Primera línea (Los del hielo 1) Capítulo noveno — La noche del hotel
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Capítulo noveno — La noche del hotel

No bajé al lobby a buscarle. Que conste en acta: bajé porque la habitación trescientos cuatro tenía un radiador que sonaba como la taladradora de mi despacho, porque Iván roncaba dos puertas más allá con una regularidad que atravesaba tabiques, y porque llevaba tres horas mirando el techo haciendo lo que hago cuando no puedo dormir: redactar titulares de la derrota y descartarlos todos por inútiles.

«El Árticos cae con honor» —mentira, no hubo honor en el segundo periodo.

«Lección del campeón» —tóxico, suena a rendición.

«Uno a siete: el precio del espejo» —ese me gustó, pero era para mí, no para publicar.

El día había empezado bien, qué ironía. El autobús de la Grada Norte salió de la Pista Norte a las siete de la mañana y yo bajé a despedirlo con café en mano: cuarenta personas, una pancarta doblada con mimo de bandera y Quino repartiendo bocadillos envueltos en aluminio como un intendente de campaña.

«Doce horas de ida y vuelta para ver cómo nos ganan», me dijo.

Le dije que no estaba escrito. Me miró con los ojos de un hombre que ha visto perder al Madrid, al Atleti y a tres generaciones de equipos de hockey: «Todo está escrito, niña. La gracia está en ir igual.»

En la pista, antes del partido, hice mi trabajo: fotos del calentamiento, el vídeo de la llegada, la previa de última hora.

Mil ochocientas personas llenando aquella pista moderna y caliente, y yo contando, no pude evitarlo: era el aforo que yo quería para nosotros, puesto delante de mis ojos como una maqueta.

Le mandé una foto a Eugenia —se había quedado en Madrid— con el texto: «Objetivo: esto.

» Me contestó con tres cohetes y un «paciencia, jefa».

Después vino el partido. Ya está escrito en otra parte: el aguantar, el alud, los dos minutos de la primera línea atrapada en su zona, los siete goles, los cuarenta de la esquina cantando con el uno a siete.

Yo lo vi desde la zona de prensa con la libreta cerrada.

No apunté nada. Por primera vez en mi vida profesional, no quise registrar lo que veía, como si no escribirlo pudiera hacerlo menos cierto.

A la una y pico me vestí y bajé con el portátil, pensando que adelantaría el informe semanal en el bar cerrado. Y ahí estaba él.

El capitán del Árticos de Madrid, solo en un hotel de montaña a la una de la madrugada, sentado en un bar con las sillas sobre las mesas, mirando la pantalla del móvil apagada como si fuera el marcador de otro partido.

No levantó la vista cuando se abrió el ascensor.

Supe después que sabía que era yo porque el ascensor hacía un ruido concreto y él memorizaba los ruidos, igual que memorizaba los face-offs.

Dudé. Lo negaré si me lo preguntan, pero dudé: la norma seis —las noches de derrota se habla del partido, solo del partido— me daba permiso para girarme y volver a la 304.

Lo que me paró no fue el instinto de periodista.

Fue la espalda. Esa espalda que yo ya reconocía entre mil, recta incluso de noche, sosteniendo sola el uno a siete, con la entereza de quien carga una mochila que le correspondiera a ella por contrato.

Crucé el lobby. Me senté frente a él. Y oí que mi voz decía, sin que yo la hubiera ensayado:

—Tengo diez minutos. Puedes hablar del tiempo.

Me salió solo. La norma once al revés: sus diez minutos semanales, devueltos en especie, a su hora bruja.

Me miró, y en la mirada hubo algo que no le había visto nunca: no el muro, no el temporizador.

Cansancio. El cansancio de un hombre que ha estado aguantando una cuesta todo el día y por fin se sienta en la cuneta.

—En Jaca —dijo—, cuando nieva de noche, no se oye nada. Absolutamente nada. Es el único silencio que no pesa.

Y yo, que había bajado con el cerebro lleno de titulares, me callé.

Cualquier jefa de sección habría cortado aquello por falta de actualidad. Eran las tres de la mañana y yo me callé.

No voy a transcribir la conversación entera.

Primero, porque duró más de dos horas y no hay libreta que aguante.

Segundo, porque una parte de mí decidió, en algún momento de la noche, que aquello no era un reportaje sino una confidencia, y las confidencias no se transcriben: se custodian.

Esto último es importante, y ruego al lector de mi memoria que lo subraye: yo decidí que no era material.

Decidirlo fue fácil. Lo difícil vino después, cuando otro día, en otra circunstancia, decidí lo contrario.

Él habló primero del tiempo, de verdad: de la nieve que caía fuera, de los partes de montaña, de que su abuelo le enseñó a leer el cielo antes que las cartas. Y luego, sin transición, como quien baja un puerto y deja la bici correr, empezó a hablar de su padre.

—El segundo gol de hoy —dijo— lo he fallado yo.

No en el hielo. En la cabeza. He visto a Ferrer y durante medio segundo no he visto al jugador: he visto la respuesta.

Este equipo necesita que yo no vea respuestas, que vea discos.

—Hizo una pausa larga—. Mi padre era mejor que Ferrer.

Mucho mejor. Lo dicen todos los que le vieron. Yo no le he visto jugar nunca.

Me lo dijo mirando el portátil cerrado. Yo tenía la foto del chico del ochenta y nueve en la carpeta de mi ordenador, a dos palmos de su codo, y el titular «El último invierno de Adolfo Mendoza» en una página pendiente de autorización, y sentí el peso físico de aquello como se siente una piedra en el bolsillo del abrigo. No dije nada. Que hablara la piedra.

—Se retiró a los veinticuatro. Lesión de rodilla, dicen los papeles.

—Dijo «los papeles» con una media sonrisa sin alegría—.

Desde aquel día, en mi casa no se habla de hockey.

Nunca. Ni una foto, ni una camiseta, ni un «¿qué tal el partido?

». Mi madre viene a verme a Madrid y vuelve a Jaca y le dice «bien», y eso es todo el resumen deportivo de mi familia desde que yo tengo uso de razón.

Él no ha pisado un pabellón en casi cuarenta años. Ni el mío. Ninguno.

—¿Ni cuando eras niño?

—Ni cuando era niño. —Por primera vez me miró—.

Aprendí a patinar con un entrenador que me recogía en coche porque mi madre trabajaba y mi padre…

mi padre no podía. Esa es la versión oficial: no podía.

Tenía la tienda de deportes del pueblo, cosas que hacer.

Yo me lo creí hasta los doce. A los doce encontré un recorte de periódico en el desván y entendí que no era que no pudiera. Era que le dolía.

El radiador del bar hizo un ruido. En algún sitio del hotel, una puerta se cerró con suavidad. Aitor siguió, despacio, con esa voz plana que usaba para los partes y que aquella noche sonaba distinta: como un río bajo el hielo.

—A los doce años uno no entiende de dolores ajenos.

Entiende de traiciones. Yo entendí que el hockey era algo que había que esconder.

Entrenaba y decía que iba a estudiar a casa de un amigo.

Mi madre lo sabía, claro. Las madres siempre lo saben.

Mi padre… nunca preguntó. Un día, con quince, me ofrecieron la beca de Canadá.

Se lo dije en la cena. Mi madre lloró de alegría.

Él dejó el tenedor, se levantó, y se fue a ver la tele.

No dijo que no. Nunca ha dicho que no a nada de esto.

Simplemente no dice nada, que es una manera de decir que no que no se puede discutir.

—¿Y se fue?

—Me fui. A los dieciséis, con una maleta y dos pares de patines.

Mi madre lloró en la estación. Mi padre no fue a la estación.

Fue a llevar el coche, eso sí. Me dejó en la puerta y se quedó dentro.

—Se frotó las manos, como si le dieran frío de repente—.

Me enteré después, por mi madre, de que de vuelta a casa apretó el volante todo el camino.

Eso es todo lo que sé de lo que mi padre piensa de mi carrera.

Veintinueve años, cuatro países, cientos de partidos, y toda la información que tengo es un hombre apretando un volante.

—¿Sabes lo que es crecer siendo bueno en algo que tu padre no puede mirar?

—No esperó respuesta—. Es jugar todos los partidos a dos bandas.

La del pabellón, que es la fácil, y la otra, la de casa, que es un partido que no termina nunca.

Yo no juego contra La Cerdanya, Sara. Juego la prórroga de la temporada que él no terminó.

Todos los sábados. Llevo dieciséis años jugando la prórroga de otro.

Ahí debería haber dicho algo inteligente. No dije nada. Le puse la mano encima de la suya, que estaba cerrada sobre la mesa como un puño dormido, y la dejé quieta tres segundos, y la retiré, porque no sabía si eso estaba permitido en ninguna de las once normas, ni escritas ni por escribir.

Él inspiró hondo, como sale del agua un nadador.

—Tu turno —dijo—. La norma once no dice quién habla. Dice que se puede hablar del tiempo.

—¿Mi turno de qué?

—De la prórroga que juegas tú.

Ese hombre. Ese hombre que medía las entrevistas en segundos y hablaba en comandos, llevaba dos semanas aprendiendo a hacer preguntas conmigo sin que se notara, y acababa de hacer la única que nadie me hizo en nueve meses.

Ni mis amigas. Ni mi madre. Nadie me había preguntado qué partido estaba jugando yo.

Se lo conté todo. La redacción, la cartera de minoritarios que nadie quería, el orgullo de cubrir lo que nadie cubría.

Le conté que mi primer artículo firmado fue sobre un campeonato de España de lucha olímpica en una nave de Alcobendas, con cuarenta espectadores y un campeón de sesenta y dos kilos que lloraba con la medalla.

«Escribí que el deporte que nadie ve se juega igual de entero.

Me lo publicaron en la página cuarenta y dos, junto al horóscopo.

Lo recorté. Lo tengo en una carpeta, como Sebas con sus revistas.

» Él sonrió a lo de Sebas, una sonrisa pequeña y privada.