Capítulo décimo — Copa y cansancio
La semana de la Copa llegó con el calendario torcido: partido entre semana en León, vuelta a casa de madrugada, y el sábado otra vez en carretera hacia Logroño.
Los equipos grandes llaman a esto «congestión de partidos» y le echan médicos y analistas.
Nosotros lo llamábamos «la semana esa», y le echábamos riñones.
El lunes, antes de nada, Vicho nos hizo ver el vídeo de La Cerdanya. Entero. Los siete goles, uno a uno, con el vestuario en silencio de funeral. Yo pensé que iba a ser una tortura y resultó ser otra cosa: un examen de lectura. Al quinto gol, Vicho paró la imagen.
—Miradlos —dijo—. No corren. Nos corren a nosotros.
El hockey de verdad es esto: hacer que el otro gaste las piernas en lo que tú quieres.
—Apagó la pantalla—. No somos peores que ellos.
Somos más pobres de banquillo y más nuevos de todo lo demás.
La pobreza se cura trabajando; la novedad, jugando.
Esta semana hay dos partidos. A por los dos.
La charla surtió el efecto de siempre: el equipo salió de la sala con la cara lavada. A mí me quedó una espina, eso sí, y se la dije a Vicho en el pasillo: el turno de dos minutos, la duda del patín. Se la conté como se cuentan las averías: sin adornos.
—¿Y qué vas a hacer con eso? —me preguntó.
—Entrenarlo.
—Eso. —Me dio un golpe en el hombro—. Los capitanes que nunca dudan son estatuas, Mendoza. Las estatuas no ganan face-offs.
Me quedé aquella semana con la frase en el bucle: estatuas.
No sé qué me dolió más de La Cerdanya: el marcador, el quiebro de Ferrer o la duda.
El marcador se olvida; el quiebro se estudia; la duda es la única que hay que desalojar a diario, como la nieve de la entrada.
Empecé a llegar al entrenamiento veinte minutos antes todavía, a ganar face-offs contra el aire.
Sebas me observó dos mañanas desde la banda, con la manguera en la mano, y a la tercera me dijo: «El disco no tiene la culpa, chaval.
» Le dije que lo sabía. «Pues trátalo como si lo supieras», dijo, y volvió a su hielo.
El lunes, Marta reunió a los cuatro veteranos —Raúl, Tata, Kuba y yo— en su consulta con una pizarra pequeña y la cara de las noticias impopulares.
—Carga de la semana —dijo, y escribió en la pizarra: dos partidos, ochocientos kilómetros de bus, un día de recuperación—. Traducción: alguien va a pagar esto con el cuerpo. Mi trabajo es elegir quién no lo paga. Raúl, tú primero: rodilla izquierda, cuota de minutos.
—¿Cuota? —Raúl se incorporó en la silla, ofendido como solo se ofenden los abuelos—. ¿Desde cuándo los minutos se racionan, Marta? Esto no es la posguerra.
—Desde que tu menisco tiene más kilómetros que el autobús. —Le enseñó la tabla—. Veinticinco minutos en León. Los que aguantes en Logroño, que no serán más de treinta. Y hielo de recuperación mañana, sin discusión.
—Marta.
—Raúl. —Se quitó las gafas—. Te conozco desde hace tres años. Sé que si te dejo juegas sesenta minutos con una pierna y luego te pasas diciembre cojeando. No pienso pasar diciembre escuchándote decir «no es nada» en la sala de recuperación. Cuota. ¿Firma o imposición?
—Imposición —gruñó Raúl—. Que quede constancia de que protesto.
—Queda. —Anotó algo—. Protesta registrada y archivada en la carpeta de protestas que no leo.
Yo la miraba trabajar con esa admiración que da la gente que no negocia con nadie.
Marta gestionaba nuestros cuerpos como Sebas gestionaba el hielo: con un parte diario, sin romanticismo, y con la certeza de que todo lo que no se cuida se paga en marzo.
Despachó después a Kuba —lumbares vigilados, gimnasio adaptado— y a Tata, que intentó colar un catarro como «alergia al polen de noviembre» y salió de la consulta con jarabe y prohibición de hacer el payaso en el hielo hasta el miércoles.
A mí me tocó la última revisión: rodilla estable, gemelos cargados, recomendación de dormir más, que era su recomendación de siempre y mi asignatura pendiente de siempre.
—Y tú, capitán —dijo al final, cerrando la carpeta—, baja una marcha en los entrenamientos de esta semana. Llevas desde septiembre a mil por hora. Los motores también tienen cuota.
—El ejemplo se da yendo a mil por hora.
—El ejemplo se da llegando a marzo. —Me miró por encima de las gafas—. Cada uno da ejemplo de lo que puede. Tú das ejemplo de todo, y eso, créeme, es un déficit de gestión.
Al salir, Raúl me agarró del brazo en el pasillo.
—Tú eres el capitán. Dile algo.
—Ya está dicho —le dije—. Y tiene razón.
—Traidor.
—Abuelo.
Nos separamos riendo. Por dentro pensaba lo mismo que él: que los minutos no se racionan. Pero el capitán no puede pensar eso en voz alta, porque el capitán también es el hombre que en marzo tendrá que llevarse a la gente entera a la guerra, y los soldados con las rodillas rotas no guerrean.
El miércoles por la mañana, antes del viaje, tuve los diez minutos con Sara.
Se los pasé a jueves por el partido, y ella lo aceptó sin poner el gesto de reproche que yo esperaba; solo dijo «el jueves en el bus no, el jueves en Logroño», y así quedó.
Noté que la semana torcida la tenía a ella también al límite: ojeras, el café doble, la carpeta abultando el doble.
Le pregunté si dormía. Me contestó: «Duermo en marzo», y me pidió una declaración para la previa de la Copa.
—Diga algo épico, capitán.
—La Copa se juega para ganarla.
—Eso no es épico, eso es evidente.
—La épica se juega. No se dice.
Se quedó mirándome, y escribió algo en su libreta invisible.
Después publicó la previa con ese titular: «La épica se juega.
» Me enteré por Raúl, que me la enseñó riéndose: «Te está convirtiendo en filósofo y ni te das cuenta.
» Me encogí de hombros. Por dentro —esto no se lo dije a nadie— me sentó bien.
Que alguien convierta tus frases en titulares es una invasión; que sea ella, empezaba a ser otra cosa que no tenía nombre en mi cartografía.
El miércoles, León. El Koldsan es un equipo duro, de choque, y su pista una nevera con vocación de congelador.
Copa a partido único: se gana o se va uno a casa, y nosotros no habíamos ido a casa todavía en ninguna competición.
Vicho nos dio una charla de cuatro frases: «La Copa es el torneo de los humildes.
Los grandes la miran de reojo. Nosotros no somos grandes. Adelante.»
El viaje de ida fue corto y silencioso a la manera de los días de partido entre semana: cada cual con sus rituales, los auriculares puestos, las botas de cada uno oliendo a vestuario de siempre.
Sara viajó con la expedición haciendo su crónica del día: la vi en una parada entrevistando al conductor del autobús para un vídeo de «la gente que mueve al equipo».
El conductor, un zamorano de sesenta años llamado Félix, le contó emocionado que nunca había salido en internet.
Al llegar a León ya tenía trescientos seguidores nuevos, todos zamoranos.
Así trabajaba ella: no dejaba persona sin historia ni historia sin publicar.
Ganamos cuatro a dos. Partido de barro: ellos marcaron primero, empatamos en el segundo con un gol de Tata que olió a ferretería de principio a fin —rechace, segundo esfuerzo, disco al fondo con las manos sucias—, y en el tercer periodo el fondo físico dijo la suya.
Brett marcó dos, uno de ellos una cabalgada de setenta metros que le dejó sin aire para celebrarlo.
Iván cerró la noche con una parada imposible a puerta vacía que ni él se explicó.
Cuando sonó la sirena, Raúl, que había jugado exactamente veinticinco minutos —Marta en la banda con el cronómetro como una prefecta—, me miró desde el banco y levantó el pulgar: la cuota había funcionado.
Yo jugué menos de lo habitual también, por orden conjunta de Vicho y Marta —«cuota de capitán», la llamó ella, con esa sonrisa clínica que no admite apelación—, y descubrí que ver el tercer periodo desde el banco, con el partido ganado, era una experiencia nueva: se veía el equipo.
No los jugadores: el equipo, esa cosa que se mueve sola cuando está bien engrasada.
Raúl ordenando la salida, Brett arrastrando defensas, los juveniles cumpliendo.
Estuve a punto de decírselo a alguien. No se lo dije a nadie.
Los capitanes guardamos esas cosas para la libreta.
«El Autobús», en el viaje de vuelta, echó espuma:
«Eugenia: SEMIFINALES. SEMI. FINALES. Tata: [tornillo] [tornillo] [tornillo] [tornillo] Brett: [nota de voz — 0:11] Raúl: nadie la ponga en altavoz que llevo dos horas durmiendo Iván: tarde Kuba: En Chequia las copas se ganan en silencio. Eugenia: kuba tu silencio se oye desde madrid»
Nos reímos hasta Ávila. La diferencia con el autobús de La Cerdanya —aquel silencio de veintitrés tíos apagados— la notaba hasta el conductor.
El jueves y el viernes fueron de administrar gasolina.
Entrenamientos cortos, piscina, vídeo del Faro.
Marta tenía la consulta con cartel de completo: hielo para unos, gimnasio suave para otros, y a Raúl directamente le prohibió pisar la pista el jueves, que para él fue como prohibirle respirar.
Se pasó la sesión en la grada, con el termo, haciendo comentarios de entrenador.
—¡Ese pase, no! ¡La banda! —gritaba.
—¡Raúl! —le gritó Vicho desde el hielo—. ¡El que entrena soy yo!
—¡Pues entrénalos mejor, que llevan dos salidas mal!
El vestuario entero se rio, Vicho incluido. Esas son las sesiones que no salen en los informes de carga y que valen más que todas las proteínas del mundo.
Yo aproveché el jueves para dormir. Nueve horas. Marta me mandó un mensaje: «Veo que al final el capitán sabe leer.» Le contesté con un emoji, el primero que le mandaba a nadie en meses: un pulgar. Me contestó con una receta de tila. Así se comunica el departamento médico.