Capítulo noveno — La noche del hotel #2
Le conté el martes de diciembre en la sala de cristal. Los criterios del ajuste. Y la frase. Le conté la frase tal cual, con su sonrisa de «no es personal» incluida: «Una mujer escribiendo de hockey… no hay lectores para eso.»
—Lo peor no fue la frase —dije—. Lo peor fue que durante tres segundos la creí.
Tres segundos, Aitor. Miré mi vida —nueve años de madrugones, de naves de Alcobendas, de campeones que lloran con la medalla— y durante tres segundos pensé: «igual tiene razón, igual todo esto no le ha importado nunca a nadie.
» Esos tres segundos me costaron más que el despido.
Porque uno puede perder un empleo y seguir siendo periodista.
Pero si pierdes la certeza de que lo que cuentas importa, ya no eres nada.
Eres una redactora buscando ofertas de «redactor junior, salario a convenir».
—Y luego nueve meses de currículos —dije—.
Veintitrés. Cuatro entrevistas. En una me preguntaron si sabía hacer las redes del club y las crónicas y las fotos «y de paso el café».
En otra me dijeron que era demasiado mayor para empezar de nuevo.
Tenía treinta años. —Se me quebró un poco la voz y la enderecé a tiempo, que soy profesional—.
Y entonces salió esto. Un club que no puede pagarme a tiempo, con una grada de mil doscientas butacas y cuatrocientas personas.
Y yo no me fui, Aitor. Ni cuando la primera nómina llegó escalonada, ni la segunda. ¿Sabes por qué?
—Porque eres terca.
—Porque necesito testigos. —Lo dije y me sorprendió lo claro que sonaba, esa claridad que solo tienen las verdades que llevan meses incubándose—.
La frase no se rebate en los tribunales ni en las cartas al director.
Se rebate con mil doscientas personas en una grada, un sábado, haciendo ruido.
Mil doscientas personas son mil doscientos testigos de que aquella señora se equivocaba.
Por eso cuento las butacas todas las semanas. No es una cifra. Es mi apelación.
Se quedó mirándome un rato largo. La nieve, fuera, seguía bajando en silencio por la ventana del bar, y me fijé por primera vez en que tenía las manos grandes y quietas, como las cosas que no necesitan moverse para aguantar.
—Somos dos jugadores de prórroga —dijo al final—. Tú por la tuya, yo por la suya.
—Bonita frase, señor del tiempo.
—No la publiques.
—No pienso publicarla.
Y era verdad. Que quede también en acta: en aquel momento era verdad.
Nos contamos el resto a retazos. Él: que compartía piso con dos fisios porque el sueldo de la élite española del hockey da para lo que da; que llamaba a su madre todos los viernes; que de su padre solo sabía que apretaba el volante.
Yo: que mi madre me preguntaba cada domingo si comía verdura; que había ganado un premio de periodismo que usaba de posavasos; que a veces, a las tantas, seguía escribiendo crónicas de partidos imaginarios por no perder la costumbre.
En un momento dado —eran las dos y media, las sillas seguían sobre las mesas, el mundo entero dormía—, Raúl cruzó el lobby en pantuflas de hotel hacia la máquina de vending.
Nos vio. Se paró. Nos miró con esa cara de abuelo que lo ha visto todo, levantó una mano a modo de saludo, compró una botella de agua y se volvió al ascensor sin una palabra. En la puerta se giró.
—Las prórrogas se juegan mejor descansado —dijo, a nadie en particular, y desapareció.
—¿A tu abuelo le pasa algo? —le pregunté a Aitor.
—Nada. Le pasa que tiene treinta y cinco años y una biblioteca de noches como esta. —Apuró el vaso de agua—. Fue él quien me dijo, mi primer año de capitán, que un equipo es una sucesión de conversaciones que no salen en los periódicos.
—Eso es casi una norma doce.
—Eso es Raúl.
Nos reímos también, no mucho, lo justo para que el alud dejara paso. A las tres y cuarto, el recepcionista de noche pasó con el aspirador y nos miró sin decidirse a echar a nadie.
Él se levantó primero. Recogió su vaso, lo dejó en la barra con la delicadeza del oficio de camarero —le pregunté: sí, un verano en Canfranc— y me acompañó al ascensor. En el pasillo de mi planta, delante de la 304, se paró a dos pasos, la distancia reglamentaria de los capitanes.
—Duerme —dijo—. Es una orden… por favor.
La primera parte era el hombre de siempre. La segunda no se la había oído a nadie en tres meses: una orden con rendija, una piedra con musgo. Asentí con la cabeza porque no me fiaba de mi voz.
—Buenas noches, Aitor.
—Buenas noches.
No hubo nada más. Que conste: no hubo nada más, y no hubo nada más porque ninguno de los dos era todavía quien tenía que ser para que lo hubiera. Me metí en la habitación, me acosté con la ropa puesta y dormí como duermen los niños después de un día grande: del tirón, sin prórrogas.
Antes de dormir, eso sí, hice una última cosa.
Abrí la libreta —la de verdad, la de papel, que me acompaña desde la facultad— y escribí una sola línea, sin titular, sin estructura: «Hay hombres que juegan la prórroga de otros.
Hay mujeres que contamos las butacas. Y luego están las noches en que se junta el equipo.
» Lo leí una vez, no lo entendí del todo, y me dormí con la luz encendida, como una novata.
El domingo fue raro y bonito a la vez. En el autobús de vuelta —salimos al mediodía, con el valle blanco— nadie mencionó la noche, pero el equipo entero notó algo.
Los equipos son así: huelen los cambios de presión.
Raúl nos miró a los dos subir al autobús con cinco minutos de diferencia y no dijo nada, solo sonrió hacia su ventanilla con la satisfacción de un abuelo que ve llegar la primavera.
«El Autobús» volvió a la vida a la altura de Lérida: Eugenia subió una foto de la nieve con «la montaña nos ha dado una tregua», y Tata respondió con su tornillo de siempre, y Brett mandó una nota de voz que ya nadie puso en altavoz por respeto a la resaca emocional.
Yo fui en mi asiento escribiendo la crónica institucional de la derrota.
Era mi trabajo: el club tenía que decir algo del uno a siete, y decirlo antes de que lo dijeran otros por nosotros.
Escribí tres versiones. La primera salió dolorida, la segunda salió corporativa, y la tercera —la que publiqué— decía la verdad con la frente alta: «Hoy el campeón nos ha enseñado dónde está el listón.
Apuntamos la altura. La vuelta, en marzo, en casa.
» Lo último era de Raúl, del vestuario, y se lo cité entre líneas sin citarle.
Los comentarios fueron casi todos del mismo palo: «Orgullo de equipo», «en marzo les esperamos», «la grada no se mueve».
Quino escribió uno que me quedó dando vueltas: «Perder así con este escudo vale más que ganar con otros. »
Aitor iba tres filas por delante, en su sitio de pasillo con la pierna estirada, dormido o fingiendo.
Yo lo miraba de reojo entre párrafo y párrafo, intentando reconciliar las dos imágenes: el capitán que medía las entrevistas en noventa segundos y el hombre que a las dos de la mañana me había dicho «juego la prórroga de otro» con la voz de quien por fin deja caer una mochila.
No encajaban. Y encajaban perfectamente, que era lo inquietante: la gente de verdad nunca encaja en sus propias fichas, y yo llevaba nueve años de oficio escribiendo fichas.
La prensa seria, en cambio, hizo lo que hace la prensa seria con los equipos pequeños: ignoró la derrota.
Uno a siete contra el campeón no era noticia; era la confirmación de que todo seguía en su sitio.
Solo un digital sacó un párrafo con foto de Ferrer: «El Mago da una lección al recién ascendido de moda.
» Eugenia me lo mandó con un emoticono de vómito.
Yo le respondí con el emoticono de la pila cargando. Cada uno expresa la rabia como puede.
El lunes, en la Pista Norte, la temporada recuperó su rutina: entrenamiento, contenidos, la previa de la Copa.
Aitor y yo volvimos a las normas como se vuelve a un idioma común: los diez minutos del miércoles fueron veinte y hablamos del sistema de juego de Logroño.
Ni una palabra de la noche del hotel. Las confidencias, cuando se custodian bien, no se nombran; se llevan puestas, como la ropa térmica.
Aquella sesión del miércoles tuvo, sin embargo, un momento que apunté. Le pregunté cómo estaba el equipo después de la paliza, y él, en vez de darme la respuesta de manual, se quedó pensando.
—Mejor de lo que deberíamos —dijo al final—. El lunes llegué esperando un funeral y me encontré a Brett enseñándole a un juvenil un amago de Ferrer. «Para usarlo contra ellos en marzo», le oí decir. Los equipos sanos convierten las heridas en material de entrenamiento. Este equipo está sano.
—¿Gracias a quién?
—A Raúl. A Vicho. —Se calló un segundo—. A la gente que nos mira.