Capítulo sexto — Lo que dice el hielo #3
Y a dos minutos del final, con la portería vacía y el alma en los patines, Tata hizo lo que hace Tata: aparecer donde el disco no debería estar. Tres a tres. Prórroga.
En la prórroga, los bancos se quedan sin aire.
Juegan tres contra tres, el hielo se hace enorme, y los errores cuestan el partido entero.
A mí me tocó el turno decisivo con Brett y Kuba.
Gané el face-off, el disco fue a la línea azul, Kuba amagó el tiro y me lo devolvió al círculo.
Tuve medio segundo y un metro de hielo. Es lo único que he tenido nunca en la vida: medio segundo y un metro de hielo. Lo usé. Cuatro a tres.
No recuerdo el gol. Recuerdo el abrazo de Brett, que huele a sierra canadiense, y el grito de Vicho desde el banquillo, y la sirena final, y a Raúl con los brazos en cruz mirando al cielo de la pista como se firma un documento.
Y recuerdo que en la vuelta al banquillo, por una de esas casualidades que tiene el deporte, miré a la grada y había un niño granadino con una camiseta nuestra —de dónde la habría sacado, señor— gritando mi número.
Le lancé el palo por encima de la banda.
No es un gesto mío; me salió así. El niño lo cogió con las dos manos como si pesara oro.
En el vestuario, JR me esperaba con la mano extendida y esa cara que pone cuando una frase le ronda desde hace rato.
—Tres victorias en cuatro partidos —dijo—. El hielo no perdona, Aitor. Pero tampoco es tacaño: devuelve lo que se le da. Vosotros le estáis dando todo.
Lo dijo delante de todos, y el vestuario lo recibió como se reciben las medallas: en silencio y de pie.
Tres victorias y una derrota en cuatro partidos. Un recién ascendido no hace eso. Lo dijo Ismael en su crónica del diario de barrio, que me mandó Eugenia al móvil del hotel: «Un recién ascendido no hace eso. Este equipo sí.»
De vuelta en Madrid, ya de madrugada, en mi cuarto del piso compartido, con los fisios roncando cada uno en su huso horario, hice lo que llevaba tres semanas haciendo de tapadillo: abrí el enlace que Sara me había mandado del vídeo de Tata.
«Para que vea el trabajo del departamento», decía su mensaje, escueto, sin emojis.
Lo vi entero. El palo de madera, la tienda, las lágrimas del ascenso.
Estaba bien hecho. Estaba tan bien hecho que me dolió en un sitio que no supe nombrar.
Lo vi dos veces. La primera, por deber de capitán: conocer lo que el club publica.
La segunda, por otra cosa. Por la manera en que la cámara miraba a Tata: sin prisa, con respeto, dejándole ser lo que es.
Llevo cuatro años esquivando cámaras, y nunca se me ocurrió que una cámara pudiera mirar así.
Yo las conocía todas como las conocen los jugadores: buscando el fallo, el gesto feo, la frase que duele.
Esta buscaba otra cosa. Esta miraba a un hombre de treinta y tres años con una ferretería y le encontraba, qué demonios, grandeza.
Y uno se pregunta, viendo eso a la una de la madrugada, qué encontraría si le dejaran mirar a él.
Me quité la pregunta de encima como me quitaba la de la Alhambra: dejándola en la banda. Pero esta era más pesada.
Luego hice lo que no debía: bajé a los comentarios. Los de arriba eran de amor puro a Tata. Y luego, con cuatrocientos me gusta, ahí estaba: «¿Y el capitán? ¿Para cuándo el vídeo del capitán?»
Me quedé mirando la frase un rato largo.
Debajo, la gente especulaba: que si era un borde, que si era de los que no hablan ni en las bodas.
Pensé en responder —«el capitán no sale porque el capitán prefiere el hielo»—, pero los capitanes no respondemos a comentarios, es la norma cero, la que no hizo falta escribir.
Pensé en Sebas y su manguera. En «patinaba cuesta abajo, ese chico».
En el recorte del cajón de la mesilla, amarillo, doblado en cuatro, a trescientos cincuenta kilómetros de distancia y a un millón de años luz.
Un vídeo del capitán. El capitán era el hijo de Adolfo Mendoza. Eso, en mi cabeza, era lo mismo que decir: un vídeo del asunto prohibido. Del tema que en mi casa no existía. De la rodilla que no quiso ser leyenda, y del hijo que patinaba cuesta abajo sin haber visto nunca patinar a su padre.
Bloqueé el móvil. La pantalla se apagó de golpe, y en el negro, un segundo antes de quedarse del todo a oscuras, vi mi cara reflejada.
Ceño fruncido, mandíbula apretada, la cara del otro partido.
Tenía los ojos de mi madre, me decía todo el mundo.
Aquella noche, en la pantalla muerta, vi los de mi padre.
Mañana era lunes otra vez. Se entrena a las siete. El hielo no sabe de apellidos.
Me dormí tarde, con el móvil boca abajo en la mesilla y el techo haciendo sus ruidos de piso compartido.
Antes de dormirme pensé en la libreta de temporada: tres victorias, una derrota, y una deuda de agradecimiento pendiente con la única persona del pabellón que miraba a las cámaras como yo miro el hielo.
Sabiendo que del otro lado no hay un rival: hay un sitio donde colocar el disco.