Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo duodécimo — La cláusula del frío #3
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Capítulo duodécimo — La cláusula del frío #3

Nos quedamos quietos, uno a cada lado del cristal.

Se me ocurrió entonces algo que no me había ocurrido nunca en años de normas: saltar la banda.

Abrí la puerta del banquillo y salí a la grada, en patines, torpe como un oso en un pasillo, y me planté delante de ella.

De cerca, sin el cristal, era más pequeña de lo que la hacía su voz.

Tenía los ojos cansados y la barbilla alta, y olía a tinta y a frío.

—Norma once —dije—. Diez minutos a la semana. Sin grabadora. Se puede hablar del tiempo.

—Mañana es miércoles —dijo ella.

—Mañana es miércoles.

Y entonces la besé. O me besó. Nunca lo supimos ordenar: fue un solo movimiento, de los dos, como un face-off que ganan los dos a la vez.

Sin público, sin crónica, sin justificación.

El hielo crujió otra vez, asentándose, y pensé —pensé, de verdad, en medio de todo— que así debía de sonar un puerto de montaña cuando por fin deja pasar la carretera.

Fue un beso largo y torpe, con la barandilla de la grada clavándoseme en las costillas y su mano fría en la nuca, y duró lo que duran las cosas que llevaban meses cargándose: demasiado y nada.

Había besos que eran respuestas. Aquel era una pregunta, la única que ninguno de los dos se había atrevido a escribir: ¿y ahora, qué?

Cuando nos separamos, ella se rio bajito, con la frente contra mi pecho.

—Esto no está en las normas —dijo.

—Es la norma doce.

—¿Cuál es la norma doce?

—Se escribe mañana.

—Mentiroso. —Se rio otra vez, y el sonido en el pabellón vacío era el mejor ruido que había oído en aquella nave en tres años—. No puedes inventarte normas, Mendoza. Eres el guardián del reglamento.

—El guardián se ha saltado la banda. Que conste en acta.

—Consta. —Se puso seria un momento, mirándome—. Esto no cambia lo del reportaje.

—No.

—Y no cambia las normas.

—No.

—Entonces es un desastre.

—Sí —dije—. Es el mejor desastre de la temporada.

Caminé con ella hasta su coche, en patines hasta la puerta y descalzo después, con los calcetines sobre el cemento helado del polígono, y no me importó.

Se fue con la acreditación de vuelta en la carpeta —se la devolví: «el club te necesita acreditada», le dije, y fue la frase más cursi de mi vida y la más cierta—.

Me quedé viendo sus luces perderse entre las naves, igual que la noche del autobús, pero esta vez sin dudar de lo que pesaba.

De camino a casa, con las manos todavía tibias, llamé a mi madre.

Era miércoles; no tocaba llamada, pero ella contestó como si tocara, con la tele de fondo y el «cuenta, hijo» de siempre.

Le conté poco: el entrenamiento, el frío, el parón de Navidad que se acercaba.

Me contó ella lo del pueblo: la obra del puente, el coro que ya preparaba los villancicos, la prima de la farmacia que se casaba en mayo.

Y al final, con la voz más neutra que pude, pregunté:

—¿Padre qué tal? ¿Sigue sin ver deportes?

Hubo una pausa de las de siempre, la pausa administrada de mi madre.

—Tu padre no lee deportes desde hace cuarenta años —dijo—. Tú ya lo sabes, hijo. ¿Por qué me lo preguntas ahora?

—Por nada. Por preguntar.

—Mmm —dijo ella, que era su manera de apuntarlo todo.

—¿Y la tele? ¿Ve algo?

—Ve el tiempo. Y los documentales de la guerra. —Otra pausa—. Aitor. ¿Te pasa algo?

—No. —Mentí con la práctica de veintinueve años—. Venid al partido del sábado, ¿no?

—Yo iré. Ya lo sabes.

Lo de siempre. Ella iría; él tendría una cosa del coro, o del puente, o de nada.

Colgué y me quedé en la acera, con el móvil en la mano y el aliento haciendo nubes.

No lee deportes desde hace cuarenta años.

Lo repitió en el pasado que usan las madres cuando el pasado sigue siendo presente.

Me quedé allí parado, en el frío, sin saber si aquello era una mala noticia —un muro confirmado— o una buena: la certeza de que el muro seguía exactamente donde siempre, intacto, esperando a que alguien lo escalara por el lado correcto.

Aquella noche, antes de dormir, hice una cosa más.

Abrí la taquilla mental donde guardaba los papeles que no se tiran y busqué la crónica de prensa del partido inaugural, la que Sara había escrito en septiembre: «Somos el club que juega al norte del norte.

» La había impreso Eugenia y la tenía yo doblada en la mochila desde no sé cuándo.

La alisé. Y al día siguiente, antes del entrenamiento, la pegué con cinta adhesiva en el interior de la puerta de mi taquilla, donde solo la veía yo, dos veces al día.

Las normas no prohibían los papeles en las taquillas. Lo comprobé dos veces. Ya tenía experiencia en buscar rendijas en mi propio reglamento.

En la libreta de temporada, aquella noche, la página quedó así: «Miércoles 15.

Carta de la clínica: reunión pedida. Sara: informe en marcha.

Equipo: bien. Sábado: Glaciares, en casa, último del año.

» Y debajo, después de un rato con el bolígrafo quieto: «El norte del norte tiene acreditada a la mejor. »

No es una frase de capitán. Ya lo sé. Esa noche no era capitán: era un hombre de veintinueve años al que acababan de besar en una pista vacía, y que escribía tonterías en una libreta con la mano que le olía a ella.