Capítulo duodécimo — La cláusula del frío
La carta llegó el martes catorce de diciembre, con membrete y sello, como llegan las cosas serias. Pero la semana empezó el lunes, y el lunes empezó mal, como empezaban todas las semanas desde la discusión de la grada.
Cinco días sin hablar con ella. Los contaba sin querer, como se cuentan los días de baja de un compañero.
El pabellón era el mismo y estaba torcido: la veía de lejos en la grada con la carpeta, oía su risa una vez en el pasillo con Eugenia —una risa breve, de compromiso, que se apagó cuando me oyó llegar— y seguía con mis tiros.
El equipo lo notaba, claro. Los vestuarios son barómetros: no dicen el tiempo que hace, pero lo saben.
Brett me lo dijo a su manera, en el gimnasio, con su español de Toronto:
—Capitán. Tú y la chica de los vídeos estáis raros. ¿Pelea?
—Trabajo.
—Ah. —Levantó una mancuerna—. En Canadá a eso lo llamamos pelea.
El lunes entrenamos duro. Dos derrotas seguidas y el parón de Navidad asomando: Vicho apretó la semana porque apretar era lo único que sabíamos hacer todos.
En el último minijuego, un juvenil me tiró un caño y me celebró en la cara, y el vestuario entero rugió de risa, yo incluido.
Cosas así eran las que sostenían el edificio: un niño de dieciocho años riéndose del capitán un lunes de mierda.
Aquella misma mañana, en la sala de pesas, Raúl me dijo lo único que alguien me dijo aquellos días sobre el tema prohibido:
—No sé qué te pidió. No quiero saberlo. —Estiraba los isquiotibiales con la cara contra la rodilla mala—. Pero te conozco, Aitor. Cuando te enfadas de verdad, te enfadas contigo. Así que date una tregua, que las treguas no las da el calendario.
No contesté. Las treguas, pensé yo, las da el frente que pasa. Y el frente que venía no era de tregua: era de clínica.
La carta llegó el martes catorce de diciembre, con membrete y sello, como llegan las cosas serias.
JR me llamó a su despacho a las diez de la mañana, y Balaguer ya estaba allí, con su abrigo de cashmere sobre el respaldo de la silla y su cara de hacer cuentas desde antes del desayuno. Encima de la mesa, el folio.
—Siéntate, Aitor —dijo JR—. Esto te afecta.
La Clínica Santa Brígida comunicaba «su intención de no renovar el acuerdo de patrocinio para la temporada 2028-29». Lo leí entero, dos veces. El texto era de manual: agradecimientos, buenas palabras, y luego el párrafo clave, que me aprendí de memoria sin querer:
«Los indicadores de exposición asociados a los derechos de imagen contratados (espacio publicitario en manga, ochenta mil euros anuales) se sitúan por debajo de los umbrales acordados.
Asimismo, la evaluación de riesgo vinculada a la prima de seguros de la plantilla —cláusula de riesgo 4.
2— recomienda una revisión integral de la presencia de la marca en el club. »
—¿Qué es la cláusula de riesgo? —pregunté.
—Que os aseguran a vosotros y os ponen precio a las rodillas —dijo Balaguer, seco—. Si os lesionáis mucho, la prima sube. Si la prima sube, el patrocinio les sale caro. Es cuestión de seguros, Aitor. Es lo que hay.
—Es lo que hay —repitió JR, con una entonación que significaba lo contrario.
Balaguer expuso el resto con su claridad de empresario, que era su única cualidad redentora: el patrocinio de la manga eran ochenta mil euros al año, el segundo ingreso del club después de su cervecera.
Sin esos ochenta mil, el presupuesto del año siguiente se caía un veinte por ciento.
Con el veinte por ciento menos, había que tocar plantilla, estructura o ambos.
—Os pongo los números encima de la mesa, que para eso me pagáis —siguió, y fue colocando folios como un crupier—.
Taquilla: sube, pero de cuatrocientas a quinientas personas no vive nadie.
Mi cervecera: ciento veinte mil, y os adelanto que en la fábrica hay voces que dicen que el hockey no vende cerveza, vende sentimiento, y el sentimiento no se embotella.
Santa Brígida: ochenta mil, y con esta carta, cero.
Queda el resto: la escuela de patinaje, el alquiler de la pista, cuatro patrocinios de barrio. Sumad. No llega.
—Siempre ha llegado —dijo JR.
—Siempre ha llegado porque tú ponías la diferencia. —Balaguer no lo dijo con maldad; lo dijo con contabilidad, que era peor—. Y tú ya no tienes más coches que vender, José Ramón.
JR no se movió. Yo miré a Balaguer y entendí, de golpe, una cosa que llevaba meses sin entender: que aquel hombre no era el malo de la película.
Era el hombre que miraba el gráfico. Los gráficos no aman ni odian: suben y bajan.
El club tenía la suerte y el riesgo de tener a alguien que lo quería lo bastante para decirle que el gráfico bajaba.
—Y no es solo el año que viene —dijo—. Es la señal. Si una clínica se baja del barco, el siguiente patrocinador pregunta por qué. Esto es Madrid, señores: aquí las marcas huelen el agua como los tiburones.
—¿Alternativas? —preguntó JR.
—Estoy trabajando en tres. Ninguna paga ochenta mil por una manga.
—Balaguer se echó atrás en la silla—. El problema no es el dinero, José Ramón.
El problema es la exposición. El contrato tiene umbrales, y los umbrales no se cumplen.
Cuatrocientas personas por partido no venden prótesis de cadera.
Lo mires por donde lo mires, en el presupuesto cada nombre tiene un precio, y el nombre de Santa Brígida cuesta más de lo que rinde.
Hubo un silencio. Y en ese silencio me pasó una cosa rara: pensé en Sara.
En su documento, en su «de 400 a 1.200», en las semanas enteras contando butacas como si fueran latidos.
Yo lo había tenido delante todo el otoño sin verlo: aquellos números no eran vanidad de periodista.
Eran esto. Eran ochenta mil euros, una cláusula de riesgo, y el veinte por ciento del presupuesto que pagaba a los fisios, al utilero y a la becaria del chocolate.
Sara lo sabía desde el día uno. Por eso apostaba todo lo que tenía —que era poco— a llenar la grada.
No era una cuestión de titulares. Era oxígeno.
Me lo había dicho ella misma, cinco días antes, en la grada, con la carpeta impresa entre las manos.
Y yo le había dicho que no.
Recordé su frase exacta: «No es contenido. Es oxígeno.» La había oído como un insulto a mi padre. Aquel martes, en el despacho de JR, con la carta encima de la mesa, la oí como lo que era: el parte de incendios de una mujer que llevaba tres meses sin cobrar y seguía llegando a las siete y media.
—Hay que pedir una reunión —dije. Los dos me miraron; no era mi costumbre hablar en esas reuniones—. Si el problema son los umbrales, hay que enseñarles la curva. La grada crece todas las semanas. Que vengan a ver un partido. Que vean a la Grada Norte. Ningún informe de clics enseña eso.
JR me miró con algo que no le había visto nunca: sorpresa agradable.
—El capitán tiene razón —dijo—. Pedimos reunión. Se les enseña la curva y se les trae a la pista.
—¿Y si no cuela? —preguntó Balaguer.
—Entonces apretamos el cinturón —dijo JR—. Como siempre.
—José Ramón, el cinturón ya no tiene más agujeros.
—Entonces hacemos uno nuevo. —JR se levantó, fin de la reunión—. El club nació sin un euro, Federico. No se va a morir por una carta.
Salí del despacho con la carta en la mano —me la quedé yo; JR dijo «léetela, te afecta», y tenía razón de las dos maneras— y me fui a caminar por el pasillo de la grada.
El pabellón estaba vacío a esas horas, con la escuela de patinaje llegando a mediodía.
Miré la grada y conté, por primera vez en mi vida, con la cabeza de ella: mil doscientas butacas.
Ochenta mil euros. Sesenta y seis euros por butaca.
Si se llenaban doscientas más cada semana, el informe de exposición cambiaba.
Si el informe cambiaba, la clínica se quedaba.
Si la clínica se quedaba, el club respiraba.
Todo pasaba por las butacas. Todo pasaba, maldita sea, por la mujer de la carpeta.
Me quedé un rato más, mirando el hielo. Sebas pasaba la máquina, despacio, en su vuelta de las doce.
Me saludó con la mano sin parar el motor.
Pensé en pedirle consejo —Sebas daba consejo gratis y acertaba siempre— y no se lo pedí, porque ya sabía lo que me diría: que el hielo se arregla con agua y paciencia, y las cuentas, con lo mismo.
Todo el mundo en aquella nave hablaba el mismo idioma sin saberlo.
La única que lo hablaba con gráficas y titulares era ella, y por eso nadie la oía del todo: hablaba un dialecto distinto de la misma lengua.
Llevábamos cinco días sin hablar. Los diez minutos del miércoles quince —mañana— no estaban cancelados por ninguna de las dos partes, porque ninguna de las dos partes sabía cómo cancelar algo que nunca fue del todo oficial.
Las normas no contemplaban mi caso: no hay norma para «pedirle a tu padre que deje de ser tuyo».
El martes entrenamos como se entrena en las semanas malas: bien.
El equipo no sabía nada de la carta —JR decidió que no se comunicaba hasta tener la reunión—, y la racha de derrotas se combatía con trabajo, que es la única medicina que no caduca.
Raúl, en el pasillo del gimnasio, me leyó la carta por encima del hombro cuando la llevaba al vestuario. No la escondí: Raúl no era nadie.
—«Cláusula de riesgo» —leyó en voz alta, y se rio. Se rio de verdad, con esa risa de abuelo que ha visto tres décadas de oficinas—. Perdona. Es que llevo dos rodillas reconstruidas y nunca nadie me había puesto precio por escrito. Me siento valorado.
—Ochenta mil, Raúl.
—Ya. Y ¿sabes qué? Lo pagaría por ver la cara que pondrán cuando les enseñemos la grada de marzo. —Me devolvió el papel—. No te comas la carta, capitán. Las cartas no marcan goles.