Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo duodécimo — La cláusula del frío #2
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Capítulo duodécimo — La cláusula del frío #2

Tata, que pasaba por allí, se enteró por el conducto habitual del vestuario —el aire— y su reacción fue típica de él: «¿La clínica?

¿La de la manga? Pues les digo a mis clientes que no se rompan nada, que es mi segundo patrocinador más fiel.

» El vestuario entero se rio, y la carta quedó domesticada a golpe de chascarrillo, que es como este equipo domaba todo.

Vicho, en cambio, se tomó la noticia a su manera: apretando. El miércoles por la mañana hizo una sesión de superioridades que nos dejó a todos pidiendo el cambio, y al final nos juntó en el círculo.

—Escuchad —dijo, sin gritar, que era peor—.

Yo no sé de clínicas ni de mangas. Sé de partidos.

El sábado es el último del año en casa, delante de la gente que canta con el tres a uno.

Los que estamos aquí dentro tenemos un solo patrocinador que no se baja nunca: la Grada Norte.

Por ellos, el sábado se gana. El resto, lo gestionan otros. —Me miró—. ¿Algo que añadir, capitán?

—Que el sábado se gana —dije.

—Pues eso.

El miércoles quince por la noche me quedé a entrenar solo.

Sebastián me dejó el hielo hasta las once —«tú avisa y yo cierro después», dijo, sin preguntar, que era su manera de preguntar—.

Hice tiros durante una hora y media. Del círculo a la portería, uno tras otro, hasta que los gemelos quemaron y la cabeza se quedó vacía, que es el estado al que solo se llega por dos vías: el hielo o la montaña.

El día había sido largo. Por la mañana, el entrenamiento habitual con la racha encima; por la tarde, vídeo de los Glaciares, el rival del sábado, el último antes del parón.

Vicho nos recordó que el último partido del año en casa era «el regalo de Reyes del club: o lo envolvemos bien o nos quedamos con el papel».

Los juveniles se rieron. Los veteranos no: los veteranos sabemos lo que pesa un sábado después de dos derrotas.

También fue el día en que JR me confirmó que la reunión con Santa Brígida estaba pedida para enero y que, mientras tanto, el club hacía dos cosas: silencio absoluto hacia fuera y deberes hacia dentro.

«Los deberes son de ella», dijo, y no añadió más, pero supe que hablaba de Sara: la curva, el informe de exposición, la documentación de todo lo que el club era y no cabía en una hoja de Excel.

Ella ya estaba en ello, me contó JR, desde el lunes, sin que nadie se lo pidiera.

«No le he dicho yo nada de la carta», dijo.

«Lo sabía antes que Balaguer. Huele las cartas antes de que lleguen. Es lo suyo.»

A las diez y media, oí la puerta de la grada.

Sara bajó las escaleras con la chaqueta del club y una carpeta bajo el brazo. No llevaba la libreta. Se paró al pie de la banda, al otro lado del cristal, y esperó. Recogí los discos —me quedaban tres— y me acerqué.

No dijo hola. Yo tampoco. Nos quedamos un segundo mirándonos a través del cristal empañado, como se miran dos jugadores antes del face-off: midiendo.

—Venía a devolver esto —dijo, y sacó de la carpeta su acreditación de prensa, la tarjeta plastificada con su foto y el logo del club—. Se la dejo a JR mañana. Si mi trabajo pone en riesgo al club, no tiene sentido.

—¿Quién te ha dicho que pone en riesgo al club?

—La carta de Santa Brígida. —No se inmutó ante mi cara—.

Lo sabe todo el pabellón desde esta mañana, Aitor.

Las oficinas son peores que los vestuarios para los secretos.

—Apoyó la acreditación en la banda—. Los umbrales de exposición los tengo que cumplir yo.

Es mi departamento. Si la clínica se va, es mi derrota.

Ahí estaba ella: cargando el marcador entero, como si el uno a siete fuera suyo también. Reconocí el gesto porque era el mío.

—La carta no es tu derrota —dije—. Es la curva de un informe. La curva se cambia entre todos.

—¿Todos? —Me miró—. Tú y yo llevamos seis días sin dirigirnos la palabra. Yo te pedí algo que no debía pedirte…

—No. —La interrumpí, y salió de un sitio profundo—. Me pediste algo que tenías que pedirme. Es tu trabajo pedirlo. Es mi derecho decir que no. El error no fue tuyo ni mío: fue creer que uno de los dos tenía que ganar la discusión.

Bajó la vista a la acreditación, y la giró entre los dedos.

—Llevo tres meses sin cobrar entero —dijo, bajo—.

No te lo había dicho así, tan claro. Tres meses, Aitor.

Y me da igual: aguanto. Pero cuando llegó la carta me di cuenta de que aguantar no basta.

Hay que ganar. Y la única manera que tengo yo de ganar es con historias.

—Levantó la barbilla—. Tú juegas con palo.

Yo juego con palabras. No me quites el palo.

La escuché en silencio, con los guantes colgando de la mano.

En la montaña hay un dicho: quien sube por una cara y quien sube por otra solo se encuentran en la cima.

Nosotros subíamos por caras distintas del mismo pico.

Yo defendía a un padre que no quería ser mirado; ella defendía a un club que necesitaba ser mirado.

Los dos teníamos razón, y las razones que chocan no se arbitran: se aguantan juntas.

—No te quito el palo —dije—. Pero mi padre no es un disco. No se lo pases a nadie.

Se quedó mirándome a través del cristal de la banda. El hielo crujió, como hace a veces, asentándose.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora, nada. —Me quité los guantes—. Tu reportaje sigue siendo un no, Sara. Mi padre no sale en la prensa. Pero tu guerra no es mi enemigo. Nunca lo fue.

—Esa es la frase más larga que me has dicho sin cronómetro.

—Las frases largas cansan.

—Las frases largas me valen.

Se quedó quieta un momento. Luego apoyó la carpeta en la banda, con la acreditación encima, y cruzó los brazos como se cruzan los brazos cuando se va a decir algo que cuesta.

—Voy a decirte una cosa y luego nos olvidamos los dos de que la he dicho —dijo—.

Escribí el reportaje sin saber lo del hotel.

Cuando lo terminé, ya lo sabía todo. Y lo enseñé igual.

Tenía que hacerlo: era mi trabajo, y el club, y la carta que todavía no había llegado pero que yo sabía que venía.

Pero si pudiera elegir entre publicarlo y que tú me mires como me mirabas en el hotel, no lo publico.

Lo tengo clarísimo. Lo que pasa es que nadie me ha ofrecido esa elección.

Me han ofrecido otra: el reportaje o las nóminas de febrero.

El hielo volvió a crujir. No le contesté rápido, porque las cosas que importan no admiten face-offs rápidos.

—No tienes que elegir —dije al final—. Los dos somos del mismo equipo. Los equipos no eligen entre sus jugadores: aguantan hasta que pasa el frente.

—¿Y si el frente no pasa?

—Los frentes siempre pasan. Lo que hace la montaña mientras tanto es otra cosa: aguantar bien.