Capítulo octavo — La Cerdanya
La semana del trece de noviembre empezó, como todo ese mes, con una victoria.
El seis, en casa, tres a uno contra el Hielo Teruel: quinientas treinta y ocho personas, la Grada con bombo nuevo, y un gol mío en superioridad que celebré como celebro todo, señalando a quien me lo pasó.
El equipo iba en el segundo grupo, a tiro de los de arriba.
El Teruel peleó lo suyo —siempre pelean lo suyo, son un equipo de trinchera— pero aquel día la Pista Norte tuvo una de esas tardes en que el hielo y la grada tiran del mismo carro, y ganamos sin sobresaltos, como ganan los equipos que empiezan a saber quiénes son.
En el vestuario alguien dijo «si seguimos así», y Vicho lo cortó en seco:
—«Si seguimos así» no existe. Existe el sábado que viene. Y el sábado que viene es La Cerdanya.
Se calló todo el mundo. Así se nombra a los lobos en los pueblos: despacio y mirando al camino.
Esa misma noche, en casa, hice lo que hacía desde que salió el calendario: repasé el vídeo de La Cerdanya.
No todo el partido; los turnos de Ferrer.
Tengo una carpeta con sus mejores jugadas de la temporada, recopiladas por el analista de Vicho.
Veintitrés clips. Los vi en orden, sin sonido, con el cuaderno al lado.
En el clip nueve paré la imagen: un face-off contra el capitán de los Titanes.
Pol se plantaba medio metro más atrás de lo reglamentario, miraba al árbitro como si el árbitro le debiera dinero, y en el instante del lanzamiento no iba al disco: iba al palo del rival.
Le bloqueaba la hoja una décima de segundo.
El disco quedaba libre detrás de él y un compañero ya salía.
Lo rebobiné cuatro veces. Anoté: «No va al disco. Va a las manos.»
El lunes lo comenté con Vicho. Me miró con esa cara de quien lleva veinte años esperando que alguien vea lo mismo que él.
—¿Y qué se hace contra eso, Mendoza?
—Se tira el face-off atrás y se presiona al receptor. Si él no toca el disco, su jugada no empieza.
—Eso es. —Chasqueó la lengua—. Una pega: si pierdes el face-off, él sí toca el disco. Y cuando él toca el disco, la jugada siempre empieza.
CG La Cerdanya. Campeón de la temporada anterior y de la anterior.
Un club de valle con dinero de estación de esquí, una pista llena todos los sábados —de verdad llena, no como nosotros, que llevábamos la cuenta como si fuera el termómetro de una fiebre— y una plantilla donde hasta el cuarto defensa había pasado por la selección.
En la hoja de cotejo de Vicho había un nombre rodeado dos veces: Pol Ferrer, «el Mago».
Veintisiete años, nacionalidad española, licencia de la federación francesa, cuenta en la columna de extranjeros y en la de problemas.
Yo lo conocía. Dos concentraciones con el combinado nacional, hacía cuatro y cinco años.
Dormíamos en el mismo pasillo. Pol era ya entonces lo que es ahora: el mejor jugador español de su generación y el tipo más insoportable de cualquier habitación en la que entrara.
Jugaba al ajedrez contra sí mismo en los descansos, dejaba el tablero a medio y te decía «ya está, he ganado, si quieres te lo demuestro».
En el hielo hacía lo mismo: te ganaba la jugada antes de empezarla y luego te lo explicaba, por si querías aprender.
La primera concentración me caía mal por sistema: era todo lo que yo no soporto —hablar por hablar, gastar bromas en el vestuario, contestar a los técnicos con una sonrisa—.
La segunda me empezó a caer mal con matices, que es peor, porque los matices obligan a pensar.
Una noche, después de un amistoso, le encontré solo en la sala de vídeo del hotel rebobinando un gol en contra nuestro.
Le vi repetirlo ocho veces, sin moverse.
«Tuyo», me dijo sin girarse, señalando la pantalla.
«Tu cobertura llega medio segundo tarde porque miras el disco y no el hombro.
No te ofendas.» Me ofendí. Y tenía razón, que era lo insoportable: Pol Ferrer siempre tenía razón cuando te decía lo que no querías oír.
Después de aquello entrenamos juntos dos semanas más y me enseñó tres cosas que todavía uso.
Nunca se lo agradecí. Los jugadores como él no cobran en agradecimiento; cobran en reconocimiento silencioso, y yo se lo pagaba así, año tras año, cada vez que nos cruzábamos en una pista.
—No es que sea rápido —le dije a mi línea en el vídeo del martes—. Es que él ya ha jugado el turno mientras tú lo estás pensando. No le deis el centro. Nunca. Obligadle a jugar por fuera.
—¿Y si no se deja? —preguntó Brett.
—Entonces nos aguantamos. Y cuando se equivoque, porque se equivoca una vez por partido, la castigamos.
—El hombre no se equivoca —dijo Tata, que lo había sufrido la temporada anterior en segunda división, cuando La Cerdanya bajó a jugar un amistoso contra nosotros y Ferrer hizo cuatro goles sin despeinarse—.
Te lo digo yo, que le he visto jugar de cerca: ese tío juega al hockey como otros hacen sudokus en el metro. Para pasar el rato.
—Los sudokus también salen mal —dije.
—¿Alguna vez? —preguntó Iván desde su esquina.
No contesté. Era la pregunta correcta.
Era un buen plan. Los planes contra Pol Ferrer son todos buenos hasta el primer turno.
La semana trajo, además, una novedad que no gustó a nadie y a mí menos: medios de fuera.
La Cerdanya-Árticos era, en el calendario de la categoría, el partido de la jornada: el campeón contra el recién ascendido de moda, el del vídeo del ferretero.
Sara me enseñó las peticiones acumuladas en su correo: dos radios deportivas nacionales, un digital grande, una televisión.
Nunca habíamos tenido peticiones; siempre habíamos mendigado cobertura.
—¿Y tengo que ir? —pregunté.
—Norma dos: las entrevistas en la zona mixta o en la grada. —Tenía el folio de las normas encima de la mesa, lo consultaba como otros consultan la Biblia—. No dice que no haya entrevistas. Dice dónde.
—Usted se las apaña.
—Usted me enseñó. —Sonrió—. El jueves, cinco minutos con cada uno. Sin grabadora no puede ser, capitán: son radios. Necesitan su voz.
Hice las entrevistas el jueves. Dije lo que se dice: respeto máximo, ilusión, partido a partido.
El locutor de la radio nacional me preguntó en directo si el Árticos era el equipo revelación de la temporada.
Le dije que las revelaciones se miden en mayo.
A Sara le gustó la frase; la tuiteó; le pusieron trescientos corazones.
Yo me fui a casa con la sensación de haber vendido una moto que todavía no habíamos fabricado.
Los equipos humildes no debemos salir en la radio antes de los partidos grandes: nos quita el hambre o nos la pone en los periódicos, que es peor.
El miércoles, los diez minutos con Sara fueron raros. Ella llegó con sus dos cafés y su sonrisa, y a los tres minutos dejó de lado los rodeos.
—Puedo preguntarle por La Cerdanya sin que me ponga el temporizador, ¿verdad?
—Pregunte.
—¿Por qué este partido es distinto? En el club nadie dice el nombre. Dicen «ese partido». Hasta Sebas, que no se calla ni debajo del agua.
Pensé en la respuesta correcta —«todos los partidos valen lo mismo»— y en la respuesta verdadera. Le di la verdadera, no sé por qué. Aquella semana me pasó eso varias veces con ella: como bajar una cuesta sin frenos, uno solo puede elegir cuándo parar, no si parar.
—Porque ellos son lo que nosotros queremos ser —dije—. Un club pequeño de montaña que se hizo grande sin dejar de ser pequeño. Llevan diez años en la élite. Ganan, llenan, forman jugadores. Son el espejo. Y mirarse en ese espejo duele, porque te enseña exactamente lo que te falta.
—¿Y qué les falta?
—Todo. —Lo dije sin dramatizar, como se da un parte de nieve—. Historia, dinero, fondo de armario. Y un jugador como Ferrer. A nosotros nos sobra corazón y nos falta todo lo demás. Ellos tienen todo lo demás y a Ferrer.
Se quedó escribiendo en su libreta invisible un rato. Luego dijo:
—Pues me gusta más nuestro equipo.
—No tiene que gustarle. Tiene que contarlo.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso me gusta más.
Aquella semana vi de cerca, por primera vez, cómo trabajaba ella una semana grande.
El club publicó una previa sin marcadores ni estadísticas: solo una foto de la grada de La Cerdanya llena y una frase: «Así se ve un sueño con aforo completo.
El sábado jugamos ahí. Algún sábado, seremos esto.
» La publicó el jueves por la noche. El viernes por la mañana tenía setenta mil visualizaciones y comentarios de aficionados de media España diciendo que el Árticos era «el equipo de la gente». Raúl me la enseñó en el autobús.
—Esta mujer convierte una paliza anunciada en una película —dijo.
—No está anunciada.
—Capitán. Llevas leyendo el parte de nieve de esa pista desde el lunes. —Me sonrió con la condescendencia del abuelo—. A ti también te ha convertido en película. Tú no lo sabes todavía.
Le quité el móvil de las manos y se lo devolví a la cara. Pero me quedé con la frase. En la montaña hay una regla no escrita: quien te dice la verdad del tiempo se gana el derecho a equivocarse contigo. Raúl se lo había ganado hacía años. Por eso sus frases pesaban como partes oficiales.
El viaje fue el viernes. Cinco horas de autobús hacia el nordeste, hasta el valle.
«El Autobús» funcionó a pleno rendimiento durante la ida: Brett grabó un tutorial de pronunciación de «Puigcerdà» que no ayudó a nadie, alguien filtró que el hotel tenía piscina, y Tata organizó una porra de resultados: el ganador se libraba una semana de llevar las botellas de agua al banquillo.
Yo no participé. Nunca participo en las porras; es otra norma no escrita del brazalete.
A la altura de Lérida, Raúl vino a sentarse a mi lado con el termo de Marta —le tenía prohibido el café y lo bebía igual, «a sorbos terapéuticos», decía—.
—He estado mirando el calendario —dijo—. Si mañana sacamos algo, llegamos a diciembre en zona noble. Con la Copa en medio.