Capítulo séptimo — Papel amarillento #3
Raúl, por cierto, jugó su partido número no sé cuántos y lo celebró en la ducha cantando, según me filtró Eugenia, un pasodoble de los sesenta. El vestuario le llamaba «el abuelo» ya con la naturalidad con que se dice «portero».
Dos cosas más de aquel sábado. La primera: en la zona mixta, un jugador de los Lobos, al pasar, le dijo a Ainhoa de la web que el Árticos era «el equipo al que nadie quiere venir a jugar porque se sale con las piernas rotas de correr».
Lo publicó, y la frase corrió por las redes del club como un himno involuntario.
La segunda: a la salida, en la puerta del vestuario, Aitor me dejó pasar el cordón del pasillo y quedarme diez segundos más de lo habitual, recogiendo una declaración de Vicho.
Diez segundos. Nadie los contó. Yo sí. En el territorio de las normas, los avances se miden en segundos y en centímetros, y una lleva cinco semanas aprendiendo el mapa: norma uno, nadie entra en el vestuario; excepción uno, la de comunicación se queda en la puerta; excepción de la excepción, la de comunicación, últimamente, no es solo «la de comunicación».
Me sorprendí a mí misma escribiendo eso en la libreta y lo taché. No del todo: lo taché con una sola línea, de esas que dejan leer lo que hay debajo. Las tachaduras así son una confesión con disfraz de corrección, y yo lo sabía, y lo dejé.
Tata, por cierto, me paró aquella noche para agradecerme el vídeo otra vez, con su hermano del brazo y su madre al teléfono esperando saludarme.
«Mi madre quiere conocerte», me dijo, y la señora Beltrán me dio la enhorabuena por «sacar a mi niño en el móvil de todo el mundo».
Prometí ir a la tienda a por unos tornillos que no necesitaba.
Algunas promesas se hacen para cumplirse en persona.
El resto de octubre pasó como pasan los meses buenos: deprisa y sin pedir permiso.
El treinta, jornada seis, perdimos en Barcelona contra los Titanes cinco a dos —los Titanes, ya lo sabíamos, eran el techo; aquel día nos lo recordaron con pedagogía—, y la derrota no dolió porque el equipo ya había aprendido a perder sin desmontarse.
Volvieron en autobús cantando bajito, que es como vuelven los equipos que se respetan, y el lunes Vicho les puso el vídeo del quinto gol en contra y nadie se movió de su sitio.
Las buenas derrotas también cuentan, me dijo Raúl en el pasillo. «Son las que enseñan el mapa.»
Yo cerré el mes con el informe de redes que me salía solo: seguidores multiplicados por cuatro, el vídeo de Tata en ciento noventa mil, quinientas cinco personas de media en casa.
De cuatrocientas a quinientas en dos meses.
A ese ritmo no llegábamos a mil doscientas en la vida, pero el ritmo, me decía, no es lineal: el ritmo salta cuando hay una historia grande.
Los diarios no crecen un ejemplar al día; crecen la semana del reportaje que la gente se pasa en las cenas.
También cerré octubre con dos costumbres nuevas que nadie me había encargado.
La primera: dejar el último café de la tarde para tomarlo en la grada, viendo a Sebas pasar la máquina.
No hablábamos casi. A veces ni eso. Pero aquella media hora de ruido grave y hielo fresco se me había quedado dentro como se quedan los sitios buenos.
La segunda: releer cada noche los comentarios de las publicaciones del club.
Ya había nombres que se repetían —una enfermera de Fuencarral, un jubilado de Huesca, una chica que comentaba desde Erasmus en Liubliana— y me sabía sus vidas de memoria, o me las inventaba, que en el fondo es lo mismo que hacen todas las audiencias: inventarse mutuamente.
La noche del treinta de octubre, con la derrota de Barcelona ya digerida, volví a abrir el documento de temas.
Releí la página del reportaje pendiente: la foto del chico del ochenta y nueve, el titular de tres columnas, mi nota pequeña («Coste: el capitán.
Gestión: pendiente»), y la coletilla del título: «pendiente de autorización».
Saqué el dedo sobre el teclado y corregí una errata. Solo eso. Una errata. La palabra «pendiente» se quedó igual, escrita flojito, casi pidiendo perdón al papel.
Ya decidiría después, me dije. Los grandes reportajes maduran. Y cerré el portátil con el cuidado de quien cierra una caja de galletas en la que no hay galletas.
Noviembre asomaba ya en el calendario con sus dos fechas marcadas a fuego: la Copa de fin de mes y, antes, el trece, La Cerdanya fuera.
En el vestuario no se decía el nombre; se decía «ese partido».
En mi documento de contenidos yo había escrito, con la misma letra flojita de «pendiente»: «Semana del trece: solo previa.
Nada más.» Algunas semanas se anuncian solas.
Lo que no sabía aquella noche —lo supe mucho después, cuando todo hubo pasado y pude mirar atrás con la libreta en la mano— es que octubre había sido el último mes fácil del año.
Los meses fáciles nunca se reconocen viviéndolos.
Se reconocen después, cuando la cuenta de las butacas empieza a temblar y uno recuerda con envidia las semanas en que el mayor problema era elegir miniatura para un vídeo.