Capítulo séptimo — Papel amarillento
El olor del cuarto de herramientas de Sebas es un olor que no existe en ningún otro lugar de Madrid: aceite de máquina, madera vieja, agua recién congelada y algo dulce que nunca supe identificar, quizá el pegamento de los palos.
Lo descubrí el lunes once de octubre, cuando el viejo me hizo una seña desde la banda al final del entrenamiento, dos dedos y un «cuando puedas», y desapareció por la puerta metálica del fondo.
Aquel lunes había sido de los buenos. El informe semanal me daba cifras de periódico serio: las «Fichas técnicas humanas» acumulaban doscientas mil visualizaciones entre todas, la entrada del blog sobre «cómo es un lunes de un equipo de élite» se había colado en el agregador de deporte, y la cuenta del club había superado los cuatro mil seguidores, que era más gente de la que cabía tres veces en la pista.
Eugenia había impreso la gráfica de crecimiento y la había pegado en la puerta del cubículo con cinta adhesiva decorada.
«Para que se vea desde el pasillo», dijo.
Se veía. Hasta Balaguer, el socio cervecero, se paró a mirarla un día y dijo «esto está muy bien, ¿y esto cómo se convierte en cervezas? », que era su manera de felicitarnos.
Yo estaba revisando el calendario de la semana —entrevista del miércoles, contenidos del sábado, el partido de los Lobos— cuando noté la seña de Sebas.
Llevaba yo cinco semanas en el club y todavía no había estado dentro.
Era el último territorio inexplorado de mi mapa del pabellón: el vestuario estaba vetado por la norma uno, el despacho de JR era territorio diplomático, y el cuarto de Sebas era, según Eugenia, «como la sacristía, solo entran los que él llama».
A mí me había llamado. Crucé la pista pisando los pasillos de goma con el corazón haciendo eso que hace cuando una noticia está cerca: adelantándose.
El cuarto era más grande de lo que esperaba.
Estantes de palos por reparar, bobinas de cinta, una mesa de trabajo con una morsa, el parte del hielo abierto sobre el atril —su libreta de tela, la de todos los días— y, al fondo, un armario metálico de los de oficina vieja, gris, con una llave puesta.
Sebas cerró la puerta detrás de mí y se fue directo al armario.
—Llevo dándole vueltas desde la semana pasada —dijo, sin preámbulos—. A usted le va a interesar esto o me jubilo mañana.
Del armario sacó una caja de galletas. De las de siempre, de las que en todas las casas españolas guardan botones. La puso sobre la mesa con las dos manos, con el cuidado de quien deposita algo frágil, y la abrió.
No había galletas. Había recortes.
—«Hielo y Deporte» —dijo—. Revista mensual, quioscos, duró de mil novecientos ochenta y dos a noventa y cuatro. Yo la compraba. Guardé los números que hablaban de Madrid. Y de otras cosas.
Sacó un puñado y los fue dejando sobre la mesa, uno a uno, como se reparten las cartas.
Papel amarillento, grapas oxidadas, titulares de otra época: «El hockey madrileño llena la pista de la ciudad deportiva.
» «La selección, a un paso de la fase final.
» «Madrid se despide de su pista histórica.
» Leí los titulares con las manos en la espalda, sin tocar nada, que es lo primero que te enseñan con los documentos viejos, y sentí el hormigueo.
Todo editor lo conoce: el hormigueo de la hemeroteca viva.
—Esta es de febrero del ochenta y seis —dijo Sebas, señalando una foto de una grada hasta la bandera—. Ese día hubo casi cinco mil personas. En Madrid, ¿eh? No en Jaca ni en Puigcerdà. Aquí. La gente hacía cola desde las cuatro. Yo lo vi con estos ojos, que entonces no necesitaban gafas.
—¿Qué pasó? ¿Por qué se acabó?
—Lo de siempre. La pista se quedó vieja, el dinero se fue al fútbol, la televisión nunca vino.
El hockey español se quedó en tres valles del Pirineo y un puñado de cabezas duras.
—Puso la palma sobre los recortes—. Pero cabezas duras hubo muchas, señorita.
Muchas. Esta ciudad fue hockey. Lo lleva en la sangre aunque no lo sepa.
Anoté mentalmente el titular que me regalaba sin saberlo: «La ciudad que fue hockey.
» Lo guardé. Había más: una crónica de un España-Suiza con veinte nombres que no me sonaban de nada, una entrevista a un entrenador con gafas de pasta, un anuncio de patines con un modelo que ahora debía de andar por los setenta, feliz como un chiquillo con su casco destartalado.
—¿Por qué me enseña esto ahora?
—Porque usted está contando este club como si hubiera nacido hace tres años. —Me miró con sus ojos claros—. Y este hockey nació hace cuarenta. Solo que se quedó dormido.
Y entonces, del fondo de la caja, sacó el último recorte.
Lo puso encima de los demás, despacio. Era una página entera, doblada por la mitad, con una foto grande de un chico joven con el palo al hombro, mirando a cámara con una seguridad que no le cabía en la cara.
El titular, a tres columnas, decía: «Adolfo Mendoza, la rodilla que no quiso ser leyenda. » La fecha: marzo del ochenta y nueve.
«Adolfo Mendoza (Jaca, 1964) ha anunciado esta semana su retirada del hockey en activo a los 24 años, tras confirmarse que la lesión de rodilla sufrida a principios de marzo no le permitirá volver a competir al máximo nivel.
Con él se va, dicen los entendidos, el mejor jugador que ha dado el hockey español.
Patinaba como si el hielo fuera cuesta abajo, dicen quienes le vieron.
Su selección le esperaba como capitán para el próximo ciclo.
Mendoza ha declinado hacer declaraciones.
En su pueblo aseguran que 'se ha cansado de los focos'.
El hockey se queda huérfano de su primer prodigio. »
Lo leí tres veces. La tercera, despacio, subrayando mentalmente: «se ha cansado de los focos». Entre comillas. Sin fuente. La frase más floja de la página y la más cargada de dinamita.
—¿Puedo preguntarle una cosa, Sebas?
—Puede.
—¿Cómo era? Usted le vio.
El viejo se quedó un rato mirando la foto. Después dijo, despacio, con la pausa de los partes del hielo:
—Era de los que hacen ruido sin querer. Patinaba y el pabellón se callaba.
Los niños dejábamos —déjeme el plural, que yo también fui niño— los bocadillos a medio comer.
No por los goles, que también, sino por cómo se movía.
Había gente buena entonces, ¿eh? No le voy a vender la moto.
Pero él era de otra categoría. Como cuando en el parte del hielo hay una temperatura que no cuadra: miras dos veces el termómetro.
—¿Y después?
—Después, se acabó. Un día estaba y al siguiente ya no. Así se acababan las carreras entonces: sin despedida, sin último partido, sin nada. La gente se enteraba por el periódico, una semana después.
—¿Por qué me enseña este?
Sebas recogió los demás recortes, despacio, devolviéndoles el orden.
—Porque usted busca la historia del capitán.
Lleva semanas buscándola, se le ve en la manera de mirarle.
—Cerró la caja de galletas—. La historia del capitán empieza aquí.
En su padre. Aitor no se lo va a contar jamás.
Y yo no puedo contárselo, porque me lo calló una vez y el hielo no se chiva dos veces.
Pero el papel… el papel ya está escrito, señorita. Eso no lo puede callar nadie.
Me lo prestó una semana. «Fotografíe lo que quiera y me lo devuelve. Y no me cite.» Así, seco. Le prometí las dos cosas.
Antes de salir del cuarto, me giré en la puerta.
—Sebas. ¿Por qué guarda todo esto?
No se giró él. Seguía ordenando la mesa, alineando los palos por tamaño.
—Porque nadie más lo hace —dijo—. Las cosas que no guarda nadie no pasaron. Y yo no estoy dispuesto a que cuarenta años de hockey no hayan pasado.
Salí de allí con la caja bajo el brazo y la certeza de haber cruzado una frontera que no venía en las normas.
En la grada, el equipo terminaba el estiramiento.
Aitor recogía los conos con los juveniles, primero en llegar y último en irse, como siempre.
No sabía lo que yo llevaba bajo el brazo.
No sabía que llevaba a su padre en una caja de galletas.
Esa noche, en mi piso, fotografié cada recorte con el móvil, página por página, con la lámpara de la mesilla y un vaso de agua haciendo de peso.
Después me quedé mirando la cara del chico del ochenta y nueve.
Veinticuatro años. La edad de un juvenil.
Tenía la mandíbula de Aitor y una mirada que Aitor no tenía: la de alguien que todavía no sabe lo que cuesta el hielo.
Me puse a buscar. Es lo que sé hacer: dame un nombre y una fecha y te devuelvo una biografía.
Busqué «Adolfo Mendoza hockey» en las hemerotecas digitales abiertas, en los archivos de los periódicos de la época, en foros de nostálgicos del hockey español que parecían congelados en dos mil nueve.
Encontré poco, y ese poco era oro: dos menciones en crónicas de la selección («el joven Mendoza volvió a ser el mejor»), una foto de equipo donde aparecía de pie en la segunda fila, y un hilo de foro titulado «¿Qué fue de Adolfo Mendoza?
» con cuatro respuestas. La última, de un usuario llamado HieloViejo, decía: «Volvió a Jaca.
Nunca más habló de hockey. Una pena de las grandes. »
Nunca más habló de hockey.
Puse el móvil boca abajo. Pensé en Aitor: dieciséis años de carretera desde Jaca, un cajón con una entrada doblada —lo sabía por casualidad, por un comentario de la chica de taquilla, «el capitán siempre reserva dos y solo viene su madre»—, una madre que venía sola a la fila seis.
El puzzle no era difícil: el prodigio que se retiró a los veinticuatro y nunca más habló de hockey tenía un hijo que jugaba a hockey. Un hijo que no hablaba de su padre.
Mi corazón de editora latía muy fuerte. Mi corazón de persona me dijo: cuidado. Los dos tenían razón, que es lo que pasa cuando una historia es de verdad.
Abrí el documento de temas de la temporada y creé una página nueva.