Capítulo séptimo — Papel amarillento #2
Antes de escribir el título, me obligué a hacer la revisión de siempre, la de escuela de redacción: ¿por qué ahora?
¿para quién? ¿a costa de quién? Respuestas: ahora, porque la temporada necesitaba su gran pieza y el club necesitaba una historia más grande que un marcador.
Para quién: para todos los que creían que el hockey español no tenía pasado, y para los viejos como Quino, que se acordaban.
¿A costa de quién? Ahí me detuve. Ahí escribí, en el documento, con letra pequeña: «Coste: el capitán. Gestión: pendiente.»
El título me salió solo, como salen los buenos: «El último invierno de Adolfo Mendoza».
Un padre prodigio, una retirada a los veinticuatro, cuarenta años de silencio, y un hijo que capitaneaba al equipo más humilde de la élite a trescientos cincuenta kilómetros.
Era la mejor historia que me había caído encima en mi vida.
También era la primera que me llegaba con un nombre y una cara que veía todos los días a las once y media, con dos cafés.
Y debajo, la coletilla: «— pendiente de autorización». Escribí «pendiente» con una sensación rara: la palabra pesaba menos de lo que debía, y yo lo sabía. La miré un rato. Luego cerré el documento y me obligué a dormir.
La semana siguió con su ritmo: entrenamientos, contenidos, la cuenta de las butacas.
El martes publiqué el primer «Ficha técnica humana», una serie nueva que me inventé para el canal: datos del jugador en plan ficha, pero con una casilla final que llamaba «lo que no sale en las estadísticas».
La de Iván: «Ata los cordones de sus patines siempre en el mismo orden.
Su madre le manda tuppers desde León. Ha parado 31, 28 y 33 tiros en los últimos tres partidos y todavía no se lo ha dicho a nadie.
» Cuarenta mil visualizaciones. La gente no quería hockey: quería saber de quién se enamoraba viendo hockey. Yo solo se lo ponía en bandeja.
El miércoles, sesión de diez minutos con el capitán. Aviso de cambio de estado: los diez minutos llevaban tres semanas sin ser diez minutos.
Aquella vez empezó a las once y media y cuando miré el reloj eran las doce y diez.
Nadie puso el cronómetro. Nadie mencionó la norma once.
Hablamos del tiempo —nieve prevista en el Pirineo para el fin de semana, él la leía en los partes de montaña por costumbre, «en mi casa se mira el parte antes que el periódico»— y de la cafetera de mi antigua redacción, una italiana de quince litros que sonaba como un tractor y daba el peor café de España, y de que él también tenía una máquina de afeitar vieja heredada de su abuelo «que afeita mejor que todas las nuevas».
Tonterías. Las tonterías son el transporte de las confianzas: no llevan carga, pero te llevan a ti.
Hablamos también, por primera vez, de cómo era yo de pequeña.
Le conté que mi padre me llevaba al Sardinero a ver al Racing y que yo me pasaba los partidos mirando a los periodistas de la tribuna, no al campo.
Él escuchaba con esa atención quieta que tiene la gente de montaña: sin asentir, sin interrumpir, dejando que las frases llegaran al final de su camino.
Cuando terminé, dijo una sola cosa: «Así que usted no quería jugar.
Quería contarlo.» Nadie me lo había dicho así en treinta y un años. Ni yo me lo había dicho.
—¿Y usted? —devolví—. ¿Quería jugar o quería… esto? —Señalé el pabellón entero, el silencio, los conos.
—Yo quería patinar —dijo—. Lo demás vino detrás.
En un momento dado, sin planearlo, le pregunté:
—¿Quién le enseñó a patinar?
Se le cambió la cara. No mucho: un grado. Un cierzo.
—Un entrenador de la ciudad deportiva de Jaca —dijo—. Se llamaba Paco.
—¿Y su padre no?
Silencio. Miró el hielo, abajo, donde los juveniles recogían los conos.
—Se acabó el tiempo —dijo, y se levantó.
No lo anoté en la libreta. Lo anoté en el sitio de verdad, el de dentro: la rendija existía, y tenía la forma exacta de una palabra. Padre.
Lo curioso es que no me sentí como se supone que se siente una periodista cuando encuentra la veta.
Me sentí como se siente una persona cuando pisa un tejado y oye crujir algo debajo.
Me fui andando despacio hasta el cubículo, y por el camino decidí —mentira: fingí decidir— que aquel tema lo tocaría solo con su permiso.
«Pendiente de autorización» ya estaba escrito.
Lo que no me dije es cuánto pensaba esperar para pedirla.
Esa misma tarde, en la puerta del vestuario, recogí declaraciones del entrenamiento y Raúl se paró conmigo un momento, toalla al cuello, con su aire de abuelo benévolo.
—¿Qué tal el miércoles con el capitán? —me preguntó, de la nada.
—Informativo.
—Ajá. —Sonrió—. Lleva toda la vida en silencio y usted lo pone a hablar del tiempo. Dígame su secreto, que tengo una hija… bueno, no, mi hija tiene siete años y habla por los codos.
—No hay secreto. Es que el tiempo, en Jaca, es un tema serio.
—Todo es un tema serio en Jaca. —Se fue hacia la ducha, y se giró—. Cuídelo. Es mejor de lo que parece, y parece muy bueno.
El sábado, jornada cinco, ganamos a los Lobos del Sil cuatro a dos en casa.
Quinientas cinco personas. Quinientas. La primera vez que el club pasaba de quinientas en su historia en la élite, y la taquilla lo supo antes que el club: la chica me mandó un mensaje a la cabina con la cifra y tres cohetes.
La Grada Norte estrenó un bombo —lo había comprado Quino, de segunda mano, «de una banda de música de pueblo que cerró»— y el «Hielo en las venas» se oyó en todo el polígono.
Hubo un momento, en el tercer periodo, con el cuatro a uno en el marcador, en que miré la grada llena por la mitad y haciendo el ruido de un estadio entero, y pensé que el objetivo de mil doscientas ya no era un triple mortal: era un salto largo. Difícil, pero con carrerilla, posible.
El partido tuvo su liturgia: Tata marcó el primero y se fue a celebrar con la bandera de su nombre; Brett hizo el segundo y el cuarto; y Aitor el tercero, un gol de capitán de manual —robo en zona media, carrera, tiro bajo— que celebró señalando al banquillo, con su sobriedad de parte meteorológico.
Los Lobos llegaron dos veces de verdad y las dos veces Iván dijo que no con esa parsimonia de portero bueno, que no celebra las paradas porque las considera su trabajo, y tiene razón, qué fastidio.
Después supe que el gol de Aitor se lo había dedicado a Marta, que cumplía años.
Los gestos de ese hombre había que leerlos con lupa y con paciencia, como los telegramas.
Yo empecé a distinguir aquel sábado algo que los números no recogían: la grada ya no era una suma de desconocidos.
Estaban los de siempre en sus sitios de siempre —la familia de la fila tres con el niño de la camiseta de patinaje, las dos parejas de jubilados de la fila ocho, el grupo de universitarios que había empezado a venir en bloque— y los nuevos iban pidiendo sitio a los viejos, y los viejos les explicaban los fuera de juego que en hockey no existen y las expulsiones que sí.
Una grada no se llena: se teje. Quinientas cinco personas, y yo juraría que trescientas ya sabían cómo se llamaba el portero.