Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo décimo — Copa y cansancio #2
59%

Capítulo décimo — Copa y cansancio #2

El sábado, Logroño. La Copa concentraba semifinales y final en el mismo fin de semana, formato de torneo, ambiente de fiesta del hockey español: los cuatro equipos en el mismo pabellón, las aficiones mezcladas en los pasillos, los viejos del hockey saludándose como en una boda.

Nuestro rival: el Faro de Vigo, equipo de escuela gallega, rápido como un chubasco.

Los cuarenta de la Grada Norte volvieron a cruzar media España —esta vez con bufanda y bombo— y se colocaron detrás de nuestra portería del segundo periodo, que es el sitio que se elige cuando uno sabe de hockey.

Logroño me gustó desde que entramos al pabellón.

Olía a hockey de verdad, a torneo de los de antes: palos apilados en los pasillos, críos con camisetas de cuatro equipos pidiendo autógrafos, y ese murmullo de pabellón lleno que no se apaga ni en los descansos.

Antes de nuestro partido vimos la otra semifinal desde la grada, disfrazados de público.

Me fijé en Sara, dos filas por delante con la libreta: no miraba el partido, miraba la grada.

Sacaba fotos a la gente, a los carteles, al tenderete de merchandising.

La vi hablar con un voluntario del torneo apuntando algo.

Aquella mujer no descansaba ni de turista: todo lo que veía lo convertía en lección para la Pista Norte.

Me pregunté cuándo dormiría. Me contesté: en el autobús, contra la ventanilla. No acerté del todo.

En el pasillo, antes del calentamiento, la oí hablando con Raúl. Él le había soltado no sé qué sobre la épica y ella le contestó, señalándose con el dedo:

—Se lo dije yo primero. El miércoles le pedí algo épico y me dio una frase de manual. Las frases épicas de este hombre son accidentes de tráfico: ocurren sin querer y hay que peritarlas.

Raúl se desternilló. Yo pasé de largo con la cara de no haber oído nada, que es una cara que me sale bien. Pero la apunté en la libreta invisible, la mía, la que no enseño a nadie: la de prensa empezaba a conocer mis accidentes mejor que yo.

El partido fue el mejor que jugamos en toda la temporada y lo perdimos.

Así de simple y así de injusto. Dominamos el primero —dos a cero, goles de Tata y de un juvenil que vio la puerta del cielo—, ellos remontaron en el tercero con dos goles de escuela —pase, pase, pase, puerta—, y la prórroga fue una ruleta de veinte minutos donde cualquier disco podía ser el último.

Lo fue uno suyo: un tiro lejano, un rebote en el tráfico delante de Iván, y el disco besando la red por única vez en la noche. Cuatro a tres. Adiós a la final.

Del segundo periodo guardo otro recuerdo, de los que no salen en las estadísticas.

El Faro apretó entonces, con su escuela de pase, y nos tuvo cinco minutos encerrados.

Raúl, que estaba en cuota, pidió pista sin mirar a Marta, salió, y ordenó la defensa como un guardia de tráfico: tres bloqueos, dos discos sacados a palo seco, y una bronca cariñosa a un juvenil que se había ido de posición.

Cuando volvió al banco, Marta le enseñó el cronómetro sin decir nada.

Él le enseñó el marcador, también sin decir nada.

Dos formas de querer al equipo, discutiendo en silencio a través de la banda.

Yo entendí a las dos. El capitán vive exactamente ahí: entre el cronómetro y el marcador, intentando que se lleven bien.

Hubo un minuto, eso sí, que guardo de aquella noche por encima del resultado.

A falta de cuatro para el final del tercer periodo, con el empate a tres y el partido en vilo, gané un face-off en su zona, el disco llegó a Kuba en la línea azul y su tiro salió rozando el poste exterior.

Todo el pabellón —los cuarenta nuestros y los cuatro mil de ellos— hizo el mismo sonido al unísono, ese «oooh» que solo saben hacer las gradas que aman de verdad un deporte.

Ahí estuvo la final. A tres centímetros.

El hockey es así: los títulos se miden en centímetros y se cuentan en inviernos.

No hay consuelo para las prórrogas perdidas.

Hay protocolos: darse la mano, aplaudir a la grada, ducharse.

En el túnel, Vicho me agarró del brazo y dijo: «Esto, Mendoza.

Esto es lo que somos. Que no se os olvide cómo se ha sentido jugar esto.

» Raúl había jugado treinta y un minutos —se pasó uno, y Marta se lo recordó con una ceja levantada desde la banda durante todo el último cambio— y se duchó el último, sentado, mirando al frente con la cara de quien está haciendo inventario del cuerpo pieza por pieza.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Viejo —dijo—. Pero contento. Se puede estar viejo y contento, Aitor. Pregúntaselo a cualquier piedra.

JR vino al vestuario antes de que saliéramos al bus. No habló del resultado. Se quedó un rato mirándonos, con las manos en los bolsillos, y luego dijo, con esa calma de monumento que gasta:

—Hoy he visto a mi equipo jugarle de igual a igual a uno de los cuatro mejores del país. El hielo no perdona… pero tampoco se queda con nada. Todo lo que le das, lo apunta. Vosotros le habéis dado esta noche una de las buenas. Descansad.

Se fue. Raúl, desde su banco, dijo en voz baja: «Esto era mejor que ganar la liga de segunda, ¿no?» Nadie le contestó, pero todos pensamos lo mismo: sí. Jugar así y perder valía más que las catorce victorias del año anterior juntas.

El viaje de vuelta fue de noche cerrada.

El equipo se durmió en masa a la salida de Logroño, doblados en sus asientos como sacos de material.

Yo me quedé despierto, como siempre, mirando la autopista.

Sara subió al autobús de la organización con nosotros —había hecho el viaje con la expedición para cubrir el torneo— y se sentó tres filas por delante, junto a la ventanilla, con el portátil cerrado sobre las rodillas.

Llevaba dos días durmiendo cuatro horas; la había visto editar el resumen del partido en el pasillo del pabellón mientras el equipo cargaba el bus.

Antes de arrancar, la vi terminar la crónica del torneo en la escalinata del pabellón, con el abrigo hasta las orejas y la pantalla iluminándole la cara.

Publicó algo que leí después, en el hotel de la madrugada: «El Árticos no jugará la final.

El Árticos jugó la mejor semifinal de su vida.

Quedaos con el dato que prefiráis: nosotros nos quedamos con el segundo.

» Debajo, cientos de comentarios de la gente de siempre y de gente nueva: aficionados del Faro felicitando al equipo, gente de Logroño diciendo que volviéramos.

Ella cerró el portátil, se subió al bus y saludó con una mano cansada.

Félix, el conductor zamorano, le guardó el asiento de detrás del suyo «para la señorita de los vídeos».

Ella le dio las gracias con la última sonrisa que le quedaba y se dejó caer junto a la ventanilla.

A la altura de Burgos, su cabeza empezó a caer. Primero hacia delante, con esos tirones de quien se resiste: se despertaba, se enderezaba, miraba la pantalla apagada del móvil, volvía a caer. Después, poco a poco, hacia un lado. Hacia mi lado.

El hombro izquierdo, pensé. La norma cero, la de verdad: no hay contacto con la prensa. La norma uno, dos, tres, todas. El protocolo era sencillo: toser, moverse, despertarla con educación de árbitro.

Miré alrededor. El bus entero dormía. Raúl roncaba suave dos filas atrás.

Vicho, en el asiento delantero, tenía la cabeza echada hacia atrás con la boca abierta, despojado por fin de su cargo de prefecto de la meseta.

Nadie veía nada. No había testigos, no había zona mixta, no había partido.

Solo una mujer agotada inclinándose por gravedad hacia el único hombro disponible del autobús.