Capítulo octavo — La Cerdanya #2
—Mañana no se saca nada —dije—. Mañana se compite.
—Qué manía con las palabras exactas. —Bebió un sorbo—. Yo también las uso: mañana vamos a competir. Y si competimos, puede pasar cualquier cosa. Los equipos como ellos pierden dos o tres al año. Siempre contra equipos como nosotros, que no tenemos nada que perder. Está en las estadísticas.
—¿Qué estadísticas?
—Las de mi cabeza. Son muy buenas.
Lo que sí hice fue mirar el valle por la ventanilla los últimos cuarenta kilómetros, las montañas cerrándose como las páginas de un libro, y pensar en que a mi padre le quedaba todo aquello cerca, cruzando el puerto, y que él no había cruzado un puerto para ver hockey en casi cuarenta años.
El hotel era de esos de montaña con moqueta y fotos de esquiadores en los pasillos. En la cena, Vicho pasó mesa por mesa con la misma frase para todos: «Mañana, cabeza fría y piernas calientes.» A mí se me quedó mirando un segundo más. Los capitanes no cenamos distinto; solo nos miran distinto.
La pista de La Cerdanya era lo contrario de la Pista Norte en todo salvo en el hielo: moderna, caliente —llevaban la calefacción de la grada como se lleva un reloj, sin dramas—, llena hasta la bandera.
Mil ochocientas personas, leí después. De los nuestros, la Grada Norte había movido cuarenta personas en un autobús fletado por Quino.
Cuarenta, en la esquina de atrás, con la pancarta de sábanas doblada sobre las rodillas.
Los vi entrar mientras calentábamos. Uno no debe mirar a la grada durante el calentamiento. Miré.
El partido.
Antes, la salida. El túnel de La Cerdanya es bajo y estrecho, y huele a historia: alguien ha colgado fotos de todos los equipos del club desde los setenta, y sales al hielo pasando por delante de cuarenta años de tipos con patines.
La grada estaba ya entera cuando salimos, y el ruido era distinto al nuestro: más grave, más seguro, el ruido de una afición que ha venido a celebrar, no a sufrir.
Nuestros cuarenta, en la esquina, respondieron con el «Hielo en las venas» a todo pulmón.
Les oí. Siempre les oigo, aunque mire al hielo.
El face-off inicial lo jugué contra Ferrer.
Se colocó medio metro atrás, como en el clip, me sonrió como se sonríe a un viejo conocido y me dijo: «Qué, Mendoza.
¿Venís a por puntos o a por apuntes?» Le gané el face-off.
El único de la noche. Conviene registrar las victorias parciales: son las que se llevan en la maleta.
He jugado muchos partidos y escrito muchos partes en mi libreta, y aquel, en mi libreta, ocupa una sola línea: «No estuvimos.» Pero un capitán no puede dejarlo así, así que lo cuento entero.
Primer periodo: aguantamos. Es la palabra exacta: aguantamos como se aguanta un alud, a cubierto y mirando el reloj.
Ellos salieron como sale un equipo que sabe que es mejor: sin prisa, tocando, moviéndonos de lado a lado para ver dónde cedíamos.
Cedíamos en los cambios de línea, que era donde Vicho temía: sus segundas líneas rodaban como la primera, y las nuestras todavía pedían el relevo con los ojos.
Iván paró nueve tiros. Nueve. Uno de ellos, una vaselina de Ferrer —qué digo vaselina, una provocación con forma de tiro— la sacó con el hombro sin saber muy bien cómo.
Nosotros tiramos uno. Cero a cero al descanso, y en el vestuario Vicho dijo «veis, se puede», y yo pensé una cosa que no dije: se puede aguantar. Que no es lo mismo.
Me quedé en el banco durante el descanso, mirando a la grada de enfrente.
Toda llena. Familias con bufandas del club, niños con la camiseta de Ferrer, el de la megafonía presentando el partido como una fiesta del valle.
Aquello era lo que Sara quería para la Pista Norte.
Aquello era exactamente, asiento por asiento, lo que yo miraba de reojo desde septiembre sin querer admitirlo: la prueba de que se podía.
Un pueblo más pequeño que mi barrio, llenando para ver a su equipo.
Sentí envidia. La envidia es un mal copiloto en un descanso, así que la dejé en la banda y volví al hielo.
Segundo periodo: el alud. Pol Ferrer decidió que era la hora.
A los dos minutos me ganó un face-off limpio —no me los gana nadie limpio; a ese hombre no se lo gana nadie limpio porque él no juega al disco, juega a tu cadera, te la gira medio palmo y ya estás fuera de la jugada—, y asistió para el uno a cero.
Fue exactamente la jugada del clip nueve: bloqueo de hoja, disco atrás, compañero saliendo.
Yo sabía lo que iba a pasar. Lo vi pasar delante de mí como se ve pasar un tren desde el andén equivocado.
A los cinco, en un dos contra dos, me hizo un quiebro que me dejó patinando hacia un sitio donde ya no estaba el hockey, y marcó el dos a cero por el palo corto.
Iván ni se movió; no era su gol. Era mío, y lo supe en el aire, antes de que entrara.
Al pasar por mi lado, camino del banco, Pol me dijo, sin mirarme, con la voz baja de los que comentan la jugada por pura cortesía profesional:
—El hombro, Mendoza. Te lo dije hace cuatro años.
No le contesté. No había contestación. La grada cantaba su nombre con un cántico de allí, de valle, que sonaba a reloj de iglesia.
El tercero llegó de rebote —Kuba y yo no cerramos el frente de la portería, error nuestro, de manual—, el cuarto en una superioridad ejecutada con esa frialdad de parte de nieve: la misma jugada, por el mismo camino, como quien baja un puerto que se conoce de memoria. Cuatro a cero al segundo descanso.
En el túnel, camino del vestuario, me crucé con Vicho. No me dijo nada. Me puso la mano en el pecho un segundo, y siguió. Los entrenadores también tienen silencios que son discursos.
Vicho habló. No gritó. Dijo cosas sensatas: presión más alta, líneas cortas, orgullo. Todos asentimos. El orgullo es lo que le queda a un equipo cuando el plan se ha quedado en la otra pista.
Tercer periodo: lo que recuerdo con más claridad es un turno.
Un turno nuestro —Tata, Brett y yo— que duró dos minutos.
Dos minutos es una eternidad; un turno sano dura cuarenta segundos.
Ellos cambiaron dos líneas enteras mientras nosotros no conseguíamos sacar el disco de nuestra zona.
La Cerdanya no nos atacaba: nos tenía. Nos movía de un lado a otro como se mueve a un animal cansado, sin prisa, sabiendo que el cansado eres tú.
Recuerdo el sonido de mis propios pulmones, la bancada lejana como una costa, y a Pol Ferrer parado en el centro del hielo, sin correr, dirigiendo aquello con la punta del palo como un director de orquesta que no necesita mirar la partitura.
Recuerdo también, y esto lo escribo porque un capitán tiene que escribirlo todo, que en un momento de ese turno me fallaron las piernas.
No de cansancio: de otra cosa. De esa cosa que les pasa a los jugadores cuando entienden, de golpe, que el rival es de otra categoría.
Es un segundo nada más. Una duda en el patín izquierdo.
La sentí, la reconocí —la había sentido una vez antes, con diecisiete años, en un pabellón de Ontario contra un equipo que luego fue profesional entero— y la pisé como se pisa un disco suelto: rápido y sin mirar.
Pero la pisé tarde. El quinto gol nació de esa duda: una salida de disco que hice un palmo más lenta de lo que mi cabeza había ordenado. Ferrer la leyó, interceptó, asistió.
Metieron el quinto en ese turno. Yo pedí el cambio y no llegué: el disco salió, pero no lo bastante lejos.
Cuando por fin llegué al banco, no me senté: me quedé de pie, apoyado en la banda, mirando el hielo como se mira una carretera cortada.
El sexto y el séptimo ya fueron trámite.
Nuestro gol, el uno a siete, lo marcó un juvenil en el último minuto, en una jugada sin importancia que celebró como si fuera la final del mundo.
Le aplaudí desde el banco con fuerza. Los juveniles no tienen la culpa de las noches como aquella.
Al final, la grada entera de La Cerdanya se puso en pie.
Y los cuarenta de la Grada Norte, en su esquina, empezaron a cantar.
«Hielo en las venas.» Perdiendo uno a siete, en campo enemigo, con la pancarta de sábanas sobre las rodillas.
Les oí perfectamente, porque el resto del pabellón se quedó en silencio un momento para oírles.
Hasta los de casa les aplaudieron. Yo fingí ajustarme las canilleras para que nadie me viera la cara.
Quino estaba en primera fila de la esquina, con la bufanda-corbatín empapada, cantando con los ojos cerrados.
Me crucé con su mirada un segundo al salir por el túnel.
No vi reproche en ella. Vi otra cosa, peor: orgullo.
Cuarenta personas habían cruzado media España para ver cómo nos daban de palos, y estaban orgullosas.
Aquello, más que el marcador, fue lo que me partió la noche por dentro.
Los resultados se entrenan; la gente así no se merece así.
En la zona mixta me esperaban los micrófonos.
Norma seis: las noches de derrota se habla del partido.
Solo del partido. Dije que ellos habían sido mejores en todo, que nosotros habíamos competido un periodo, que la vuelta era en casa.
Un redactor de la tele me preguntó si el equipo se había desmoronado.
Le contesté que los desmoronamientos se ven en los entrenamientos, y que le invitaba al nuestro del lunes.
No vino. Nunca vienen los que preguntan eso.
En el pasillo hacia el vestuario, Ferrer me esperaba apoyado en la pared, ya duchado, con una toalla al cuello y las manos en los bolsillos.
—Buen equipo el vuestro —dijo—. En serio. Dentro de dos años dais guerra de verdad.
—Dentro de dos años quizá juegues tú aquí —le dije, por decir algo que no fuera un gruñido.
Se rio. Luego dejó de reírse y me miró de una manera rara, casi seria.