Capítulo octavo — La Cerdanya #3
—Todo es posible, Mendoza. El tablero es grande. —Se ajustó la toalla—. Tu cobertura del segundo gol sigue llegando tarde, por cierto. No te ofendas.
Se fue silbando hacia su vestuario. Yo me quedé en el pasillo, oliendo a derrota y a cloro, pensando que aquel hombre acababa de ganarme el partido, el face-off y la conversación. Tres a cero. También eso había que apuntarlo.
En el vestuario nadie habló. Nadie. Ni Brett, que tiene una teoría sobre todo.
El silencio de un vestuario después de una paliza es un silencio de taller: cada uno desmonta su partido por dentro, pieza a pieza.
Iván se quitó las protecciones lentamente, sin mirar a nadie; le habían metido siete y había parado treinta y tantas, y eso, en la contabilidad injusta de su puesto, se escribe en la misma columna.
Tata dejó el palo de madera —había salido con él en el calentamiento, como en los días grandes— apoyado en su banquito con un cuidado que dolía ver.
Los juveniles no sabían dónde meter los ojos.
Vicho entró, miró, y se quedó sin palabras por primera vez en la temporada. Dijo solo: «Ducharse. Mañana hablamos.»
El primero en hablar fue Raúl, como tenía que ser. Se levantó del banco, con las rodillas envueltas en hielo, y dijo en voz alta, mirando al centro de la sala:
—Yo he perdido por más. Una vez, en tercera, ocho a cero en Huesca. ¿Sabéis lo que pasó al día siguiente? Que volvimos a entrenar. Y al siguiente, también. —Se puso la chaqueta—. Ellos son mejores. Hoy. Eso se apunta y se devuelve. La vuelta es en marzo. En casa. Con nuestra gente.
Nadie respondió. No hacía falta. Se había dicho lo que había que decir: que aquello tenía fecha de devolución. El veintiséis de marzo, en casa. Lo apunté en la libreta en el autobús, en la página de atrás, la de las cuentas pendientes: «26 marzo. La Cerdanya. En casa.»
En la cena del hotel, la mesa de los veteranos estuvo muda hasta los postres. Fue Tata quien rompió, porque Tata siempre rompe:
—Yo solo digo una cosa. —Tenía una servilleta dibujada con jugadas, la costumbre de su padre, que era entrenador de barrio—.
El quinto gol ha sido culpa de todos. Pero el segundo y el tercero, de ellos solos.
Hay una diferencia entre perder y que te ganen.
Hoy nos han ganado. Perder, lo que se dice perder, lo hemos hecho solo un poco.
—Profundo —dijo Kuba.
—Soy ferretero. La profundidad se vende por metros.
Nos reímos. Poco, pero nos reímos, y un vestuario que se ríe en la cena de una paliza es un vestuario que no se ha roto.
Lo sabía. Lo había visto romperse en otros sitios: las palizas no rompen equipos, rompen equipos que ya estaban agrietados.
El nuestro aguantó la cena, el postre y el café de máquina.
Se rompía, en todo caso, en otro sitio: en mí.
Porque el quinto gol era mío, la duda del patín izquierdo era mía, y el hombre que me la había provocado me había dicho, con toda la educación del mundo, que seguía llegando tarde.
En el hotel —nos quedábamos a dormir, el viaje de vuelta era de madrugada— me asignaron habitación con Iván, que se durmió en cuatro minutos con esa facilidad de los porteros para aparcar los partidos.
Yo no podía. Me vestí y bajé a la recepción a por agua, y luego, en vez de subir, me senté en el bar de la planta baja, ya cerrado, con las sillas sobre las mesas y solo una lámpara encendida.
«El Autobús» estaba en silencio. Por primera vez desde que Eugenia lo creó, ningún mensaje en toda la noche.
Ni una foto, ni un emoji, ni una nota de voz de Brett.
Miré la pantalla un rato, aquel silencio de veintitrés tíos apagados en sus habitaciones, y me pareció el marcador real de la noche: uno a siete y un grupo de WhatsApp mudo.
Hice lo que no debía: le di al nombre del grupo y bajé por el historial.
Semanas y semanas de tonterías: las notas de voz de Brett, las fotos de los ronquidos de Raúl, los emojis de tornillo de Tata, la porra del viaje.
Vida de vestuario en estado puro, guardada en una nube.
Pensé que aquello era lo que Sara llamaba «comunidad» en sus informes, con gráficas y porcentajes.
Pensé que ella lo había visto antes que todos nosotros: que un equipo es eso, un sitio donde la gente quiere quedarse aunque llueva.
Y que esa noche, en algún punto entre el cuarto gol y el séptimo, yo había dejado de ser el portero de esa casa y me había puesto a mirar el tiempo como un vecino más.
Cerré el móvil. Capitán, me dije. Y no me sirvió de nada.
Estaba así cuando oí el ascensor.
Sara cruzó el lobby con el portátil bajo el brazo y la chaqueta del club mal abrochada, con pinta de no haber dormido tampoco.
Me vio, dudó un segundo —lo vi, ella dirá que no, pero dudó— y vino hacia mi mesa.
Se sentó frente a mí, abrió el portátil, lo cerró otra vez.
Y dijo, mirándome con esa cara de oficina de turismo que gastaba cuando estaba haciendo algo que no sabía cómo iba a salir:
—Tengo diez minutos. Puedes hablar del tiempo.
La norma once. Al revés. Ella me daba a mí los diez minutos, para que yo hablara, si quería, de lo que fuera. Del tiempo. Del alud. De nada.
Miré el portátil cerrado, la lámpara encendida, las sillas sobre las mesas.
Afuera, en algún sitio del valle, empezaba a nevar.
Pensé en todo lo que tenía por delante aquella noche: subir a la habitación, no dormir, ver el uno a siete en la pantalla de detrás de los ojos, levantarme, entrenar.
La misma carretera de siempre. Y de pronto me entró un cansancio que no era de las piernas: era de las palabras, de todas las que llevaba años sin decir, guardadas como se guardan las provisiones para un invierno que nunca llega del todo.
—En Jaca —dije—, cuando nieva de noche, no se oye nada. Absolutamente nada. Es el único silencio que no pesa.
Ella no dijo nada. Se quedó quieta, con las manos sobre el portátil cerrado, y me dejó seguir. Y yo seguí.