Capítulo undécimo — Tres meses #3
Se fue con su paso económico de siempre, dejándome en la grada con la carpeta impresa y los dos cafés, uno de ellos intacto.
Esa misma tarde, Marta me encontró en el pasillo de las oficinas, sentada en el suelo con la espalda contra la pared, mirando la carpeta como si fuera una factura. Se sentó a mi lado sin pedir permiso, que era su manera.
—No sé qué ha pasado —dijo, y era verdad: no preguntó.
Marta nunca preguntaba; diagnosticaba—. Pero llevas la cara de un esguince mal curado.
Así que te doy el tratamiento estándar: hielo veinte minutos, elevación, y mañana valoramos.
Y una cosa más, de amiga, no de fisio: en este club todos los que parecen de piedra lo parecen porque en algún momento se rompieron delante de alguien. Cuídate.
Se levantó y se fue. Me quedé con la frase dando vueltas, fría y precisa como sus manos. Era la única persona del pabellón que aquella semana me habló sin elegir bando.
Me quedé hasta que se apagaron las luces del pabellón por sectores, sola, mirando el hielo vacío.
En la pantalla del portátil, el documento seguía abierto.
Lo arrastré a la carpeta «Por publicar».
Lo saqué. Lo volví a arrastrar. Fuera, en el polígono, las luces de las naves se iban apagando una a una, como un marcador al revés.
Abrí el gestor de contenidos. El reportaje cabía en un envío programado: título, texto, foto del chico del ochenta y nueve. El sistema me preguntaba fecha y hora. Dejé el campo de la hora en blanco.
En blanco, me dije. Mientras esté en blanco, no he decidido nada.
Y cerré el portátil con cuidado, como se cierra una caja de galletas en la que no hay galletas: sabiendo exactamente lo que hay dentro.
El jueves y el viernes fueron días de fingir.
El club entero olía la tormenta sin saber de dónde venía: Aitor y yo nos cruzamos dos veces en los pasillos y nos saludamos con la cabeza, correctos, glaciares.
Raúl nos observó una de esas veces desde la otra punta del pasillo y no dijo nada, que en él era una alarma de cuatro luces.
Eugenia me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, cansada.
Me trajo un café y un chocolate de la máquina, sin preguntar más.
Los becarios buenos son mejores psicólogos que los psicólogos.
El viernes por la noche, en casa, me senté delante del gestor de contenidos otra vez.
El campo de la hora seguía en blanco. Leí el reportaje entero una última vez, despacio, y lloré un poco, no sé bien de qué: de rabia, de cansancio, de orgullo de texto, de miedo.
Luego hice una cosa sensata: lo programé para «borrador», ni siquiera «pendiente de revisión».
Borrador. La palabra más inocente del mundo.
El sábado once de diciembre, segunda derrota seguida: cuatro a uno en casa de los Lobos, otra noche sin gasolina.
Viajé con la expedición y vi el partido con la libreta cerrada, como en La Cerdanya.
Aitor jugó su peor partido de la temporada, y cualquiera que supiera leer el hielo veía que no era de las piernas.
En el tercer periodo, una nada —un pase que no llegó, el disco rodando manso hacia la banda— le hizo hacer algo que no le había visto jamás: bajar la cabeza y quedarse quieto dos segundos, con el partido pasando a su lado.
El capitán no se quedaba quieto nunca. Aquel día, por mi culpa, se quedó quieto.
Y sin embargo —esto lo apunté, porque era el único dato bueno de la semana— la Grada Norte no se movió.
Perdiendo tres a uno en el tercer periodo, en una pista fría de provincias, los cuarenta siguieron cantando «Hielo en las venas» hasta la sirena.
Nadie se fue antes de tiempo. Nadie se fue nunca antes de tiempo, aprendí aquel invierno: la gente que canta con el tres a uno no viene al marcador, viene al escudo.
Eso también era un número, aunque no cupiera en mis gráficas.
El domingo doce, en casa, abrí la libreta y escribí el estado de la cuenta: «Semana 14: 3 meses sin cobrar entero.
2 derrotas. 1 columna de Feijóo. 1 reportaje terminado.
0 autorizaciones. Quedan 662 butacas por llenar y una sola manera rápida de llenarlas.
» Debajo, sin pensarlo mucho, añadí: «Nota para mí: las maneras rápidas son las que más cuestan. Lo sabes.»
Lo sabía. Lo escribí. Y aun así, aquella misma semana, cuando la carta llegó, olvidé todo lo que sabía.
Cierro este capítulo de mi memoria con la imagen exacta de aquel domingo por la noche: el radiador de mi piso haciendo su ruido de taladradora, la carpeta impresa encima de la mesa, y en la pantalla del portátil el gestor de contenidos con el campo de la hora en blanco.
En blanco. Me repetí la frase una vez más antes de dormir —mientras esté en blanco, no he decidido nada— y la creí, que es lo que uno hace con las frases que necesita creerse.
Diciembre iba a traer tres cosas: una carta con membrete de clínica, una pelea en un vestuario, y una noche en la que el campo de la hora dejó de estar en blanco. Pero eso ya es otra parte de la historia, la que todavía me cuesta escribir sin levantarme a por agua.