero dejar constancia de la multitud que no vino.

La taquilla había vendido más que nunca en la semana —las entradas del reportaje— pero el resultado, dicen las cifras, fue de cuatrocientas veintiocho personas: menos que la media.

¿Por qué? Porque diciembre en Madrid es así: puente, navidades, primer frío de verdad.

Y porque la gente nueva que compra por un reportaje compra para «algún día», no para el sábado siguiente con tres grados.

La tracción inmediata existía: en internet.

En la grada, cuatrocientas veintiocho personas y la sensación de que hasta el bombo de Quino sonaba cansado.

Y sin embargo, las cuatrocientas veintiocho cantaron.

Lo digo con datos: desde la cabina se oía perfecto, porque la nave estaba medio vacía y el sonido viajaba sin obstáculos.

«Hielo en las venas», desde el primer minuto hasta después de la sirena.

Quino me encontró antes del partido junto a la zona mixta y me dijo, señalando la grada con el mentón:

—Poca gente hoy, niña.

—Poca, Quino.

—Da igual. Los que estamos, estamos. —Se ajustó la bufanda-corbatín—. Y oye, lo del padre del capitán. Mi cuñado le vio jugar. Dice que era verdad lo del reportaje. Que se movía como el agua.

No supe qué contestar. Le di las gracias. Él se fue a su bombo, y yo me quedé pensando que la grada había perdonado antes que el vestuario, y que eso, en el fondo, era lo de menos: el vestuario era el que jugaba los partidos.

Perdimos cuatro a tres en la prórroga. Tercera derrota seguida, la peor de las tres: ganábamos tres a uno en el segundo periodo.

Tata marcó el primero y lo celebró señalando la grada, que es como se celebran los goles cuando el corazón está en otra parte; Brett hizo el segundo; un juvenil el tercero.

Y luego, el equipo se apagó como se apagan las luces del pabellón: por sectores.

Aitor jugó con una furia ordenada que daba miedo ver, remató dos veces —no, soltó dos truenos, porque aquellos no fueron tiros, fueron descargas— y en la prórroga falló un pase que no falla nunca.

El Glaciares marcó a la contra. Cuando sonó la sirena, la grada entera se quedó en pie aplaudiendo —las cuatrocientas veintiocho, los fieles—, y el equipo hizo el saludo más rápido de la temporada.