Capítulo undécimo — Tres meses
El lunes veintinueve de noviembre, la gestoría me escribió por tercera vez.
El correo era de una cordialidad impecable: «Estimada Sara, en relación a la mensualidad de noviembre, nos vemos en la obligación de proponerte un nuevo escalonamiento…
» Lo leí en el cubículo, con el café de máquina enfriándose, y no hizo falta que hiciera la cuenta porque la llevaba hecha desde hacía días: septiembre, escalonada; octubre, escalonada; noviembre, escalonada.
Tres meses. Noventa días de nómina que era más una promesa que un número.
Fui a ver a la señora de la gestoría en persona, porque las noticias malas hay que mirarlas a la cara. Me recibió en la sala de administración —la de la luz que se apagaba antes— con una infusión y una franqueza que le agradecí de verdad.
—Yo aquí solo apunto números, hija —me dijo—.
Pero te voy a decir lo que veo: el club tiene un problema de calendario, no de fondo.
El patrocinio grande entra en enero. La taquilla sube cada semana.
Si aguantáis hasta enero, esto se arregla.
Si no aguantáis… —Se encogió de hombros—.
El señor Echarri vendió su coche el año pasado para pagar el hielo de febrero. Esto no lo sabes tú por mí.
No lo supe por ella. Lo apunté en el sitio donde se apuntan las cosas que no se publican nunca.
Esa noche, en mi piso, abrí la aplicación del banco y miré la página de la transferencia del alquiler.
La miré mucho rato. El casero me conocía, me aguantaba, pero «me aguantaba» no era un plan financiero.
Hice la operación, programé la transferencia para el día primero y me quedé con el dedo encima del botón de confirmar unos segundos más de los necesarios.
Confirmé. Quedaban en la cuenta el dinero del metro, la comida y cero imprevistos.
Y me quedé. Lo escribo aquí porque fue una decisión, no una inercia: aquella noche decidí, con la página del banco delante, que no me iba.
Podía haber mandado tres currículos antes de cenar —los tenía en borradores, actualizados, uno para una agencia de comunicación y otro para un club de balonmano que sí pagaba—.
No los mandé. Pensé en las quinientas treinta y ocho personas del último partido en casa, en el bombo de Quino, en el vídeo de Tata, en mil doscientas butacas esperando.
Y pensé: esta es la apuesta. Todo periodista tiene una: el tema al que le juega la carrera.
La mía eran mil doscientas personas y un equipo que no podía pagarme. Que nadie diga que no apostaba fuerte.
Al día siguiente se lo conté a la única persona del club que podía entenderlo sin explicaciones: Eugenia. No lo del sueldo —eso lo sabía ella mejor que yo, becaria con la beca también escalonada—, sino lo de quedarse. Estábamos imprimiendo carteles para el partido del sábado y me salió solo:
—Yo me quedo hasta el final de la temporada, pase lo que pase.
Eugenia dejó la impresora un momento y me miró con sus veinticinco años enteros.
—Yo también —dijo—. Aunque me tengan que pagar en entradas.
—No lo permitiré.
—Ya lo sé. Por eso me quedo.
Nos dimos un choque de manos que valía como contrato. En los clubes pobres, los contratos de verdad se firman así, junto a una impresora.
Lo que no sabía aquella noche es que diciembre iba a cobrar todas las apuestas a la vez.
El equipo llegaba fundido. La Copa había sido hermosa y cara: dos viajes, una prórroga, y las piernas de los veteranos pidiendo tregua en un calendario que no daba ninguna.
El sábado cuatro de diciembre, en Vigo, se notó desde el primer periodo.
El Faro nos ganó cuatro a dos haciendo lo suyo —pase, velocidad, escuela— y nosotros haciendo lo que se puede cuando el depósito está en reserva: corazón, oficio, y poco más.
Iván volvió a sostenernos en el partido una hora.
Raúl jugó con la cuota de Marta y una cara de dolor que disimulaba con bromas, que es como disimulan los abuelos.
El viaje a Vigo fue el más largo de la temporada: seis horas y media con niebla.
Yo fui con la expedición trabajando la mitad del camino y mirando por la ventana la otra mitad.
Galicia en diciembre es un color: verde oscuro, como la base de un vaso.
Pensé en las cuentas del club todo el trayecto —era mi nueva afición, la más triste de todas—: la taquilla no llegaba, el patrocinio de la manga no reportaba clics, la nómina escalonaba.
Y sin embargo, allí estábamos: un autobús, veintitrés jugadores, una becaria y yo, cruzando España como si fuéramos un club de verdad.
Quizá ser un club de verdad consistiera exactamente en eso: en seguir cruzando España con la cuenta temblando.
En el partido, Tata marcó el único gol bonito de la noche —uno de los suyos, de segundo palo y caricia— y lo celebró señalando al cielo: su padre cumplía años.
Lo supe por Eugenia, que lo sabía todo por «El Autobús».
Hasta en las noches malas, aquel equipo tenía gestos que no se compraban con dinero.
Yo los coleccionaba para los días peores.
No sabía que los días peores estaban a ocho días.
El autobús de vuelta de Vigo fue el más triste desde La Cerdanya. No por la derrota —las derrotas ya sabíamos administrarlas— sino por el cansancio: un cansancio colectivo, denso, de final de trimestre. «El Autobús» apenas se movió. Eugenia subió una foto de la ría y ni los emojis respondieron.
El martes siguiente salió la columna de Feijóo.
Me avisó Ismael, del diario de barrio, con un mensaje seco: «Lo siento. Ha salido esto.» Era el diario deportivo grande, sección de opinión, firma: Gonzalo Feijóo. Titular: «El Ártico se derrite.»
«El cuento de hadas del hockey madrileño toca su fin, como todos los cuentos: con las luces encendidas y la cuenta sin pagar.
El Árticos de Madrid, ese equipo entrañable de ferreteros y vídeos emotivos, lleva dos derrotas consecutivas y, lo que es más significativo, sigue sin llenar ni la mitad de su pista.
Cuatrocientas personas, en la capital de España, para un deporte que se quiere profesional.
Los números cantan: la grada habla y dice que en Madrid el hockey es un hobby con buen marketing.
Algún día habrá que decirlo sin música de fondo: esto no es un proyecto deportivo, es un contenido viral con patines. »
Lo leí tres veces, cada vez más despacio, que es como se leen las bofetadas.
«Contenido viral con patines.» Escribía de mí, no del equipo: el equipo era el pretexto; la diana era yo, mi vídeo de Tata, mis números, mis cuatrocientas personas.
Feijóo no perdonaba dos cosas: que me hubiera ido bien sin él, y que lo hubiera hecho con el material que él consideraba basura sentimental.
La columna era buena, ese era el problema. Feijóo escribía veneno con caligrafía.
Eugenia llegó al cubículo con los ojos rojos.
—Esto es mentira —dijo—. ¿Verdad que es mentira?
—No, Eugenia. Es opinión. La opinión no es mentira: es peor, porque no se puede rectificar.
—¿Y qué hacemos?
—Trabajar. —Le pasé el calendario de la semana—. Las columnas se contestan los sábados. En la grada.
Lo dije con más convicción de la que tenía. Por dentro, la frase «la grada habla» me había entrado como una astilla: era mi frase, mi contabilidad sagrada, convertida en arma. Feijóo sabía dónde apretaba. Los que te conocen de la redacción siempre saben dónde apretar.
La columna corrió más que cualquier otra cosa escrita sobre nosotros.
Así funciona el ecosistema: el cariño se comparte en los grupos de WhatsApp y el veneno en las portadas.
El miércoles por la noche, el hilo de comentarios de la columna era un mitin: aficionados del hockey de toda España defendiendo al club, gente de Madrid diciendo que cuatrocientas personas en un polígono eran más meritorias que cuatro mil en un pabellón, y los trolls de siempre pidiendo que «el hockey se juegue donde se juega».
Quino escribió, con su cuenta de tres seguidores y su nombre entero: «Llevo cuarenta años viendo hockey en Madrid.
Usted no sabe lo que dice. Nosotros sí. El sábado cantaremos.
» Lo fijó la Grada Norte en su cuenta. Mil compartidos.
En el club, la reacción oficial fue la que me enseñó JR en su despacho, con las manos juntas sobre la mesa:
—No respondemos. Los columnistas se alimentan de respuestas. —Me miró—. Te ha dolido. Lo sé. Se nota en cómo andas.
—Es profesional.
—Es personal, Sara. Y está bien que lo sea.
—Se levantó y me acompañó a la puerta—. Cuando me retiré yo, un periódico escribió que había sido «un jugador de otro tiempo, simpático y prescindible».
Me lo aprendí de memoria. Aún me lo sé. Pero el equipo que fundé después lleva mi nombre, no el suyo. Trabaja.
Trabajé. Esa semana publiqué tres piezas buenas: la crónica de Vigo, un vídeo de la escuela de patinaje visitando el entrenamiento —niños de seis años patinando con gigantes, oro puro— y una entrevista con Iván sobre los porteros y la soledad que él tituló, sin querer, mejor que yo: «La portería es el sitio donde nadie quiere estar hasta que estás.
» Ciento ochenta mil visualizaciones entre las tres.
Los números cantaban también, solo que cantaban otra canción.
Tata me cazó aquella semana en la puerta del vestuario, toalla al cuello, con su cara de perro bueno preocupado.
—Oye, lo del periódico ese. —Se rascó la nuca—. No le hagas ni caso. Mi suegra dice que los que escriben mal de los demás es porque en su casa no les quieren. Palabra de suegra.
—Tu suegra es una sabia, Tata.
—Lo es. Dura, pero sabia. —Bajó la voz—. Y otra cosa: si en el vestuario te podemos ayudar en algo, dilo. Tú nos sacas guapos en los vídeos; nosotros te debemos una. Así funciona la ferretería y así funciona esto.