Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo décimo — Copa y cansancio #3
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Capítulo décimo — Copa y cansancio #3

No hice ninguna de las tres. Me quedé quieto, con la respiración medida, y cuando su cabeza por fin aterrizó en mi hombro —ligera, definitiva, con un pequeño suspiro de rendición— hice lo único que se me ocurrió que no estaba escrito en ninguna norma: me quité la chaqueta, despacio, centímetro a centímetro para no despertarla, y se la eché por encima.

El autobús siguió por la meseta, a cien por hora, y el sistema no colapsó.

El mundo no se enteró. El disco no salió del hielo.

Nada cambió en el marcador de nada. Eso fue lo peor: que funcionó.

Que el universo permitió aquella infracción sin pitar nada, y a mí me quedó claro, con una claridad de parte de nieve adversa, que las normas del vestuario eran un excelente sistema contra los periodistas y un sistema inútil contra esto.

Durmió dos horas. Yo no dormí ninguna. Me pasé esas dos horas mirando la carretera y sintiendo el peso de su cabeza en mi hombro como se siente un cambio de presión en la montaña: sin verlo, en los oídos, en los dientes.

Pensé cosas impropias de un capitán con cuota de descanso.

Pensé que olía a viaje y a tinta. Pensé que en Jaca, cuando la nieve cubre el camino, no desaparece el camino: solo te obliga a conocértelo mejor.

Y pensé, al pasar el cartel de Madrid, que ya no había camino que conocer: estaba en medio de él, con una periodista dormida en el hombro y diez normas que no servían para nada.

Cuando el autobús entró en el polígono, eran las dos y media de la madrugada.

El frío de la Pista Norte nos recibió con su acento habitual: gasoil, hielo y silencio.

El equipo fue bajando en fila, adormilado, con las bolsas al hombro y los «hasta mañana» murmurados.

Sebas, que había dejado el hielo listo antes de irse, había clavado en el tablón del vestuario una nota con chinchetas: «El hielo de mañana está bien.

Vosotros también lo estáis. Se os vio por la tele.

» Nadie la arrancó. Al día siguiente seguía ahí.

Sara se despertó con la frenada, se incorporó de golpe, se tocó el hombro —mi hombro, su mejilla, la prueba del delito— y me miró con los ojos todavía a medio abrir.

—Me he dormido.

—Dos horas.

—Esto no ha pasado. —Se alisó el pelo con las dos manos, recuperando la compostura como quien alinea una portada—. Oficialmente, esto no ha pasado. Y no cuenta como entrevista.

—No ha contado —confirmé.

Se rio. Bajo, con la risa de las dos y media de la mañana, que es la risa más sincera que existe. Me devolvió la chaqueta, oliendo a viaje y a su perfume mezclados, y bajó del autobús la primera, con el paso rápido de quien ya está redactando la coartada.

Yo bajé el último, por costumbre. Me quedé un momento en la puerta del pabellón, viendo cómo arrancaba su coche y desaparecía por la avenida del polígono, las luces perdiéndose entre las naves apagadas. El frío me entró por la camiseta y no me importó.

Pensé en las diez normas, escritas a mano en un folio que ella guardaba en la primera funda de su carpeta.

Diez muros. Uno por uno: no entra en el vestuario —nunca quiso—, no habla de los compañeros —nunca habló—, la vida privada no es contenido —la vida privada, maldita sea, había empezado a ser otra cosa—.

Todas las normas seguían en pie, intactas, firmadas por los dos. Y ninguna servía.

Porque las normas paraban a los periodistas.

Y aquella mujer había dejado de ser periodista en algún punto entre el café de las cinco de la mañana y el hombro de la madrugada, y yo no me había enterado de la fecha exacta, que es como se pierden siempre las fronteras: sin darse uno cuenta, en autobús, durmiendo.

Subí al coche. En el retrovisor, la Pista Norte se quedaba atrás, oscura, con el banderín descolorido moviéndose despacio. Mañana era lunes. Se entrena a las siete. El que llega a las siete y uno, calienta solo.

Conduje las primeras calles sin pensar en nada. Después, en un semáforo largo de la M-30, admití lo que llevaba semanas sin admitir: que los miércoles a las once y media ya no eran una norma que yo cumplía. Eran una cita que yo esperaba.

Y eso, en el parte meteorológico de mi vida, era el primer aviso de aludes.

En casa, los fisios dormían. Dejé la bolsa en la entrada, me serví un vaso de leche y me senté en la cocina a oscuras, con la chaqueta todavía puesta.

La chaqueta olía a ella. Ese detalle, de todos los de la noche, fue el que me pareció más peligroso: los olores no se archivan en ninguna norma, no se contestan con monosílabos y no caben en noventa segundos. Los olores se quedan.

Abrí la libreta de temporada. Escribí el resultado, la alineación, una línea sobre el partido.

Y al final de la página, después de pensarlo un rato, escribí otra cosa, sin comentarios: «Diciembre a la vista.

Faro, Lobos, Glaciares. Tres partidos. El equipo está cansado.

Cuidar la carga. Cuidar a Raúl. Cuidar el grupo. »

No escribí «cuidar lo otro». Para eso no había apartado en la libreta.