Primera línea (Los del hielo 1) Epílogo — La carpeta de junio
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Epílogo — La carpeta de junio

Mi primer gasto como departamento solvente fue una firma: la conversión de la beca de Eugenia en un contrato. Se lo puse encima de la mesa sin decir nada, con la cara más neutra que pude. Lo leyó. Lo volvió a leer.

—¿Es broma?

—Es cláusula de permanencia —dije—. El club que llena necesita a la que hace llenar.

Me abrazó fuerte, con los veinticinco años por delante y la impresora encendida, y me dijo al oído: «Jefa, el año que viene se llena del todo.» Lo dijo como se da la hora. Le creí.

La segunda noticia de la semana fue oficial: Santa Brígida renovaba.

El acto fue el jueves, en la sala de prensa improvisada —mi cubículo con una mesa mejor—, con Balaguer radiante y la gerente de la clínica posando junto a una camiseta.

Ochenta mil, la manga, un año más. Lo anunciamos con una foto y tres frases, y yo vigilé la letra pequeña como se vigila el hielo después de la lluvia: ahí seguía, la «evaluación de riesgo deportivo vinculada a plantilla», en la cláusula cuarta, escrita con la calma de las cosas que piensan quedarse.

La señalé para el archivo. Hay letras pequeñas que son semillas; esta tenía toda la pinta.

El balance de la temporada lo cerré el sábado, sola, en la grada, con el plan de medios abierto en la primera página.

«Temporada 2027-28: de 400 a 1.200.» Debajo, la contabilidad de verdad: media de la primera vuelta, cuatrocientas setenta y pico; media de la segunda, setecientas y pico; partido final, mil tres.

El objetivo no se había cumplido. El objetivo, descubrí, nunca fue la cifra: fue la dirección.

Mil doscientas no era una meta; era una brújula.

Aitor me encontró allí, porque últimamente me encontraba en todas partes, que era su nueva costumbre y mi sitio favorito. Se sentó a mi lado, leyó la página por encima de mi hombro y no dijo nada del número tachado. Dijo otra cosa, mirando el hielo:

—Mi padre ha preguntado por los horarios del año que viene.

—¿Los horarios?

—Quiere saber cuándo son los partidos. Con tiempo. —Me miró—. Cuarenta años sin preguntar nada, y ahora quiere el calendario. Le voy a tener que hacer un carnet, Sara. De los de verdad, con número.

—El dos —dije—. El uno es de Quino.

—El dos —repitió, cerrando el trato—. Que conste.

Nos quedamos un rato en silencio, con la libreta abierta entre los dos y el pabellón respirando su silencio de sábado.

En algún momento me cogió la mano, sin mirarla, como se cogen las cosas que ya son de la casa.

La relación ya no era un secreto de pasillo: el disco delante de mil tres personas había sido la publicación oficial, mejor que ninguna nota de prensa que yo hubiera escrito nunca.

Feijóo no había tocado el tema. Los cuervos también saben cuándo han perdido la temporada.

Taché «1.200» con una línea limpia y escribí al lado: «Temporada 2028-29. De 1.003 a 1.200.» La fecha del primer partido todavía no existía en el calendario, así que escribí la única que importaba: «septiembre».

Antes de cerrar, fui al cuarto de herramientas. Sebas me esperaba, porque las cosas pendientes saben esperar. Tenía la libreta de tela sobre el atril, abierta por la última página, y me la ofreció sin preámbulos:

—El final de temporada. Como todo lo bueno.

La última línea, fechada el veintiséis de marzo, decía: «Hoy el hielo ha estado lleno de gente. Casi. Le quedan ciento noventa y siete.»

Me reí y me dio un vuelco el corazón, las dos cosas en el mismo segundo. Ciento noventa y siete. El viejo había contado, claro. En aquella nave contábamos todos: él el hielo, yo las butacas, Aitor los face-offs, Marta los minutos. Era nuestro idioma común, la contabilidad de lo que importa.

—El año que viene —dije.

—El año que viene —dijo él, y cerró la libreta, y volvió a su manguera, porque el hielo no se hace solo.

El equipo se dispersó la primera semana de abril como se dispersan las familias: con abrazos y promesas de grupo.

«El Autobús» se convirtió en un álbum: la foto de todos en el círculo central, con Raúl y sus muletas en el medio y Tata sosteniendo el cartel de la ferretería; Iván con el palo gigante de la afición; Brett enseñándole a un perro el «órdago».

Yo guardé todas. El material del año siguiente ya estaba en camino; las historias buenas no se agotan, hibernan.

Hice las paces también con la contabilidad de la temporada, que era mi otra libreta: setenta y cuatro contenidos publicados, dos millones y pico de lecturas acumuladas, la cuenta del club multiplicada por doce, tres medios nacionales pidiendo previas para septiembre.

Y el dato que no le enseñé a nadie, el de mi libreta privada: las mil tres personas del veintiséis de marzo incluían a setenta y dos que habían comprado su primera entrada después del reportaje de diciembre.

Setenta y dos testigos nuevos de que la señora de la sala de cristal se había equivocado.

A esas alturas ya no necesitaba la cifra para creérmelo; la guardaba porque las victorias, como los talones de entrada, se archivan mejor con número.

El último día antes de las vacaciones, JR me citó en su despacho.

Me enseñó el presupuesto del año siguiente —primera vez que un departamento mío lo veía antes de que existiera— y me preguntó qué necesitaba.

Le dije dos cosas: la becaria fija y un presupuesto para la Grada Norte.

Lo apuntó todo con su letra de monumento, y al final, sin levantar la vista, dijo:

—El tercer extranjero sigue libre, Sara.

—Lo sé.

—Lo mantengo así. —Cerró la carpeta—. Hay fichajes que se hacen con dinero y fichajes que se hacen con paciencia. Este club no tiene dinero. Tiene otra cosa.

Salí del despacho con la frase dando vueltas, como todas las suyas. No le pregunté más. Las preguntas de abril se contestan en junio; lo aprendí en las redacciones y lo confirmé en la nave.

Marta me dejó una nota en la mesa antes de irse de vacaciones: «Rodillas de la plantilla: estables. Rodilla de Raúl: operada y con ganas. Responsable de comunicación: recomendado dormir.» Le contesté con una tila en su puerta. Así se quieren las amigas de este club: con recetas.

El once de abril, martes, limpiaba el cubículo de la temporada cuando el móvil me dio un aviso de nombre, de los que tenía puestos por oficio: «Pol Ferrer». Abrí el artículo con el corazón quieto, porque ya nada podía asustarme en abril.

«Pol Ferrer no seguirá en el CG La Cerdanya: el Mago queda libre el 30 de junio. El mejor jugador español de la última década no renueva con el campeón. Su entorno habla de 'proyecto nuevo'. El mercado se mueve.»

Firmaba Gonzalo Feijóo. Por supuesto: los pájaros de presa cazan primero.

Pensé en la frase de JR que Aitor me había repetido una noche de marzo, en voz baja, como se repiten las cosas que no se olvidan: «El tercer hueco se lo dejamos a quien lo merezca.» Tres plazas de extranjero. Dos ocupadas. Una esperando desde septiembre.

El titular me lo dieron mascado, y yo, que ya no escribía titulares ajenos, hice lo que hace un departamento de comunicación de verdad con las noticias de verdad: nada.

Creé una carpeta, la llamé «junio», y arrastré el enlace dentro.

Después cerré el cubículo y salí: abril olía a promesa, y quedaban ciento noventa y siete.